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Para una balada por Christian Poveda




PorSantiago Martín... - Publicado el 30 Abril 2014

Para una balada por Christian Poveda

Miren ese rostro. Miren esa joven. La desolación. No hay esperanza. Para nosotros no hay esperanza, piensa tal vez. Lleva un uno y un ocho, un 18, pintado o tatuado en el rostro, alrededor de cada uno de los ojos. Ahora veremos por qué.

Ahora volvemos a esa joven.

Según parece, el libro CeroCeroCero, de Roberto Saviano (Anagrama), es de los más vendidos en los últimos meses. A pesar de todo es excelente. No  hará falta recordar que Saviano es el periodista que se ha arruinado la vida dando a conocer las fechorías de ciertas mafias italianas en otro libro, Gomorra. Se la jugó, y no puede decirse que haya ganado. Vivir con escolta de manera permanente, eso nadie sabe lo que es hasta que le toca, como decía alguien bastante conocido, amenazado por no ser un buen patriota vascongado.

En nuestro país, que ahora excarcela delincuentes del narcotráfico gracias a no sé qué vacíos legales y a la renuncia la justicia universal (¿lo hacen gratis, de verdad?), este libro es en rigor una narración de terror. El mal se ha desarrollado de tal modo que leemos libros de terror documental como señales del Apocalipsis. Como éste, sobre el poder del narco. Muere un famoso y buenísimo actor y se le encuentra en casa droga en cantidades inmensas de polvo blanco. No sé si le ocurrió a nadie, entre tanta celebración post mortem, decirle al muerto: oye, majo, ¿sabes cuánta gente es torturada, despellejada, violada, asesinada para que tú tengas esa luz blanca en casa?

Bueno, basta ya. En realidad, quería señalarles algo al final del libro de Saviano, y para eso está el rostro de esa joven. Vamos al capítulo 17, titulado El que habla, muere, pp. 453-462. Ahí cuenta cómo el periodista hispano-francés Christian Poveda, primero fotógrafo, después documentalista, siempre rastreando la verdad de las cosas, filmó un documental con la mara 18, de El Salvador; la mara Salvatrucha, rival a muerte de la mara 18, no participó en el rodaje por negativa de sus miembros. Saviano identifica a Poveda como ese tipo de periodista que se mete donde no le llaman, como el propio Saviano, que hizo lo que no tenía que hacer: “Él se lo ha buscado, qué esperaba, lo sabía de sobra…” Christian se lo buscó. Roberto se lo buscó. Christian y un operador viven año y pico con la mara 18. Podemos ver la película, La vida loca, en Youtube, o adquirirla en DVD con mejor calidad. No explica, no juzga, no muestra preparación de delitos ni de contraofensivas frente al enemigo. Nada. Muestra el lado humano, como insistía Poveda, cuyas declaraciones también podemos ver en Youtube. Un poli con su mala intención parece que jugó con la perversa ingenuidad armada de los de la 18, les insinuó que Poveda trabajaba para la policía… y lo mataron en 2009, a los cincuenta y cuatro años. Curiosa manera, eficaz manera, económica manera de deshacerse de un periodista molesto y dar una lección al gremio y a otros gremios. Lo matan por ti, no tienes que molestarte. Christian es el muerto que no se ve en la película: durante casi año y medio de rodaje, vemos los cadáveres de algunos jóvenes que aparecen vivitos y coleando en secuencias anteriores. No se nos explica. Alguien los mató. Ellos también debieron de matar gente del otro bando en ese año largo. Qué sabemos, Christian no lo cuenta. No estaba ahí para eso.

Esta joven es superviviente. Su rostro desolado responde a la sentencia de cárcel que cae sobre ella y su esposo, y que acaba de oír. Vemos su rostro, y sentimos congoja cuando lo vemos en movimiento. No vemos al bebé que tiene en el regazo, para eso hay que ver la película. Ese rostro se vuelve a su derecha, para compartir desolación y dolor con el hombre que está a su lado, su hombre. Qué sabemos... pero nos conmueve el rostro de esa chiquilla tan condenada por la vida.

En Youtube está a su disposición el film documental La vida loca y muchos documentos más, entre ellos el propio Christian hablando de su película, ya terminada, él vivo por poco tiempo. Volvió a El Salvador, ay. No debería haber vuelto.

Esto que escribo es fruto de una tremenda impresión, la lectura del libro de Saviano; que cuenta, identificándose, la historia de la muerte del colega, entre otras muchas historias de terror. Es como si quisiera uno animar a algún compositor a que sacara una balada por Christian Poveda.