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Ni diplomacia, ni voluntad, ni fiscalidad



Ni diplomacia, ni voluntad, ni fiscalidad

Tal y como se sospechó desde el principio, cuando aparecía como esa panacea universal de cuyos efectos nos permitimos dudar en el dosier dedicado por esta revista, en febrero de este 2014, a Mercado y políticas culturales, parece ser que, definitivamente, no habrá Ley de Mecenazgo. Lo adelantó Miguel Ángel Recio —que ha dejado tras un buen trabajo su puesto de director general del INAEM a Montserrat Iglesias para ocupar el mismo cargo en Bellas Artes— y lo ha reconocido finalmente de manera implícita el Secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, al asumir que era normal que tal mecenazgo se insertara —como quería el ministro de Hacienda— en una ley de reforma fiscal que lo diluye mientras lo convierte en algo tan falto de atractivo como ineficaz. Y ello a pesar de una levemente demagógica —por poco creíble hasta para quien lo dijo— apelación a que mecenas somos todos. Una vez más, pues, la figura del secretario de estado de Cultura, en la que indudablemente había puesta una cierta esperanza, aparece como la de alguien cuya resignación invita a animarle a que abandone un trabajo tan poco gratificante en la seguridad de que para recortar y dar malas noticias cualquiera vale. A no ser que crea firmemente que la única salida es esa. Quizá fuera bueno, en ese caso, que lo dijera con la misma claridad que su superior José Ignacio Wert cuando habla de educación, de investigación o de universidades. Y no olvidemos tampoco que un sector estratégico —y mucho más poderoso que el de la música— como es el del libro, también le está viendo las orejas al lobo tras un Líber 2014 con malos resultados. Una pequeña bomba de relojería.

Todo ello es un mal síntoma cuando la cultura necesita que alguien la defienda —o le dé la oportunidad de defenderse en lugar de meterla en el lecho de Procusto— desde los poderes públicos, sean estos estatales, autonómicos o municipales. Hace unos días el diario El País señalaba por qué le salen las cuentas al cine francés. Las razones eran tres: diplomacia cultural, voluntad política y fiscalidad beneficiosa. En España la diplomacia cultural brilla por su ausencia y paga más de la cuenta para los réditos que consigue a través de una acción exterior de muy bajo vuelo. La voluntad política es, simplemente, nula en un momento en el que bajan las recaudaciones de los museos, los abonados a los ciclos musicales organizados por entidades privadas y por tanto sujetos a precios de mercado, disminuyen, las revistas culturales reciben ayudas mínimas en virtud de que ese mismo mercado es quien debe ocuparse directamente de esas cosas, aunque en otras se le ayude. Y la fiscalidad beneficiosa ha quedado relegada al limbo en el que habrá de languidecer la susodicha Ley de Mecenazgo de la que se irá hablando cada vez menos, táctica que empieza a adquirir caracteres de consuetudinaria en nuestro Gobierno. Así es muy difícil.

(Editorial de la Revista Scherzo publicado en el número 301, noviembre de 2014)

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