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Theresienstadt. Los prisioneros del paraíso, de Xavier Güell (2)




PorSantiago Martín... - Publicado el 27 Marzo 2017

Theresienstadt. Los prisioneros del paraíso, de Xavier Güell (2)

El que pone en marcha el proyecto de Terezín como ciudad modelo es un judío del consejo, Otto Zucker, vicedecano de Theresienstadt. Pone su mejor voluntad en que el proyecto sirva para aliviar los sufrimientos de todos, en especial de los niños, cuya mortandad alcanza cifras espeluznantes. Zucker alaba la cultura alemana. Los artistas prisioneros deberían servir para algo mejor que para morir por los rincones, o en los trenes, o en los misteriosos destinos del este. Zucker en realidad está apelando a la vocación artística de muchos nazis, entre ellos principalmente Hitler (ver Hitler y el poder de la estética, de Frederic Spotts, publicado por la Fundación SCHERZO).  Zucker despliega su proyecto, y Seidl queda aturdido y fascinado a la vez.  Desde luego quiere apoderarse de la idea; si aquello funciona, la idea es suya.

Elisabeth, esposa de Seidl, es personaje ficticio. También lo es la permanencia de Seidl en Terezín en 1944; ya lo habían destinado a otros criminales destinos, y pagó por ello, como vimos antes. Pero Elisabeth cumple un bello papel, y a ello nos referimos en el artículo de la revista. Sorprende su relación con Mengele y con Eichmann. Este, protagonista del espléndido libro de Hannah Arendt, era el factótum al servicio de cualquier jerarca, cumplidor de cualquier orden, incluso las no pronunciadas (la obediencia a éstas es la mejor valorada, la más apreciada en las alturas), el representante de la canalla que llegó al poder en enero de 1933 y que parecía estar al servicio de los señoritos del hundido antiguo régimen por su manejo de la violencia callejera contra la izquierda y la clase obrera, por su aparente servidumbre a las altas clases atemorizadas. A esa clase alta pertenece Elisabeth, cuyo padre, un hidalgo, un Junker, apoyó de manera decisiva el auge de Hitler y su partido. Lo narró, entre otros, Bertolt Brecht; fue en La resistible ascensión de Arturo Ui.

Cada capítulo consiste en una situación, con un "decorado" concreto y diferenciado de los inmediatos: la dolorosa escena del consejo de ancianos de Theresienstadt (judíos que colaboran como consejeros y hombres de paja para evitar "males mayores"), la improbable escena de amor y de discusión filosófica entre Krása y Elisabeth en la covacha de la enfermería del campo, la visita a Elisabeth a la lujosa casa de su  padre y la entrevista con éste, los ensayos musicales en el medio precario del campo, la terrible secuencia de la agonía del hijo de Ullmann... Es importante señalar que estas situaciones contrastan entre sí, en especial por eso que llamamos "decorado": pasamos de la mugre y el sufrimiento del campo al refinado espacio en que se acumulan tesoros bibliográficos y artísticos, habanos, perfumes, manjares, caballos de raza. El contraste choca, golpea, en especial porque el autor no oculta, por ejemplo, lo hediondo del prisionero en un capítulo ni el aroma de la dama en el inmediato o al mismo tiempo. 

La escena culminante es la de la interpretación del Réquiem de Verdi ante la inopia de la delegación de la Cruz Roja, a cuyo frente llega un tipo acomodaticio, inane, incapaz de ver más allá de la apariencia del campo preparada por los nazis para esa visita. Es un nombre histórico, no merece la pena recordarlo siquiera; aparece en el libro. Estamos en octubre de 1944, ya se ha producido en desembarco en Normandía, y la maquinaria de muerte alemana acelera su rendimiento justo cuando tendría que ofrecer la rendición o al menos ponerse cada cual a salvo. No, antes había que matar a todos esos judíos, que se empeñaba en seguir matando judíos: el deber cumplido, el imperativo categórico al revés.

En fin… lean el libro.