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Papelera de monólogos: Narciso de Hispalis y el hidalgo manchego




PorSantiago Martín... - Publicado el 26 Mayo 2015

Papelera de monólogos: Narciso de Hispalis y el hidalgo manchego

Encontré monólogos desechados, en una papelera. Eran restos anónimos, lo peor de lo peor. Los mejores ya los habían seleccionado con buen criterio y valentía. Los tres mejorarían con buena música incidental: desde aquí, la pido, y sugiero otra de momento, véase a continuación. Elijo este monólogo como el primero, no sin riesgo, dada su mala traza.

Música - Escoger entre los Canarios de Gaspar Sanz

Se ha recibido manuscrito muy voluminoso para su lectura y su posible publicación posterior como libro. El licenciado Narciso de Hispalis somete a la consideración de Vuestras mercedes, tal como se le ha solicitado, el siguiente informe elaborado tras la lectura del manuscrito intitulado El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

Se trata de una fábula que lo mismo podría tener las muchas páginas que lo forman que reducirse a unas pocas, que para el caso es lo mismo. Se trata, a juicio de este leedor, de una crónica prolongada con exceso de artificio, y que pretende algo parecido a eso que ahora se quiere poner de moda, y que es el retrato de la realidad tal como es, en las calles, en las posadas, en los campos, entre gentes de la tacañería, esto es, del delito. Es una moda de mala índole, sin duda perecedera, la de los prolíficos Guzmanes y Lazarillos, y no digamos la fama exagerada de Calisto y Melibea; pero en este libro tal pretensión de realidad se desmiente a sí misma. Puede parecer que este don Quijote, enloquecido por la lectura de libros de caballerías, esconde un ataque a ese género de novela que hoy día está en retirada, y no gusta a casi nadie; y que el libro, a cambio, aboga por la verdad palpable a las manos y a los ojos. Nada más ajeno a esta obra, que es pura fantasía teñida de realidad sólo por lo polvoriento de los caminos que recorren sus personajes.

Estos personajes lo dicen todo sobre la realidad supuesta que el autor, un tal Cervantes, pretende adjudicar a sus criaturas y situaciones. Un cincuentón enjuto, loco por leer tanto, en medio de la desolación manchega. El buen hombre se echa al campo y queda algo corrido, mas persiste. Y en la segunda rueda de laces le secunda un rústico de aquellos pagos que se opone al hidalgo en todo y por todo: es gordo, comilón y parece más práctico que poético (lo que se desdice de su aventura ciega con el hidalgo). Absurdo desde cualquier punto de vista. Es ya inverosímil esta pareja de impostores, a los que hay que perdonar el fingimiento, puesto que en rigor el impostor es el que ha escrito tamaño disparate. No cree este licenciado necesario referirse al aluvión final de coincidencias en una venta manchega con que el escritor tortura a los lectores, si es que éstos han conseguido llegar hasta ese punto. A lo largo de páginas y páginas, ni ellos dos ni ningunos otros acuden a una misa en momento, y eso que pasan, sin dudarlo, varias fiestas de guardar, siquiera no se mencionen.

No entro en pormenores de redacción incorrecta, que son abundantes, “entrar dentro”, “salir fuera”, cosas así que dicen mucho de la pobreza mental del escritor; o en errores de bulto, tales como el olvido de cierta acémila que se perdió en un capítulo anterior y de pronto aparece allí en el siguiente, para volver a estar perdida en el que viene a continuación. El castellano del autor deja mucho que desear, pero sobre todo estamos ante un libro al que hay que prever escasísima repercusión, total indiferencia; un libro con exceso de páginas y basado totalmente en falsedades ajenas al retrato de la realidad que el escritor pretende. Hay que indicar, de paso, que el tal Cervantes no es un “valor joven”, ni mucho menos; es un escritor de edad, ya amortizado para la poesía, para la dramática e incluso para la vida, cuanto más para el retrato de la “verdad verdadera y veraz” que su libro parece pretender.

Se desaconseja plenamente su publicación.

En la corte de Valladolid, a 29 de setiembre del año del señor de mil seiscientos cuatro, día de los Arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael.