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NECROLOGÍA / José María Martín Porrás: ¡Qué bonito!


José Ramón Encinar

Seguramente a más de una persona le llamará la atención que este encabezamiento sea el de una nota necrológica. Tiene su explicación. Hace unos días, el 4 de julio exactamente, a las diez de la noche, falleció a los noventa y cuatro años de edad José María Martín Porrás, Don José para todos sus antiguos alumnos, una multitud entre la que me encuentro. Nuestro país no es demasiado dado al recuerdo, muy poco si es constructivo y casi nada si tiene que ver con la música. Por eso no está de más repasar la trayectoria profesional del finado.

José María Martín Porrás fue timbalero de la Orquesta Nacional de España, de la de Argenta y de la de Frühbeck de Burgos. Lo fue también de la Banda Municipal de Madrid, de la Orquesta Filarmónica y de la Orquesta Sinfónica de Madrid. Con independencia de su cometido estricto en la actividad sinfónica, durante muchos años en España volcada casi en exclusiva en el repertorio más tradicional, su interés y curiosidad profesionales le llevaron a interesarse por la revolución que en sus años de juventud se estaba operando en el mundo de la percusión en el ámbito de la música culta: más allá de los "rompedores" Stravinski y Bartók había otra vanguardia, la de Messiaen y Dallapiccola y aún más allá había otra, la de Stockhausen y Boulez y de todo ello se ponía al día el más joven percusionista de la Orquesta Nacional, el mismo que sin pensárselo dos veces aceptó el reto de actuar como solista de un estreno ¡para timbales y orquesta! de un Cristóbal Halffter veinteañero en 1957. Dirigía Ataúlfo Argenta.

Pero lo más importante, no sé si para Don José pero sí para todos nosotros, fue su incorporación al mundo de la enseñanza. La primera cátedra de percusión en un conservatorio español la ocupó él en el de Madrid. Y entonces ardió Troya. Porque por su aula de Isabel II pasaron infinidad de futuros percusionistas, pero también compositores en ciernes ávidos de información sobre las mil y una posibilidades que la percusión sinfónica les brindaba y muchos otros músicos en formación, conscientes del enriquecedor mundo del ritmo que Don José les abría. De los primeros bastaría decir que la inmensa mayoría de los solistas de percusión que han ocupado casi la totalidad de las orquestas de nuestro país hasta la edad de su jubilación, han sido alumnos de José María Martín Porrás. 

De sus clases en el conservatorio es fácil formarse una imagen porque independientemente de quién fuese el alumno que apareciese y de cuál fuese su nivel, había siempre una serie de elementos fijos en el aula, materiales unos, "volátiles" otros. Entre los materiales, los tangibles, casi presidiendo el aula abarrotada de timbales, marimbas, vibráfonos, temple-blocks, triángulos, campanólogos y algún que otro instrumento de los que hoy llaman "étnicos", había siempre una partitura abierta ocupando varios atriles: la de Zyklus de Karlheinz Stockhausen. Entre las "volátiles" una casi en exclusiva: la palabra de Don José, a veces excesiva, a veces cabalgando entre la realidad llana y la hipérbole, apasionada siempre. Y un gesto: Don José marcando con la mano derecha, juntas las yemas del índice y el pulgar, los demás dedos extendidos, y marcando también pero con gesto tradicional de director con la mano izquierda en obediente ejercicio del precepto bíblico: que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda. Porque ante nuestros admirados ojos, Don José marcaba cinco partes con una mano contra cuatro con la otra, para después pasar sin titubeos a medir cuatro contra tres, mano derecha contra la izquierda primero, izquierda contra derecha después. Y todo ello con cara de inmensa felicidad, toda ella sonrisa, al tiempo que decía: "¡qué bonito!, ¡qué bonito!".

Dejó escritos importantes tratados de ritmo, formativos ejercicios instrumentales. Pero aquellas sesiones impagables sólo pudimos disfrutarlas quienes le tuvimos como profesor. Porque en ellas Don José nos regalaba, compartiéndolo y haciendo que surgiera en nosotros, su mayor riqueza: su entusiasmo.