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OBITUARIO: Recordando a Zedda


Fernando Fraga

Acaba de morir Alberto Zedda. A finales de enero celebró sus 89 años y, aunque la edad era un indicativo de que el tiempo parecía que se le iba acabando, nadie se imaginaba que el final estuviera cerca en una persona frágil como él, pero de un vigor que contradecía ese mero dato del registro civil que representaba su edad. 

Hace unos veranos, pocos, durante la ejecución rossiniana en el festival que lleva el nombre del compositor pesarense, hubo que detener de improviso el concierto. Se temió lo peor, que la función se suspendiera, pero al poco tiempo Zedda regresó, con mayor vitalidad que nunca y la ejecución de ese Stabat Mater fue, si cabe, de superior brillo e intensidad. Fue como una repentina Ave Fénix de la música. 

Zedda parecía intemporal, eterno, su ausencia en el podio, en los fosos o en las funciones del Festival Rossini, como simple espectador dando a las funciones un añadido empaque de autoridad y prestigio, va a ser un vacío que tardará o nunca acabará de colmarse en la acogedora ciudad adriática. 

Podría decirse que si Rossini era dios, Zedda era su profeta. Su relación con el compositor fue múltiple: lo estudió, lo dirigió, lo editó, lo publicitó, lo comentó y enseñó como cantarlo. Más, imposible.

Pero la relación Zedda-Rossini comenzó ya desde los inicios puesto que en 1956 debutaba en el As.Li.Co. milanés dirigiendo El barbero de Sevilla, obra manoseada hasta la náusea y de la que posteriormente realizaría una edición crítica (una de las primeras), hoy tenida en cuenta por todos los escenarios del mundo. 

Pero entonces el interés de Zedda no se restringía al cosmos rossiniano. Dirigió y grabó, inquieto como era, música contemporánea. Como ejemplo, en Francia (Burdeos, 1965) debutó con una partitura tan moderna como es Una mirada desde el puente de Renzo Rossellini, a partir de la obra teatral de Arthur Miller.

Pero, como un Pablo laico, sintió en cierto momento la llamada de Rossini. Toda su comprensiva actividad en torno al maestro la realizó como estaba escrito, y ya se ha adelantado, en los veranos de Pésaro, previamente con la organización, luego con la docencia y finalmente con la ejecución de las partituras rossinianas. En toda su amplísima propuesta, del Rossini serio, semiserio y bufo al religioso. Quien conocía su extraordinaria capacidad laboral, sabía que solo la muerte le detendría. De hecho, se apoderó de él mientras preparaba la conmemoración del bicentenario del estreno de La Cenerentola precisamente en Pésaro. Vida profesional dedicada a Rossini, al inicio, durante y al final de la misma. Una hermosa parábola artística; la que se merecía tan insigne Músico, con mayúsculas. 

Zedda nació en Milán el 2 de enero de 1928. Estudió con dos directores, uno estrictamente operístico, Antonio Votto; otro, de superior inquietud laboral, Carlo Maria Giulini. 

Tras aquel debut en su ciudad natal, Zedda dio cuenta de su oficio prácticamente en toda la península italiana y luego especialmente en Centro Europa aunque también se desplazara al Covent Garden londinense, a París y numerosas ciudades francesas, así como a localidades belgas (en Lieja era un auténtico ídolo), holandesas y suizas, al City Center de Nueva York, a la Ópera de San Francisco… En 2016 concertó en los Champs-Elysées una versión de Ermione que sin duda quedará impresa perennemente en el recuerdo de los parisinos. 

Dirigió el fugazmente el Festival de Fano (con rescates valiosísimos de repertorio olvidado) y el de Martina Franca así como la Scala milanesa, dos centros operísticos italianos que no merecen adjetivación añadida. Y, siendo como era una piedra básica del Festival de Pésaro no tuvo escrúpulos, sino más bien la hombría, de dirigir también en Bad-Wilbad, la localidad de la selva negra alemana en educada rivalidad rossiniana con la italiana.

Su relación con España fue importantísima, incluso a nivel privado al contraer matrimonio con Cristina Vázquez, persona de un nivel humano y profesional (trabajó en la Zarzuela de Madrid y en les Arts de Valencia) a su altura. Con residencia primero en Madrid y definitivamente en La Coruña, multiplicó allí su actividad docente y directiva. 

En Madrid, desde 1986, dirigió en La Zarzuela, en el Real y en el Auditorio Nacional. Era incansable. Se recuerdan sus lecturas operísticas, a partir de una, justamente, primeriza Cenerentola y la temporada sucesiva de 1987 un Ermione (con el espectacular Pirro de Chris Merritt), otras funciones de privilegio: Tancredi de 1997 (Podles y Orgonosova y la exquisita regia de su amigo Pier Luigi Pizzi), Il viaggio a Reims, Semiramide, La pietra del paragone… Sí, Rossini, pero igualmente una extraordinaria Incoronazione de Poppea o un Falstaff verdiano, una de las últimas apariciones de otra gran amiga suya, Lucia Valentini-Terrani. 

Zedda dirigió en Sevilla y Oviedo (El barbero con los bellísimos decorados de la pintora Carmen Laffon), Bilbao (Il matrimonio segreto de Cimarosa, además de a Bellini, Rossini y el Verdi de Un giorno di regno, obra por él rescatada ya en 1973), San Sebastián, Cuenca (Rossini y Verdi sacros), Tenerife (su barbero, desde luego),  Santander, Valencia, siempre Rossini en atril sin olvidar a algún Vivaldi (el de Judith Trionfans): no existían límites para Zedda. Porque en la temporada 1966-1967 en el Liceo barcelonés dirigí La Bohème… de Leoncavallo. 

Ha muerto Zedda pero solo físicamente, como a todo ser humano tarde o temprano nos pasará. Pero como artista seguirá vivo eternamente. En el recuerdo, pero como la memoria es humanamente algo quebradiza y caprichosa, deja para compensar ese impensable olvido una discografía que lo mantendrá siempre presente. En ella hay, por supuesto, de todo, del Monteverdi citado a Cavalli (Amori d’Apollo e di Dafne), a Auber (Fra Diavolo), a Cimarosa (Le donne rivali), a Spontini (Teseo riconosciuto, Li puntigli delle donne), con mayoría rossiniana en conjunto. Con la Sinfónica de Galicia dirigió un título de Ramón Carnicer, Il dissoluto punito o Don Giovanni Tenorio.

Sin embargo, de recomendar un disco de homenaje auditivo e inmediato a Zedda, quien escribe se atreve con uno grabado en 1983 en la RAI de Turín. Obras: todas rossinianas, cómicas y serias. Solista: Marilyn Horne. Dos genios; un bing bang operístico.

 

G. Rossini: Petite Messe Solennelle. Alberto Zedda, OSG, COSG: https://youtu.be/-HxmlRrUlKo

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