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Por la boca muere el pez



Por la boca muere el pez

En una intervención tan poco afortunada como, lamentablemente, de costumbre en estos asuntos, el Ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, ha manifestado que los problemas del cine español también tienen que ver con su calidad, a su entender, mala. Así, pues, en la imparable sustitución de la política por la economía, nuestro Ministro de Hacienda — eso que somos o éramos todos— decide meterse no ya a crítico cinematográfico sino a experto en las relaciones entre cultura y sociedad, volver a esa táctica que consiste en hacer calar en la opinión pública que los que viven de la cultura —de esa que unos quieren sólo para el que se la pueda pagar y otros gratis total— o son vagos por naturaleza o practican el clientelismo político o ignoran que el común de los mortales vive de las reglas, supremas, de un mercado implacable. El problema es confundir qué es ese mercado con quienes lo forman a su pesar; pensar que se puede dividir a los ciudadanos entre los que pueden tener un acceso a los bienes culturales —a los que son cultura de verdad, no a tantas cosas que no corresponden a su definición más exigente— y los que no; ignorar, en suma, como vemos y leemos, que la cultura —es decir esa educación que hace a los ciudadanos más libres y a su patria más amable— es de todos, surge de todos y entre todos, razonable y razonadamente, ha de mantenerse.

Con aire bastante menos triunfante, el Secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, señalaba en el Congreso de los Diputados defendiendo los presupuestos de su departamento, que “la falta de apoyo a la cultura es una condena para los ciudadanos” y reflejaba su pesar reconociendo, en un alarde de sorprendente sinceridad en un político respecto a la realidad de su función, que le había tocado “gestionar el peor de los mundos posibles” — aquí, ciertamente, exageraba, pues los hay mucho peores que el nuestro. Lassalle habló igualmente de la cultura como seña de identidad y como excelente escaparate universal para un país que —eso lo decimos nosotros— ha perdido prestigio y presencia en ese punto. La actuación en el Congreso del Secretario de Estado causaba una curiosa sensación de perplejidad, pues resultaba ser la suma de un mártir y un esclavo, de alguien obligado a hacer lo que no quería hacer pero que a pesar de todo lo hace. Tal vez hubiera sido más útil anunciar que lo dejaba, que el sueño de los héroes no es precisamente el de inmolarse en el altar de los recortes y que, en definitiva, no vale la pena pasar a la historia por haber contribuido a empobrecer la cultura propia. En todo caso, hay que felicitar a Lassalle por su sinceridad para con el ciudadano y desearle que ésta no le sea tomada como defecto por quienes creen que la política es justamente lo contrario, por los que piensan que la música en las escuelas es una pérdida de tiempo no productiva, que la lectura de los clásicos no tiene interés porque están obsoletos o que visitar un museo no contribuye a una formación eficaz, tal como hubo de escucharse en el debate sobre la LOMCE.

Se trata, bien parece, de restar importancia a lo considerado ideológica y económicamente como superfluo, a esa parte de la educación aceptada como prácticamente inútil, a todo aquello, en suma, que no contribuya a desarrollar lo que llaman capacidades instrumentales, entre las que, naturalmente, no parecen estar ni la cultura en general ni la música en particular. Una cultura a la que se culpa de sus propios males y de los ajenos, una cultura no siempre bien gestionada, claro que no, pero en la que, como en todo, hay empresas que merecen sobrevivir, que son activas en la búsqueda de soluciones a su propia crisis. Por si no tuviéramos bastante, el Fondo Monetario Internacional decía a principios del pasado mes que aún hay margen para aumentar el IVA en España. Se supone que en la parte que le toca a la cultura alguien considerará que ya es suficiente ese duro 21%. Mientras, el privilegiado sector editorial —para el que una subida del 4% actual acrecentaría aún más la crisis que otros viven ya de pleno— se muere de miedo por lo que pueda pasar.

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