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Salvar lo necesario



Salvar lo necesario

La bien evidente realidad de que la crisis económica ha puesto, está poniendo en peligro los valores y los logros de la cultura, de la música clásica —de la creación al consumo— más en concreto, es el punto de partida del dosier que este mes ponemos en manos de nuestros lectores en un intento por aportar información y puntos de vista sobre un problema que, ni en su origen ni en su desarrollo, es sólo sectorial y que, por ello mismo, en su solución tampoco podrá serlo en exclusiva. Partimos de los datos, del dinero, de la audiencia, de la fidelidad a los proyectos culturales que se proponen a la sociedad desde instancias privadas, públicas o mixtas para tratar de evaluar esa misma realidad y atisbar, al mismo tiempo, posibles caminos de recuperación. Dicho lo cual, habría que insistir en algo sin lo que es imposible ni siquiera plantear la cuestión: el aprecio de esa misma sociedad por su propia cultura, la disposición de los públicos a no conformarse con una pérdida menos dura que esas otras que nos golpean a todos en estos tiempos pero que, a la postre, dejará en el país la señal de un retroceso colectivo. Además, la propia organización de la actividad cultural en nuestra sociedad ha hecho que se considere como lo que es, un derecho, pero también que en esa consideración se tienda a no asumir demasiadas obligaciones para mantener viva la materia de ese mismo derecho. La participación de los ciudadanos y de las instituciones privadas es en este punto crucial. Desde la sensación para aquellos de que contribuyen —atraídos primero y convencidos después por una mercadotecnia que también aquí debiera caber sin falsos purismos— a un proyecto colectivo, hasta lo que para las empresas implica una puesta en valor de una vertiente social que supone no sólo una contribución directa sino también un retorno en forma de prestigio y —si la Ley de Mecenazo, por ejemplo, lo permitiera— de más cosas.

Hace unas semanas el presidente director del Museo del Louvre, Jean-Luc Martinez, declaraba en el diario El País que su objetivo prioritario “no son los artistas ni los historiadores sino el público”, señalando de esta forma un punto crucial. Naturalmente, el debate acerca de los límites —si los hay— de esa democratización está servido desde hace tiempo —recordemos que acabamos de cerrar el doble centenario Verdi-Wagner, un ejemplo paradigmático— pero ahora, ante el riesgo evidente de pauperización cultural, cobra más importancia que nunca. El mismo Martinez se refería en este punto a una francesa “vocación de preferencia cultural” y en relación con ella, a “unas decisiones políticas al más alto nivel” que parten de y llevan a la conclusión de que “la cultura es política”, lo que no es lo mismo que decir que, como tanto ha sucedido entre nosotros, esté politizada, sea un asunto susceptible de utilizar políticamente —el caso del arquitecto Calatrava sería estos días un buen ejemplo de ello. Martinez, con cierta grandilocuencia, hablaba de que “las colecciones del Louvre no pertenecen al Louvre sino al pueblo francés”, apostillando que semejante afirmación —aun siendo tan palmaria— sería difícil de exportar a España. ¿Por qué? Pues probablemente porque aquí se da por hecho que nuestro arte es eso, nuestro, pero no se vive del igual modo, la experiencia no acompaña al orgullo.

Esa consciencia de propiedad colectiva de la cultura, de pertenencia y de uso, no debiera faltar en el discurso de sus responsables españoles, demasiado metidos en el fasto cuando se podía y en el recorte ahora. Reflexionemos con seriedad sobre la realidad y luchemos razonablemente por lo que es nuestro, incluyendo lo que aportan unas cifras que no debieran olvidarse cuando tanto suponen en la suma total de lo que merece la pena ser salvado porque es necesario.

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