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Nosotros, los privilegiados




PorBlas Matamoro - Publicado el 23 October 2015

Nosotros, los privilegiados

Tengo bastantes años como para recordar un anuncio radiofónico de mi infancia – no había entonces televisión – que presentaba una grabación de La Traviata en un moderno sistema incorporado recientemente a nuestro mercado (sic): los discos de larga duración. Giraban lentamente, estaban casi media hora emitiendo música, no exigían cambiar de púas (agujas) a cada rato, caían al suelo y no se rompían, dejando incompletos conciertos y óperas. Con algo de suerte, no tenían siquiera ruido de roce.

El enorme progreso parece hoy pequeño, si se tiene en cuenta el catálogo de música grabada del que disponemos en disquerías, radio e internet. Pero, con todo, enorme había sido antes el salto dado a la difusión de la música con la invención del fonógrafo, aun admitiendo las limitaciones acùsticas de los registros anteriores a la era eléctrica. Lo mismo en cuanto a la radio y al cine sonoro.

En efecto ¿cuántos fueron los afortunados que pudieron escuchar la música escrita en la Europa de los siglos de oro de este arte? La polifonía sacra estaba reducida a las grandes iglesias con sus capillas, a ciertos monasterios, a las celebraciones religiosas de las cortes. Lo mismo en cuanto a la música profana: bailes, conciertos, fastos teatrales de las aristocracias. Luego, la ópera en manos de los empresarios ¿a cuántos cientos de espectadores podían llegar en cuántas ciudades de Europa? Nada digamos del resto del mundo, que era la inmensa mayoría de la humanidad. América se fue incorporando de a poco al público musical del planeta, aunque me temo que no se oyó a Bach en el Nuevo Continente hasta terminando el siglo XIX.

Somos, evidentemente, privilegiados, privilegiadísimos en este aspecto. En el Polo Norte, en el desierto del Sáhara, en la más intrincada selva del Sudeste asiático, al menos spotify y you tube, cualquiera puede escuchar la música del mundo. Lo que podemos saber de música en tanto música interpretada por los mejores artistas, investigada en sombríos archivos, olvidada y recuperada, de todo eso nuestros antepasados pudieron conocer poco y nada. Desde luego, corremos el riesgo de que tanta acumulación nos lleve al mero y desatento reino del almacenaje y la desatención. Lo que se consigue fácilmente, se olvida también fácilmente. Evocamos, entonces, los discos de frágil baquelita que debían cuidarse como porcelanas o cristales en la vitrina familiar.