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Pablo Villegas



Pablo Villegas

Pablo Villegas (Logroño, 1977) ha surgido en los últimos años como la gran figura de la guitarra clásica y como un adalid a la hora de reivindicar su papel de instrumento culto y popular a la vez. En su conversación, el verbo inspirar aparece continuamente, como su deseo de cumplir una misión en la que involucrar al creador, al intérprete y al público en una aventura común. Viviendo en Nueva York desde hace catorce años, Pablo Villegas combina sus conciertos con el trabajo social a través de la música en el Legado de la Música sin Fronteras, primero en Méjico y ahora en La Rioja.

(...) ¿Qué es lo que más le interesa del repertorio? Muchas veces hay más virtuosismo que hondura.

La guitarra es un instrumento muy peculiar, no tiene un funcionamiento armónico lógico. Es polifónico pero sin ese ordenamiento. Para los compositores que no fueron guitarristas siempre ha sido muy complicado componer para la guitarra: “yo compongo y tú vas y me dices que eso no se puede tocar”. Eso ha provocado que los que han sido guitarristas hayan creado su propio repertorio. Cuánto daríamos porque a Haydn, Mozart, Beethoven o Schubert les hubiera interesado la guitarra y hubieran podido aplicarle su estética, su expresividad, a un instrumento que armónicamente no puede ir muy lejos. La estética de aquel momento no implicaba a la guitarra. La música de Schubert, tan transparente, es, sin embargo, muy guitarrística. Cuando irrumpió el piano, su temperamento le permitía al compositor viajar donde quisiera. La guitarra no puede. Pero, como diría Jean-Pierre Rampal, en las limitaciones de mi instrumento está su grandeza. Y la guitarra tiene unas y otra. (...)

 

¿Siguen siendo importantes los discos?

Claro. Este mes sale en Harmonia Mundi Americano, un disco que demuestra mi concepto de romper fronteras y que nace de Rounds, una obra de John Williams, el compositor de bandas sonoras, que estrené en Malibú. Le propuse hacer la primera grabación mundial, le pareció estupendo y, como aquí no cabían Tárrega ni cosas así, pensé en rodearla de repertorio latinoamericano. La novedad son tres obras tradicionales norteamericanas escritas para banjo pero tocadas con guitarra. Cambié la quinta por una prima, tocas un poquito la afinación y ya tienes la guitarra convertida en un banjo. Queda muy cercano al bluegrass. Presentaremos el disco en Nueva York el día 21. Y ahora estamos terminando de grabar con la Orquesta Nacional y Juanjo Mena los tres conciertos de Rodrigo: Aranjuez, Fantasía para un gentilhombre y Concierto para una fiesta. Es mi primera colaboración profesional con la ONE y, como español, es como un sueño cumplido en el que uno se inserta en una tradición muy importante, en lo que somos, en nuestra verdad y en nuestras raíces… Además, estoy en casa.

¿Cómo ha sido el trabajo con Juanjo Mena?

Mena es ahora mismo uno de los grandes de la dirección en todo el mundo y colaborar con él es un lujo, una inspiración… La manera con la que trabaja con la orquesta, cómo presta atención a cada detalle y cuánto aprendes de cada uno de sus comentarios.

¿Qué se puede decir de nuevo en una obra tan interpretada como el Concierto de Aranjuez? Hay quien lo aflamenca, quien lo adorna…

Se pueden decir muchísimas cosas. Lo más importante es acercarse a la música con la actitud de participar en el proceso creativo de la obra y empezar siendo absolutamente riguroso con lo que está escrito. Esa es la regla de oro. Y a partir de esos límites es donde empiezas a descubrir un mundo y un horizonte de posibilidades expresivas, jugando con ataques, con colores, con articulaciones, con pulsos. A los seis años había escuchado el Aranjuez por Ángel Romero en un LP de mi padre. Y he crecido con el deseo de tocarlo. El primer acercamiento, a los dieciocho, fue el de la juventud, el de sentir la emoción de, simplemente, tocarlo y de ver que, al fin, eres capaz. Luego entras en una madurez que te lleva a hacer relecturas y a mirar dentro de las notas, en los fraseos, en la estructura, en la parte emocional, en cómo darle unidad. Cuando me relaciono con buena música pienso que siempre hay algo que descubrir. Puedes tocar veinte años la Chacona de Bach y al veintiuno encontrarás cosas nuevas. Ahora me atrae del Aranjuez el drama que acoge el segundo movimiento, tan vinculado a la vivencia personal de la pérdida del hijo del maestro, ese diálogo de dolor y resignación que es un proceso natural de cualquier drama en la vida y que sólo tiene la salida, para vivir en paz, de la aceptación, esa que llega al final del movimiento: aceptar y seguir viviendo. Y segundo y tercero representan los dos conceptos rítmicos clásicos en la inspiración de Falla y Albéniz: la música flamenca y el folclore. El primer movimiento es la fuerza de la tierra, de la bulería, y el tercero ese aire más de corte, más dieciochesco, más saltarín, más folclore también, ese ritmo siempre hacia arriba. Esas dos fuerzas dan a la pieza su equilibrio expresivo con el que me siento muy identificado. Y cada vez que lo toco es una interpretación nueva en la que también influyen orquesta y director, naturalmente. Un director nuevo es siempre una motivación.

Luis Suñén

(Extracto de la entrevista publicada en el nº 310 de Scherzo, septiembre de 2015)

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