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Restaurad y se os multará



Restaurad y se os multará

Política y cultura han ido siempre en España muy de la mano, aunque fuera dándose la espalda, y una de las cuentas pendientes que nuestro país tiene con el pasado es la de dirimir de una vez el papel de las administraciones públicas a la hora de favorecer que la cultura llegue a todos. Eso en términos generales. Pero si observamos algún episodio reciente comprobamos que también en lo meramente práctico esas mismas administraciones hacen agua a la hora de gestionar ese bien común. Muy cerca de lo ridículo se mueve lo sucedido en Sevilla con la restauración de un órgano por parte de las monjas clarisas del convento de Santa Inés, muy cerca de la casa donde nació Antonio Machado, es decir, del Palacio de las Dueñas. La Junta de Andalucía les pide 170.000 euros de indemnización por haber salvado el órgano, en condiciones deplorables tras una restauración previa hace más de cien años, de una muerte segura. La Junta de Andalucía no se entera de la cuestión sino cuando ve que el órgano está en restauración por iniciativa de lo que en otros ámbitos más sofisticados de la vida cultural se llama con frecuencia la sociedad civil: una fundación privada y un monasterio. Y multa después de no avisar de lo que ella, como institución, debiera haber avisado: que el órgano no puede seguir así. Las monjas, que viven de la venta de sus afamados dulces, acuden a quien sabe y, con toda seguridad, ahorran dinero a la Junta. Y la Junta se carga de autoridad y toma cartas en el asunto a toro pasado. ¿Sabían las monjas de la necesidad de informar a la Junta? ¿Tienen las monjas hilo directo con alguien que, desde el más allá, y después de haberlo vivido en el más acá, les previene de que si informan será peor o no será? 

Dura lex sed lex, y el no conocerla no exime de cumplirla, dirá el funcionario articulador de la multa mientras los demás pensamos que esa misma ley debe ser salvaguardada desde el conocimiento real de cómo está el objeto de sus desvelos, en este caso el órgano en cuestión. Tal vez los partidarios del diálogo en cualquier caso tengan aquí una ocasión de lucirse en asunto de poca monta, que no afecta a la Constitución ni al Estatuto pero que tiene que ver con ese cuidado por el bien común que a todos afecta. La administración no está ni para dejar que se vayan de rositas los Franco con sus robos encubiertos y luego lucidos en el Pazo de Meirás ni para hundir en la miseria a unas monjas que restauran lo que es suyo. En cualquier caso, habría que saber si las monjas reciben alguna cantidad por parte de alguna administración autonómica o municipal destinada a la conservación de su patrimonio. De ser así, se supone que deben dar cuentas de cuantas obras realicen al respecto. De no ser así, y respecto del órgano —que no es el Ecce Homo de Borja y las monjas seguro que lo saben—, conociendo que está catalogado, es evidente que debieran haber comunicado su intención de restaurarlo. Quizá en el estado a que ha llegado la cuestión, la Junta debiera comprobar por medio de expertos cómo se está llevando a cabo la restauración y, si esta está siendo correcta, llegar a un acuerdo con las monjas: una amonestación y el agradecimiento por haber hecho las cosas bien en lugar de dejarlas morir como sucede en tantos lugares en los que no hay ni gusto para detectar lo bueno ni dinero para cuidarlo. 

Y todo antes de que las monjas recurran, como otros ilustres deudores del Estado, al argumento de que si cada español pusiera un euro saldarían la suya sin mayores problemas: basta con que la propia sociedad civil que ellas han representado heroicamente acuda como un solo hombre, o una sola mujer, al torno del convento a solicitar kilos y kilos de bollitos de Santa Inés, cuya receta fue legada por la propia fundadora, y otros dulces tradicionales como tortas de aceite, tortas de polvorón, sultanas, magdalenas, cortadillos y los navideños mantecados y roscos de vino con cuya venta puedan las muy diligentes sores contentar a una administración ofendida y endulzar el paladar de los amantes del órgano. 

(Editorial publicada en la revista SCHERZO nº 335, de diciembre de 2017)

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