Ud. está aquíInicio / Septiembre 2014 / Opinión / Tres maestros

Tres maestros



Tres maestros

En sólo unos meses nos han dejado Claudio Abbado, Rafael Frühbeck de Burgos y Lorin Maazel, es decir, eso que llamamos el paso del tiempo se ha hecho presente para unas cuantas generaciones de aficionados que iniciaron con ellos su pasión por la música y que, a la vista de las reacciones en medios y redes sociales, se lo han agradecido verdaderamente. Es cierto que todavía están en activo —no milagrosamente sino seguramente porque poseen esa fuerza especial que da la música cuando se vive para ella— octogenarios como Herbert Blomstedt y nonagenarios como Stanislaw Skrowaczewski, cuyas agendas sorprenderían a muchos directores bastante más jóvenes que ellos.

En muchos aspectos, Abbado, Frühbeck y Maazel representan una suerte de concentración en sus figuras de lo que han sido lo que podríamos llamar los años dorados de la música clásica, el ascenso, las décadas prodigiosas y la crisis de algo que ha sido mientras ellos estuvieron con nosotros, arte y negocio, manifestación de estatus cultural y ejemplo muchas veces maltraído de los polvos que precedieron a los lodos de lo que con tan mala intención se ha llamado burbuja cultural. Abbado representó la alternativa más clara al predominio de directores de orquesta en los que el negocio de los discos había puesto todas sus complacencias: Karajan, su antecesor en la Filarmónica de Berlín, el primero de ellos, la verdadera gallina de los huevos de oro que acababa por ser más importante en lo mediático que en lo artístico. Pero el corte de Abbado no correspondía a ese perfil y, además, suponía la incursión latina —a pesar de su formación vienesa y su pericia en el repertorio alemán— en un negociado no demasiado flexible en tal aspecto por más que su orquesta insistiera después con Simon Rattle. En cualquier caso, y por encima de eso, Abbado representaba el servicio a la música desde un análisis en el que criterio y emoción corrían paralelos, desde una posición intelectual que, sin tratar de ir tan lejos como otros en el riesgo asumido —ahí estaba su compatriota Sinopoli— hacía de la interpretación musical del periodo que se tratara una suerte de discurso paralelo al del resto de las artes.

Rafael Frühbeck de Burgos supuso la irrupción de eso que se llamaba el genio español en el panorama internacional tras la aparición y despedida meteóricas de Ataúlfo Argenta. Y era también la pericia conductora, la profesionalidad a prueba de bomba. Es verdad que se producía frecuentemente un desencuentro entre las generaciones que a su lado debían acceder a los conciertos y sus propios criterios, como exigiéndole mucho más de lo que se debiera a alguien en formación, en progreso. Finalmente se produjo el reencuentro, la consideración por muchos de sus críticos, jóvenes entonces y maduros hoy, de un trabajo claramente por encima de lo que se pensaba o se decía. Y como suele suceder, hoy, tras su muerte, empezamos a valorarle en una medida más justa.

Con Maazel se ha ido quien quiso serlo todo porque parecía saberlo todo, quizá el director técnicamente mejor dotado que nos haya sido dado ver desde que hay testimonios históricos de los modos de ejercer el oficio. Y, sin embargo, y al mismo tiempo, un director que no siempre daba lo mejor de sí, que ha dejado testimonios de una grandeza extraordinaria pero también muestras de esa rutina que en él llegaba casi al sobresaliente pero que tanto dolía al verdadero aficionado que veía cómo ahí faltaba algo, eso que el genio dejaba para cuando quería de verdad. Maazel ha sido también el ejemplo del director de orquesta de apretadísima agenda, que no descansaba jamás —su viuda dijo en las fechas anteriores a su muerte que estaba literalmente exhausto—, que ganaba mucho dinero, que creía firmemente en la tradición del concierto, en la continuidad de la fórmula. Con él muere una clase de músico que no volverá jamás, es el fin de un modelo, de un cliché si se quiere, aunque nos quedemos también sin uno de esos grandes que dejan un espacio imposible de ocupar de nuevo.

(Editorial de la Revista Scherzo publicado en el número 299, septiembre de 2014)

En la Tienda de Scherzo puede adquirir la revista completa del mes en formato PDF (precio: 4 Euros) o en papel (precio: 7,50 Euros) así como cualqiera de las tres secciones en la que la hemos dividido: Dosier, Discos o Actualidad (precio de cada sección: 2 Euros).

También está disponible la suscripción online (precio: 40 € / 11 números) o impresa (75 €).

Más sobre

Discos excepcionales Scherzo
El tablón de anuncios de Scherzo
Hemeroteca Scherzo
Premios Internacionales de Música Clásica
Ciclo de grandes intérpretes
Ciclo de jóvenes intérpretes
Fundación Scherzo
Enlaces de Internet de Scherzo
Siguenos en Facebook
Siguenos en Twiter