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Síntomas



Síntomas

Fuentes cercanas a la Orquesta Filarmónica de Málaga echan la culpa de la crisis de la formación, manifestada en forma de bajada del número de abonos —nada menos que un 30%, de 866 a 618— a su director titular, Edmon Colomer, a quien han comunicado que no se le renovará el contrato. Colomer fue presentado en su día como la apuesta de futuro de una formación que salía de la época de Aldo Ceccato con las ganancias y los débitos que corresponden a la convivencia con un maestro tan excelente en tiempos como de vuelta entonces. El modo en que ahora parece que quiere conducirse el asunto pone de manifiesto algunas de las costumbres de la gestión cultural en España, del poder de las instituciones, de lo volátil de los criterios y de la necesidad imperiosa de capitalizar políticamente lo que se suponía una inversión en talento. No se trata en estas líneas de defender la gestión de Colomer, a quien se acusa de haber abierto demasiado la programación en perjuicio del gusto tradicional de los abonados, es decir, de lo mismo que en el caso de Josep Pons en la Orquesta Nacional podía considerarse un éxito indudable —del que una buena muestra puede ser, esta misma temporada, la excelente entrada de un viernes de abono para un programa Olavide, Cerha, Varèse. Programa que comparado, por ejemplo, con los más “abiertos” de la Filarmónica de Málaga es de una audacia se diría que galáctica. Por cierto que la propia formación malagueña tenía un Festival de Música Contemporánea que será suprimido a partir de la próxima temporada mientras sigue el de Música Antigua, más barato de mantener para una orquesta que disminuirá su presupuesto en un 17%.

Se alude en la información salida de la orquesta a que ésta no estaba contenta con su titular —hay quien dice también que por problemas surgidos tras la no cobertura de algunas plazas—, cuestión ésta difícil de juzgar pero que vuelve a poner de manifiesto ese concepto de felicidad que lleva al trabajo ideas que sirven mejor para casa o para las vacaciones. Las orquestas saben siempre por qué no les gusta un maestro y también por qué les gusta y se supone que son lo suficientemente serias como para relativizar ambas sensaciones. Por eso mismo deben ser tenidas en cuenta a la hora de decidir acerca de su titular del mismo modo que los cónyuges deciden antes de casarse con quién van a pasar por la vicaría.

Pero he aquí que —e insistimos que no es éste tanto un editorial sobre la Orquesta Filarmónica de Málaga sino sobre lo que el estado de su cuestión supone como síntoma— las autoridades de la Junta de Andalucía proponen —como para el resto de orquestas de la Autonomía— que quien quiera ser titular deberá presentar un proyecto en ventanilla, es decir, someterse a un procedimiento administrativo para que le aprueben sus ideas de cara a la titularidad de la orquesta en cuestión. También se dice en Málaga que no se trata de elegir un titular por ese procedimiento sino, más bien, de ir sumando por el procedimiento citado pequeños proyectos que configuren una temporada en la que no sea necesaria aquella figura rectora. Un poco, pues, como lo de la Orquesta de RTVE con la discontinuidad pero en lo estrictamente programador. El procedimiento es, bajo su aspecto de irreprochable fiscalización, un tanto engañoso. Como si gerentes y músicos no conocieran el percal, no supieran quién está en el mercado y qué ofrece. La experiencia, la capacidad, la ilusión, la competencia y las ganas de trabajar son difícilmente mensurables sobre un papel que, como es sabido, lo soporta todo. No suelen empezar los idilios entre las orquestas y los maestros con una instancia, acaben bien o acaben mal. Y, desde luego, sea cual sea el procedimiento, es perfectamente posible hacerlo con arreglo a la ley y respetando las razones que arte y sentido común son perfectamente capaces de compartir. Lo importante, en todo caso, es que las cosas se muevan y lo hagan para bien, que por encima de todo prime la necesidad que una ciudad tiene de una orquesta. Una necesidad, queremos creer, que para la Filarmónica de Málaga va más allá de esa escuálida cifra de abonados que refleja que, en efecto, algo se ha hecho mal en una ciudad de casi seiscientos mil habitantes y con un área de influencia de más de un millón. Más de una orquesta se daría con un canto en los dientes por la mitad. ¿Crisis? Claro que sí. Público a enamorar, también.

(Editorial publicado en la revista Scherzo nº 285, mayo de 2013)

 

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