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Rubén Darío, la música y los músicos




PorBlas Matamoro - Publicado el 10 Enero 2017

Rubén Darío, la música y los músicos

A la cabeza del movimiento modernista, Rubén Darío no sólo renovó nuestra lengua literaria sino que formuló una doctrina estética de lo raro y lo precioso, y una teoría poética que, de manera dispersa y fragmentaria, apunta a tener un fundamento musical. Que los versos rubenianos son musicales gracias a su múltiple maestría prosódica, es algo bien sabido. Rubén tuvo siempre un oído muy fino para percibir las sugestiones musicales del castellano, sus cadencias, modulaciones y hasta sus silencios. Pero no es el tema de estas líneas sino la teoría poética mencionada.

En efecto, en su libro Los raros, donde reúne una cantidad de artículos señeros de la fundación modernista, comenta el libro de un crítico musical, Camille Mauclair: L´art en silence. Sin duda influidos por el simbolismo de Mallarmé, ambos, el francés y el nicaragüense, apuntan la importancia del silencio —un elemento musical— en el origen de la palabra poética, que empieza a vibrar como algo musical antes de convertirse en verbo y someterse a la medida, la rima y la semántica de una lengua determinada.

El asunto insiste en un soneto de Prosas profanas: “Ama tu ritmo y rima tus acciones/ bajo su ley” … “Y al resonar tus números dispersos/ pitagoriza en tus constelaciones.” La mención al pitagorismo, es decir al orden musical y matemático del universo, Rubén retorna al encuentro de los números y los sonidos que se da, justamente, en la música. Leibniz ya había dicho que la música es una matemática inconsciente, una matemática que se ignora, y Max Weber, por los mismos años que Rubén, escribirá acerca del origen matemático de la música.

En las “Dilucidaciones” que sirven de prólogo a El canto errante, Rubén halla la síntesis de sus inquietudes sobre la calidad del signo poético: una armonía de caprichos. Si hacemos hincapié en ambos sustantivos, armonía y caprichos, advertimos que se trata de dos términos de la música: la ordenación del capricho, del zapateo del macho cabrío en el cortejo de Dionisos, por la selección de notas que constituyen una decisión armónica, acaso tonal si pensamos en la música que pudo conocer nuestro poeta.

Pocas referencias puntuales a experiencias musicales concretas hay en su obra. Tal o cual noche de ópera, menciones a Wagner que más parecen promovidas por las sugestiones épicas y pictóricas del wagnerismo visto por los decadentes franceses —héroes y paladines de las epopeyas nórdicas , escenas de las cortes medievales— y muy poco más. Aunque Rubén no supiera demasiado de música, la música sabía de él tanto como para susurrarle al oído toda una poética.

Blas Matamoro