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Sin pelos en la lengua



Sin pelos en la lengua

La mesa redonda con la que concluyó, en el marco de ExpoClásica 2014, el Foro Nacional de Programadores de Música Clásica fue un ejemplo de claridad y una muestra de cómo los diferentes componentes del sector contemplan una realidad que desmiente con creces ese mensaje de recuperación que desde el Gobierno trata de transmitirse a una sociedad que no la advierte por ninguna parte. Eso y la evidencia de que, afortunadamente y probablemente también gracias al desamor de ese mismo gobierno por la cultura, ya nadie tiene pelos en la lengua a la hora de decir lo que piensa acerca de lo que pasa y de lo que le pasa. Faltaría sólo que el consumidor fuera sabiendo lo que le costaría la cultura caso de que no hubiera ninguna ayuda pública —digamos, noblesse oblige, que acaba de aprobarse la segunda parte del proyecto PLATEA— para que el panorama fuera completándose poco a poco de cara a una realidad que emerge sin ambages: la cultura como servicio público no interesa a nuestros actuales gobernantes, quienes, al mismo tiempo, se muestran incapaces de vehicular adecuadamente lo que la sociedad pudiera hacer como sustentadora de esa misma cultura a la que, simple y llanamente, tiene derecho, incluso constitucional —pero ya sabemos que la Constitución se utiliza según y cómo. Es decir: no va a haber Ley de Mecenazgo.

El Foro comenzó hablando de la necesidad de recuperar, fijar y mantener el patrimonio propio y terminó con el apoyo al creador en un ámbito que lo reclama como cualquier otro. Naturalmente, apareció la incapacidad del sector de la música —y no sólo clásica— para unirse y ser de verdad un elemento de presión —como son los editores de libros— de cara a recuperar el IVA cultural y bajar de ese 21% que resulta ruinoso para los productores y los consumidores de cultura. Una cultura que es, además, fuente de puestos de trabajo —siete millones en Europa— y que sería la verdadera marca España si no fuera porque igual, hoy por hoy, no apetece sumarse a ella. Y es que, también se dijo, la política tiene sus tiempos y sus intereses y, cercanas las elecciones, empieza a pensarse en lo demagógico que resultaría, por ejemplo, suprimir alguna orquesta, decirle a la gente que por ahí se iba mucho dinero y que ya ven ustedes cómo al final sabemos gestionar.  Por eso preocupaba también a los programadores la consecución de la continuidad frente a la presencia de un personalismo que sólo tiene sentido en tanto en cuanto colabora a ampliar el horizonte de un proyecto que debe tender siempre a sucederse a sí mismo, a echar raíces en la comunidad.

Y para que todo ello tenga sentido la unanimidad se centró en lo necesario de que el sector se agrupe sensata y eficazmente, de que partiendo de una transparencia que contraste con la opacidad de sus cifras —mal común a otros aspectos de nuestra industria cultural—, se llegue a un diálogo continuo y organizado que acerque a todos los que trabajan en la música: programadores, editores, agentes, creadores, intérpretes… Añadamos, además, cosas más prácticas y que tienen que ver con la sensatez de la cultura y de los dineros, desde una presencia más habitual de la música española en las programaciones de las orquestas a unos cachés que tengan en cuenta cómo está el patio.

La crisis es general, no sólo española, pero daba la sensación escuchando a las partes implicadas de que aquí el hilo se ha afinado demasiado y la tensión pudiera romperlo en cualquier momento. Lo bueno, repetimos, en ese encuentro de ExpoClásica es que nadie dejó de decir lo que pensaba, asumió la realidad y la puso sobre la mesa. Sin paños calientes, sin falsas expectativas y sin hacer del voluntarismo la máscara.

Editorial publicado en la revista Scherzo nº 303 de enero de 2015. 

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