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Nubes sobre el Palau de les Arts



Nubes sobre el Palau de les Arts

Nubes muy oscuras se ciernen sobre el Palau de les Arts de Valencia, una casa marcada a partes iguales por la ambición artística y el uso político y en la que por diversas razones se está llegando a un momento crucial. El último síntoma ha sido la renuncia de Zubin Mehta a hacerse cargo de la Orquesta de la Generalitat Valenciana y de un Festival del Mediterrani escaso en títulos pero que contaba con la garantía de tener en el foso al gran maestro indio. No parece casual que la crisis del Palau sea la hasta ahora última consecuencia de un disparatado planteamiento social y cultural por parte de las autoridades valencianas desde hace muchos años. No parece casual que la crisis del Palau sea la hasta ahora última consecuencia de un disparatado planteamiento sociocultural. Desde aquella presentación en un teatro aún en construcción con un Camps elevado a la categoría de mecenas por el propio Mehta —quien se equivoca gravemente hoy al decir que “Madrid odia a Valencia”—, y un entonces Presidente de la Generalitat que afirmó poco menos que el encuentro con el maestro cambió su vida, hasta el episodio entre grotesco e infame de la caída del trencadís que cubre la fachada del edificio de Calatrava, una muestra más del arte de su autor y de su relación con determinados poderes públicos. Entre una cosa y otra, Helga Schmidt, la brava intendente del teatro que aguanta sin tirar la toalla, ha conseguido crear una programación en la que debía hacer difíciles equilibrios presupuestarios —incluyendo los recortes en su propio sueldo— con voces en general importantes y prometedoras mientras negociaba unos cachés razonables con Maazel y Mehta. No olvidemos, entre otros logros, la coproducción, con el Maggio Musicale Fiorentino, y merced a su amistad con Mehta —estas cosas tienen su importancia en el arte como en la vida—, de un Anillo wagneriano de referencia, alarde del que, a pesar de la proliferación del intento en los últimos años, muy pocos teatros pueden presumir.

El último episodio ha sido el de la injerencia de las autoridades de la política cultural respecto al futuro del Palau de les Arts, su extraordinaria orquesta —o lo que queda de ella— en cabeza. Se trata de poner de manera poco menos que obligatoria a alguien de la tierra —en un mundo artístico en el que eso se superó hace muchos años— como titular de la misma frente a lo que debiera ser un proyecto más abierto. La presencia de Omer Meir Wellber no ha sido demasiado brillante y el intento por fichar a Riccardo Chailly —artífice de una fabulosa Bohème— resultó un fiasco cuando parecía que todo estaba hecho. Pero de ahí a buscar en casa con semejante ahínco populista va el abismo que separa las ganas de superar el bache de la idea de irlo vadeando al tran tran mientras sea posible y dar una respuesta de andar por casa a una cuestión que pide más que eso. Y ello es especialmente lamentable cuando se dispone de una orquesta de semejante categoría, capaz de codearse con las mejores formaciones de foso y que debiera ser la base de cualquier proyecto revitalizador del teatro en el que actúa. La base artística, pues está claro que hay otras bases políticas que tienen que ver con la altura de miras y un verdadero sentido de las necesidades de la cultura para sobrevivir. Es decir, emprender una nueva y decidida política de patrocinio, preguntar a los abonados si de verdad quieren mantener el proyecto y hacer que se muevan como sociedad civil que son, irradiar al resto de ésta las actividades de un teatro de ópera en una comunidad cuyo amor por la música está fuera de toda duda. Hacer, en definitiva, del Palau de les Arts un referente para todos los valencianos y no conformarse con dar la sensación de un fin anunciado y que seguramente no lamentarán —pelillos a la mar— los mismos que se sirvieron de su nacimiento para vender esplendores hoy bien pálidos. Es cuestión de dinero pero también de dejar gestionar la crisis a quienes sean capaces de hacerlo.

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