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Umberto Eco: ¿demasiada cultura?




PorSantiago Martín... - Publicado el 23 Febrero 2016

Umberto Eco: ¿demasiada cultura?

De Umberto Eco aprendí muy pronto lo que va del midcult al lowbrow. Su libro Apocalípticos e integrados era una maravilla y era accesible a muchos, aunque no digo que a cualquiera. Sigue siendo una maravilla y sigue siendo accesible. Tanto, que yo lo presté varias veces y otras tantas tuve que volver a comprarlo. Nunca pensé que alguien tan sabio como el medievalista impenitente y autor de Obra abierta (que, si no recuerdo mal,empieza hablando de Kathy Berberian y Luciano Berio) fuera a publicar un best-seller.Fue en 1980, El nombre de la rosa, y ahora que ha muerto el autor, me pregunto cómo es posible que aquello se convirtiera en un best-seller. ¿Acaso el estudioso fustigador del mildcult había escrito una novela midcult? 

 No, porque la obra está llena de sabiduría social y política de la época en que tiene lugar la acción, 1327, plena Baja Edad Media, con el retroceso de las abadías y las propias órdenes en la conservación y difusión de la cultura (y en el poder), el auge de las ciudades (geografía ausente pero muy presente en la novela, no es la única), el comienzo del capitalismo en serio, el diseño de la Lotaringia como base del auge económico y los “nuevos tiempos”, el auge de movimientos populares radicales tachados de heréticos y nutridos por el hambre y la crisis del cambio social en plena revolución comercial y urbana, el agotamiento de la lucha entre Imperio y Papado por la vieja querella de la investiduras (con el retrato de otro ausente, Juan XXII, el segundo papa de Aviñón, quién sabe si el simoníaco por excelencia), las disputas entre güelfos y gibelinos, el apunte de la Inquisición como obra no del diablo, pero sí animada por el diablo; y si todos sabemos que el diablo no existe, ¿quién es aquí el diablo…?

Todo esto es poco atractivo para el lector de best-sellers. Ahora bien, como es sabido, hay lectores que desconfían del best-seller, y algunos los acusan por ello de elitismo estéril, o cosas peores.  Desconfío yo también del best-seller, como aquel escritor que vendió bastante de no sé qué libro y dijo: “algo hice mal”. No me iba a llevar un disgusto si uno de mis libros se convirtiera en tal, pero mi desconfianza persiste. 

¿Qué ocurrió con El nombre de la rosa? Probablemente que triunfó como novela policial, y que todo lo demás sobraba para el lector de misterios por el estilo; ahí está el filme para demostrarlo. En estos momentos de auge de la novela policial es difícil encontrar una fórmula no gastada, y cada vez salen detectives más raritos, originales, lejos del modelo de los maestros de antaño, incluido el originalísimo detective aficionado de Eduardo Mendoza y la policía local de los hermanos Coen, que le hace tortillas a su pobre marido, se diría que algo retrasadito. Son modelos lejanos, ahora los hay mucho más extraños, más chocantes; hay que sorprender, sorprender.

La mezcla afortunada entre alta cultura y novela policial digna la consiguió Umberto Eco con un insólito detective: un franciscano culto, british, a lo Ockham, un sabueso que precisamente se llama Baskerville. Tiene un ayudante, claro: un discípulo benedictino llamado Adso de Melk, que sirve para contar la historia con mucha distancia temporal, para santificar al detective mismo y para seguir la tradición de “maestro y discípulo”. Entre paréntesis: los críticos son necesarios, imprescindibles. Esta casa tiene varios: ¿verdad que son buenísimos y cumplen una importante misión? Ahora bien, por ahí hay intrusos, espontáneos y listillos. Uno de ellos (¿o era una…?) hizo una reseña de cierto libro de un compañero nuestro, narración con maestro y discípulo, y aquella pluma señaló, con tanta sagacidad como la de Baskerville, que se advertía en el autor la influencia de El nombre de la rosa. De esto hace veinte años, justos. Ay, alma de cántaro, ese era tu horizonte en esos días. Hoy, tus imitadores (no digo descendientes, ni mucho menos alumnos) ni siquiera tendrán como referencia las aventuras de Baskerville en aquella abadía. Es el olvido, porque recordar no merece la pena. Rosa Olivares le dedicaba hace poco artículos espléndidos a esto del olvido y la ignorancia (en Exit-Express.com):

No hablemos nunca mas del pasado

Memoria

Con lo cual, cierro el largo paréntesis. Advertiré, por último, que el discípulo benedictino se transmutará en otro tipo de aprendices-pícaros en El péndulo de Foucault y en Baudolino. El muchacho también sirve para que Baskerville le cuente a él –es decir, a nosotros, lectores- los pasos que da el sagaz franciscano. Viejo truco; legítimo, supongo. En total, el libro era una fusión curiosa. Y se vendió mucho, aunque el autor nunca hubiera podido imaginarlo. Ni que decir tiene que en nuestro país habría sido despachado por uno de esos lectores prudentes, o por uno de esos directivos temblorosos de editorial que quiere números, números. Demasiada cultura, eso no vende.

Ha muerto Umberto Eco. Así que lean Apocalípticos e integrados. Si no, al menos lean El nombre de la rosa. Si lo los han leído ya, claro… aunque creo que admiten la relectura.