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Tengamos la música en paz



Tengamos la música en paz

Tras las pasadas elecciones municipales y autonómicas, la sensación del votante va de la perplejidad a la esperanza pasando por el miedo o la alegría. Han pasado muchas cosas y los resultados han sido una suerte de reválida en democracia, de votar lo que el cuerpo pedía, de arriesgarse a la prueba y error en momentos en los que determinadas actitudes no podían continuar ensuciando la vida común de los españoles. Hablamos de miedo y, como se sabe, el miedo es libre y de tanto serlo acaba por estar en el aire. Un miedo tiene que ver, en el campo de la cultura, con qué se va a hacer desde las instituciones renovadas y cómo ello puede ser una muestra de lo que se haga después de las elecciones generales, que están, como quien dice, a la vuelta de la esquina. Así, programadores, gestores, artistas, todos están pendientes de las medidas que se tomen sobre el papel de la cultura en los presupuestos y, antes aún, en la consideración que merezca a los nuevos ediles y consejeros, teniendo en cuenta, como precedente no muy tranquilizador, que esa misma cultura —y no digamos la música llamada clásica— no suele tener demasiado peso en el argumentario preelectoral.

Lo primero que viene a la cabeza de los miedosos con causa es, naturalmente, la pervivencia de las orquestas y el uso de los auditorios. Nada más formarse los ayuntamientos o los parlamentos autonómicos, ha habido quien se ha preguntado: “¿Y ahora que va a pasar con la orquesta?”. Nadie lo ha hecho, sin embargo, acerca de qué va a pasar con, pongamos por ejemplo, el museo de bellas artes correspondiente. La orquesta, debieran saber los que mandan, es tan cultura, lo hemos dicho muchas veces, como los museos o las bibliotecas. Ya no se puede imaginar ninguna de las ciudades españolas que la poseen sin su orquesta. Todas se han asentado en la vida de sus comunidades, han capeado temporales económicos —y aún el FMI pide más recortes en cultura y en sanidad, más IVA, más precariedad laboral. Son esas orquestas, recordémoslo, quienes con sus precios asequibles a todos los bolsillos han luchado a su manera contra la desigualdad en materia de cultura. Son ellas y sus ofertas artísticas las que disparan últimamente la imaginación de los programadores privados para no perder sus abonados, a los que deben mantener gracias a un valor añadido no siempre fácil de encontrar, aunque al fin quepan todos pues la música es tan diversa como quienes la escuchan. También hay quien, burla burlando, aboga por una semiprivatización de facto. Habrá que ver en esos casos, a lo que da lugar, en sólo unos meses, los cambios en sus estructuras rectoras.

Craso error, pues, sería centrar los recortes en lo que todavía les parece a algunos un mero acto social, en lo que hay quien sigue creyendo que es sólo para esnobs, cuando no es así en España desde hace muchos, muchos años, desde que la vida de las orquestas se ligó a esos auditorios a los que, con razón en algún caso y la mayoría de las veces sin ella, se han tildado de excesivos, de lugares donde el boato sustituye a la naturalidad. Igualmente falso. Tanto como lo es que los auditorios no deban abrirse a las actividades que estimen pertinentes con tal de seguir abiertos también a la buena música. Los públicos del rock, del jazz o del flamenco no sólo no contaminan el aire de ningún teatro sino que contribuyen a su conservación y hasta a su renovación.

Todo lo dicho se resume en una idea: que los cambios políticos no obliguen a replantear proyectos culturales que funcionan, que han demostrado su competencia y que pertenecen a una comunidad cuyo horizonte supera el de una legislatura. Adelante en el caso contrario, pues también es democracia el elegir a los mejores para que cambien lo que no funciona. Y, así, tengamos la música en paz.

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