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NECROLOGÍA / Jesús López Cobos


Arturo Reverter

2-III-2018.- Jesús López Cobos ha sido uno de los directores-músicos más importantes de nuestro país. Su amplia cultura, su agudeza y rapidez mental, su formación clásica, sus iniciales contactos con la religión, la filosofía y todas las bellas artes, sus primeros escarceos con la música, sus comienzos al frente de la Coral Santo Tomás de Aquino de Madrid fueron labrando una incontrovertible personalidad. Más tarde, definido ya su camino, su relación pedagógica con Franco Ferrara en Italia y, en Viena, con Hans Swarowsky, marcaron una senda en la que la preparación y un entendimiento hicieron de él un director consciente, inteligente, metódico, minucioso y capaz de abordar desde muy pronto compromisos de altura, como el adquirido cuando aún andaba por la treintena de afrontar nada menos que la Sinfonía nº 8 de Bruckner con la Orquesta de la RTVE.

No fue raro que, tras una larga crisis luego de la marcha de Frühbeck de Burgos y la estancia posterior de Ros Marbá, la Orquesta Nacional lo acabara llamando para iniciar una relación que se extendió durante cuatro años y que no concluyó precisamente bien. Pero el magisterio del director había hecho mella, como la haría en todos aquellos lugares en los que la diligente y clara batuta del maestro de Toro había sentado cátedra: Orquesta de Cámara de Lausanne, Cincinnati, Ópera de Berlín, Teatro Real, en donde, junto a Antonio Moral, le lavó en buena medida la cara al coliseo y presentó algunas muy lustrosas producciones.

Fueron patrimonio de López Cobos la elegancia, la calibración de timbres, la capacidad cantable, el transparente lirismo y la vitalidad y sutileza rítmicas, la habilidad para controlar tempo y dinámicas Poseía el director, dentro de una ocasional amplitud gestual, una admirable economía de movimientos. Había siempre en sus modos fluidez, buena construcción y sabía otorgar una especial animación a los puntos álgidos de cualquier música; así a los Finale de aquella importante producción de Las bodas de Fígaro realizada a medias con Emilio Sagi en el escenario de la Plaza de Oriente. Una de sus normas era la pulcritud, sólo muy de vez en cuando conectada con una relativa asepsia y, en todo caso, siempre alejada de la vacía retórica, de la grandilocuencia.

Sabía organizar con insólita transparencia los grandes concertati verdianos, así el Auto de fe de Don Carlo, o el cierre del segundo acto de Macbeth, pero se aplicaba con igual fortuna en el desentrañamiento de las complejas líneas de una Lulu de Berg, que tuvimos oportunidad de ver en Berlín. O, por supuesto, aquellos ya históricos y memorables Diálogos de carmelitas de Poulenc en producción de Carsen. Una cierta falta de arrebato, de lirismo encendido, que en ocasiones es preciso aplicar —en la acentuación, en los ataques, en el fraseo—, no mermaba la justeza de sus acercamientos, en todo momento severos y sustanciosos, a cualquier pentagrama. Como los beethovenianos, que tuvo a bien reproducir, al frente de cuatro orquestas madrileñas, en junio de 2013 en el día de la música del CNDM. Versiones equilibradas, justas de tempi, claras y apolíneas de las nueve Sinfonías del genio de Bonn.

Echaremos de menos, qué duda cabe, su musicalidad sin tacha, su finura conceptual, su severo estudio de los pentagramas, su habilidad para apoyar la línea vocal y su ya alabada seguridad para concertar. Por mucho que se lo haya criticado por su relativa falta de apasionamiento, por su escasez de vuelo lírico, había un rasgo evidente de su personalidad musical: la capacidad para servir el discurso, de principio a fin, con un tempo base igual y vertebral, que imponía gracias a su gesto diáfano, mesurado, provisto de un didáctico vaivén que cubría todos los puntos y establecía de manera transparente los tiempos. Una manera directorial muy apta para reproducir cualquier tipo de música.