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Rossini una vez más




PorBlas Matamoro - Publicado el 25 October 2016

Rossini una vez más

En el número en curso de Scherzo puede leer un texto de José Luis Téllez, inteligente y documentado como todos los suyos, titulado “El nacimiento del romanticismo”. En él vindica a Rossini como uno de los iniciadores del romanticismo musical, en un género como la ópera italiana, el que parecía ser el más alejado de toda sede romántica. En efecto, a pesar de tomar su nombre del latín (romanticus: algo escrito en legua romance), rápidamente se asocia dicho movimiento con la Europa germánica y anglosajona.

Téllez, aparte del inicial Guillermo Tell, ya canonizado como ópera romántica, hace mención de La donna del lago, que introduce a Walter Scott en el mundo de la ópera y, más en general, observa algo sobre lo que abundaré unas líneas: cómo es renovador un artista al que se encasilla entre los conservadores, cómo experimenta un aparente tradicionalista.

Rossini hereda, sin duda, la música del racionalismo ilustrado. Sus esquemas formales, su temática heroica y mitológica, el formato de su orquesta, el desarrollo de un canto florido que pasa por el siglo XVIII como legado barroco, todo parece apuntar a un  neoclásico. Entonces aparece la poesía lacunar de La donna del lago, aparece el expresionismo en la segunda mitad de Ermione, aparece Schiller con su Guillermo Tell. Haré un paralelo. Un hombre aplomado y amante de la antigüedad grecolatina, un tópico del equilibrio y la simetría como Goethe, erige al prototipo del romántico en Werther y provee al fundador de la novela histórica romántica como Walter Scott del utillaje expuesto en su drama o novela dramatizada Götz von Belinchingen. Si bien se mira, los caminos se entrecruzan: Rossini llega a Goethe a través de Scott y de Schiller a la vez que repite la figura de un neoclásico renovador.

Cabe decir más. Por ejemplo, que Rossini dejó el teatro que era su querencia y lo hizo de golpe tras aquel gesto fundacional. Pero no se dedicó a no hacer nada. Como buen romántico, siguió experimentando, es decir componiendo contra la poética de los géneros. ¿A qué género pertenecen obras como el Stabat Mater y la Petite Mess solennelle? ¿Cuánto deben a los pecadillos de vejez rossinianos Eric Satie y el Grupo de los Seis en su gusto por la nadería, lo burlesco y la broma musical?

Afortunadamente, la segunda mitad del siglo XX asistió a una relectura de Rossini que dejó de lado su figura de músico menor, pintoresco y sonriente como un bon vivant mimado por el éxito mundano. Y gracias a esa recuperación, sin dejar de reírnos cuando cuadra, hemos aprendido a tomarlo en serio. Y hasta a otorgarle un diploma de iniciador. ¿No lo es todo arte auténtico?

Blas Matamoro