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Tableaux vivants




PorBlas Matamoro - Publicado el 22 Febrero 2016

Tableaux vivants

El Metropolitan neoyorkino ha repuesto la escenificación que Franco Zeffirelli dirigió para Turandot de Puccini. La hemos podido ver hace pocos días en numerosos cines de todo el mundo. La puesta suma treinta años y diría que mantiene su vigencia y hasta que la ha acrecentado dada la experiencia que en la materia venimos acumulando, cuando no padeciendo, los aficionados. Se podrá decir “no me gusta” pero no negar su tremenda eficacia a poco que se acepte su propuesta.

El lenguaje zeffirelliano es espectacular y propende a lo exterior. Le gusta “vestir bien” a sus muñecos y rellenar el espacio escénico en un ejercicio de pleno horror al vacío. Luchino Visconti solía decirle: “Nunca serás otra cosa que una modista”. Es verdad y tiene verdad escénica. Los personajes de Zeffirelli se visten bien para aparecer ante el público porque ingresan en un mundo palaciego de leyenda imperial china, cargado hasta los topes con columnas, gallardetes, estatuas, lanzas, tapicerías, todo entrecruzado por bailarines, figurantes, acróbatas, atletas, esbirros y sabios con largas barbas de enrulados algodones. El puestista ha querido montar tableaux vivants, cuadros vivos inspirados en la pintura de género pompierista del tardío siglo XIX. Las masas y los solistas entran y salen para componer el cuadro, luego para desarmarlo y dar lugar a la composición siguiente. Todo muy compuesto, como en una fiesta ceremoniosa, así como en un cuadro de Gerôme o Puvis de Chavannes las personas saben que el pintor las está retratando y se visten o se desnudan y se ponen en poses adecuadas para recibir el óleo de la inmortalidad.

Así entendida, la Turandot de Zeffirelli se justifica ante sí misma y, contratada su aceptación, se acoge como una fiesta escénica de naturaleza pictórica, acojinada en una orquestación pródiga en coloridos, esmaltes y toques exóticos. Hasta hay detalles astutos como cuando el príncipe persa, camino al cadalso, regala sus joyas a la multitud, o cuando los ministros, conversando sobre el hartazgo de tanto concurso y tanta muerte, se relajan sirviéndose el té.

La puesta es tradicional, adjetivo que merece una injusta connotación despectiva. ¿Qué tienen de malo las tradiciones? ¿Acaso ir a la ópera para ver unas obras regularmente antiguas, no es una tradición que manifiesta un gusto tradicional? Hablo de tradición, de herencia, no de rutina, de repetición mecánica y sin otro sentido que el hecho de reiterar. En cualquier caso, hemos podido seguir con toda fluidez la fábula de Puccini, sin obligarnos a preguntar: ¿qué hacen la princesa y el príncipe y el emperador y sus ministros en una gasolinera de Texaco o en una nave espacial rumbo a Saturno?

Blas Matamoro

Turandot en la producción de Franco Zeffirelli en el Metropolitan de Nueva York.