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NECROLOGÍA / Inge Borkh, el hechizo dramático


Fernando Fraga

27-VIII-2018.- Inge Borkh: una voz de impacto inmediato por su grandeza y proyección encontraba su correlativo reflejo en una presencia física imponente y hermosa que, de inmediato, se hacía evidente nada más aparecer en el escenario. Su temperamento dramático la llevó a enfrentarse con partes sopraniles de enorme capacidad dramática que ella, habiendo comenzado su carrera como actriz de prosa, sabía valorar y destacar con sobresaliente fervor. Sus primeros papeles operístiscos, sin embargo, parecían abrirle otros caminos: la Agathe weberiana y Czipra en la deliciosa opereta El barón gitano de Johann Strauss, cantada en Lucerna en 1940, a cuya Ópera estaría unida hasta 1944.

Nacida en Mannheim en 1917 (adquiría finalmente la nacionalidad suiza), falleció ayer en Stuttgart. Había superado en algunos meses los 97 años de edad. El nombre de esta suntuosa cantante se asocia de inmediato a dos partes straussianas no demasiado comunes para una misma cantante: Salome y Elektra. Como Salome, que le permitió numerosos debuts internacionales, dejando de esta turbulenta adolescente lecturas completas con Keilberth, Schröder y Mitropoulos en diversas etapas de su carrera. Impresionaba por su fraseo coherente y agresivo, lo que le hacía superar a su gran rival de la época, tan aparatosa como ella: Christel Goltz.

Como la vengativa hija de Agamenón (con varios y apreciadísimos legados discográficos también, de Salzburgo a Nueva York, en los finales de los pasados 50), la estatura que la Borkh daba al personaje no empalidecía ante su competidora, entonces más aparatosa: Birgit Nillson, apenas un año menor. Todo lo contrario: la alemana resultaba más imponente, arrebatada y escalofriante que la sueca,  generosamente dotada pero de modales controladamente más precisos. 

Aunque straussiana, fue asimismo una mujer de Barak de especial y genuino relieve (escúchese un testimonio audio de 1963 junto a otras dos pesos pesados, Ingrid Bjoner y Martha Modl). Pulsó otros territorios, como la Magda Sorel de Menotti, (al que llegó por sus imperativos actorales), Eglantine de Weber, la Leonore beethoveniana, la Clitemnestra gluckiana, Antigona de Carl Orff, Mona Lisa de Schillings y algún otro personaje más, la mayoría dotados de una personalidad y una presencia de inequívoco valor dramático. Esa voz no podía encajarse en otro tipo de entidades líricas. Y así lo entendió Werner Egk cuando le encomendó el papel de Cathleen en Una leyenda irlandesa, que ella estrenó en Salzburgo en 1955 al aldo de Kurt Böhme, Glottob Frick, Walter Berry, Klose, Kmentt o un maduro Max Lorenz. Ella no podía codearse con menos. 

Dentro del repertorio italiano destacó, claro está, aparte de sus esporádicas Tosca, como una Lady Macbeth más ostentosa que sutil, pero de incalculable efectividad vocal y escénica, además de una impensable y atrevida (Callas dominaba entonces el cotarro) Medea cherubiniana. Como su más famosa rival Callas, Borkh llevaba el personaje (otro más de una colección de fuertes heroínas griegas) al mundo romántico, limándolo acertadamente de sus lógicas raíces clásicas.

Sin embargo, es obligado pensar que el personaje que mayor difusión le ha dado a Borkh el de la Turandot pucciniana, gracias a la grabación de estudio realizada en 1955 para Decca junto a las dos estrellas de la casa: Tebaldi y Del Monaco. La primera grabación oficial de la obra, tres décadas después de su estreno, ya que la de Franco Ghione de la RAI turinesa de 1937 no merece en esencia tal clasificación. 

La interpretación de Turandot por parte de Borkh superó los a veces estrechos límites del mundo operístico. En 2000 Jochen Hick realizó un filme, No one sleeps (Que nadie duerma, o sea, el Nessun dorma del Calaf pucciniano), donde la base musical del mismo es esa grabación de Decca de la partitura pucciniana, ya que la trama (un espléndido thriller de temática gay relacionado con el SIDA) gira en torno a una representación de la obra en la Ópera de San Francisco. Uno de sus protagonistas, enfermo terminal, no tiene escrúpulos en afirmar que la mejor intérprete de la gélida princesa china es Borkh, pasando sus últimos momentos de vida en la cama escuchándola

Borkh, cuyo nombre real era el de Ingeborg Simon, se había despedido de la escena en 1988 en la Ópera de Baviera, un escenario que había sabido de alguna de sus mejores prestaciones. Estuvo casada con un barítono, Alexander Welitsch, con quien dejó grabada en vivo su Eglantine del Maggio Musicale Fiorentino de 1955 (una Euryante exitosísima que dirigiera Giulini). Junto a su cónyuge (como Don Fernando), Borkh participó en lo que al parecer fue su única actuación española: Leonore de Fidelio, en enero de 1953, en el Liceu barcelonés.