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Neville Marriner



Neville Marriner

Ha esperado sir Neville Marriner (Lincoln, Inglaterra, 1924) a cumplir 90 años para debutar al frente de la Orquesta Nacional de España. Y ha elegido para la ocasión (30 y 31 de enero; 1 de febrero, en el Auditorio Nacional) la Sinfonía nº 44 de Haydn y “dos himnos británicos —asevera el maestro— a la mayor salud de Elgar”: Las Variaciones “Enigma” y el conmovedor Concierto para violonchelo con Truls Mørk como solista. Monumento vivo de la historia musical del siglo XX (sólo hay dos directores en activo que le superen en edad: Stanislaw Skrowaczewski y Anton Coppola), Marriner hace balance de sus seis décadas en el podio y pronóstico de los retos que se avecinan. “El futuro —sentencia— es el pasado”. Mucho ha llovido desde aquella tarde de 1958 en que fundó en Londres la revolucionaria y prolífica Academy of St. Martin in the Fields. En todo este tiempo, sólo se arrepiente de una cosa: “Si pudiera volver atrás, empezaría a dirigir mucho antes”.

En sus orígenes, la Academy of St. Martin in the Fields conspiró contra la figura del director. ¿Qué le empujó a dar el salto al podio?

La ASMF surgió, de manera natural, como ensemble de cámara. Por entonces yo trabajaba como segundo violín de la Sinfónica de Londres y quedaba algunas tardes con otros músicos para abordar el repertorio antiguo con verdadero rigor y no como se hacía entonces. El método de trabajo era muy democrático y contrario a la idea de un director que llegara a imponer su criterio. Sin embargo, fuimos creciendo en número hasta que, una tarde, el maestro Pierre Monteux vino como oyente a un concierto de la ASMF que yo dirigía como concertino, es decir, sentado en una silla y moviendo la cabeza y el arco. Se me acercó al final para felicitarme por lo que había escuchado y, de paso,  regalarme un consejo. La próxima vez, me dijo, haz el favor de ponerte de pie y dirigir como un hombre. Tras lo cual, se comprometió a enseñarme él mismo los secretos de la dirección en su Escuela de Hancock. Así que, en puridad, fue él quien tomó la decisión por mí.

Antes de viajar a Estados Unidos para conseguir su licencia de director, se había curtido como violinista a las órdenes de grandes maestros. ¿Qué aprendió y de quién?

Recuerdo aquellos años con una mezcla muy vívida de emociones. Josef Krips ejerció una gran influencia en mí durante mis comienzos. Era asombroso cómo conseguía sacar brillo a las orquestas sinfónicas. Las cuidaba como si fueran organismos vivos y no un viejo fósil. Lo que más me gustaba de él es que dirigía grandes conjuntos como si fueran grupos de cámara, y también que era capaz de transmitir su entusiasmo a cada uno de los músicos que tenía a su cargo. Había, por supuesto, una serie de maestros cuyos nombres estaban asociados a un tipo de sonido muy concreto. Me refiero a una sección de cuerdas en manos de Leopold Stokowski. Sólo él conocía la fórmula y créame que no he vuelto a escuchar nada igual. Estaban también los expertos en tal o cual compositor. Digamos, para que usted me entienda, que nadie en el mundo sabía más de Mahler que Jascha Horenstein, y eso para los músicos era una tranquilidad. Debo mencionar, por último, a los semidioses de la dirección. Uno simplemente no podía no admirar a Toscanini. (...)

Benjamín G. Rosado

(Comienzo de la entrevista publicada en el nº 303 de Scherzo, enero de 2015)

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