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NECROLÓGICA: Adiós a Nicolai Gedda, el tenor omnímodo


Fernando Fraga

Hace unos pocos años circuló por las llamadas redes sociales la noticia de que había fallecido Nicolai Gedda. La provecta edad del tenor, retirado ya pero que hasta hacía poco aún se le podía escuchar ocasionalmente en activo (en 2001 cantaba Altoum de Turandot junto a Alessandra Mark en la Radio Danesa), daba lógico pábulo a creer tan luctuoso suceso. Tuvo su hija que aclarar el malentendido (involuntario o no), la misma que ahora acaba de oficializar su fallecimiento, ocurrido el pasado 8 de enero. 

Nacido sueco en Estocolmo el 11 de julio de 1925 de una madre de esa nacionalidad y de un padre ruso fue de éste, director de coros,  de quien recibió las primeras nociones musicales, comenzando a cantar en la iglesia con apenas cinco años.

Haciendo compatibles sus estudios de filosofía e historia con el aprendizaje de varios idiomas (francés, inglés, alemán y hasta latín, hablaba tres más), a los dieciocho años con el cambio de voz de la adolescencia a la madurez, fue un cliente melómano del banco en el que trabajaba quien, al escucharle,  le animó a dedicarse profesionalmente al canto.

Christine Nilsson, una de las sopranos-ruiseñores que tanto abundaron en del siglo XIX, había dado nombre a un concurso de canto que, ganado, por Gedda en 1950, le permitió inscribiré en el Conservatorio Nacional. Pero Gedda siempre afirmó que todo lo que había aprendido se debía a una profesora con la que trabajó posteriormente en Nueva York, Paolo Novikova; otro célebre alumno suyo fue George London, a menudo Don Giovanni al lado del Don Ottavio de Gedda.

Con su preparación, su inteligencia y su imaginación musicales, además de la voz ya completamente "hecha", a los dos años ya debutaba en 1952, en la Ópera Real de Estocolmo con el difícil papel de Chapelou en El postillón de Lonjumeau de Adolphe Adam. Típica operita cómico-sentimental a la francesa, el joven Gedda ya demostró dos cualidades de su personalidad: elegancia y musicalidad en el canto y un registro agudo sorprendente. Esas dos constantes cimentarían su posterior carrera, más su increíble facilidad idiomática.

Antes le había escuchado el productor Walter Legge (para quien había cantado el aria de la flor de Carmen), ofreciéndole de inmediato el papel del falso Dimitri en una grabación de Boris Godunov de Mussorgsky interpretada en sus tres partes de bajo por el imponente Boris Christoff. Le supuso su despeje internacional y el comienzo de una infinidad de visitas a los estudios de grabación, sobre todo, de EMI donde logró sumar un corpus discográfico que hubo de esperar la llegada de Plácido Domingo para ser igualado (y superado, claro está).

Cantó o grabó ópera francesa donde destacó sobremanera (Janine Reiss adoraba cómo cantaba en francés): Vincent, Roméo y Faust de Gounod, el mismo y complicado Faust de Berlioz, su Cellini y el agobiante Eneas (que cantó a tono), un refinado Gerald de Delibes, Nadir de Bizet y su más exigido don José, el Julien de Charpentier, el Fra Diavolo de Auber, el Príncipe encantado y Werther y Des Grieux (ambos extraordinarios) de Massenet, los poco pulsados George Brown de Adam y Ratan-Sen de Roussell, Pelléas de Debussy, el Hoffmann de Offenbach…. Todas estas interpretaciones merecieron (y merecen) ser tomadas como modelos por intérpretes sucesivos. De este repertorio francés cantó también, con sobresaliente provecho, los meyerbeerianos Jean de Leyden y Raoul de Nangis, cuando pocos se atrevían con ellos.

Pero también asumió todo el repertorio romántico italiano, del bel canto al verismo: el Bellini más arduo de Puritani (sin evitar el fa sobreagudo de Rubini), Donizetti, el Verdi lírico y algún spinto, Puccini, llegando a cantar, aparte del popularísimo Almaviva dos Rossinis novedosos para la época, el cómico Narciso del Turco y el heroico Arnold del Tell. De este confesó que se había arrepentido de cantarlo, pero quien escuche su grabación en vivo en Florencia con Muti en 1972, seguro que se lo agradece. 

Y claro está fue Vademont en la Iolantha de Chaikovsky y a más de un exquisito Lensky y un atormentado Hermann,  un maduro Anatol en Guerra y paz de Prokofiev, el machista Sergey de Shostakovitch y, especialmente, el agudísimo Sobinin de Una vida por el zar. Incluso se atrevió con Dalibor de Smetana dirigido por la Queler en la Opera de Nueva York en 1977.

En territorio alemán pasó de los compositores románticos algo ligeros como Lortzing o Marschner al gran Weber del Cazador, Oberon y de Euryanthe, con algún héroe wagneriano fugazmente en escena (Lohengrin) dejando el resto fragmentariamente en recital. Destacó en dos personajes post-wagnerianos, como Palestrina de Pfittzner (que llegó a cantar con 72 años en Covent Garden con Christian Thielemann) o Flamand  y Matteo de Strauss que le iban como hechos a medida.

También cantó cosas del XVIII, como la operita de Rousseau Le devin du village, y a Haydn, Mozart y Gluck y algún compositor sueco como el Naumann (Gustaf Wassa de 1786) o de un compositor posterior de la vecina Finlandia: Daniel Hjort de Palmgren. Del salzburgués se convirtieron en referencias todos sus personajes: de Tamino a Ferrando, de Belmonte a Idomeneo y Tito.

Y no dejó de lado la ópera contemporánea: en 1958 creo Anatol en la atractivísima (merecería ser conocida en España) Vanessa de Samuel Barber. También cantó Edipo de Enescu y Edipo rey de Stravinsky. Y estrenó Horace de Die Schule der Frauen de Liebermann en 1957. De Bernstein cantó Candide.

Partes que no llegó a cantar completas en escena las ofreció parcialmente en recitales. Como cantante de opereta dejó un sinfín de registros para el sello que durante un tiempo dirigió con tanta astucia y probidad Walter de Legge. Gedda tenía una disposición especial para estos sofisticados personajes que resolvía con una singular y atractiva soltura musical y canoramente. No dejó de lado el repertorio religioso, con interpretaciones destacadas de obras de Mozart, Bach, Verdi o Elgar de El sueño de Gerontio

Como no hubo repertorio que se le resistiera y su capacidad de trabajo era inmensa y su memoria y disposición para la música excepcionales, Gedda también fue un espléndido cantante de cámara, cantando en italiano, francés, ruso, alemán desde luego, español o sueco. En uno de las primeras sesiones de los Ciclos de Lied que aún vienen desarrollándose en el Teatro de la Zarzuela, él y Victoria de los Ángeles, ya maduros, engalanaron con su presencia una velada inolvidable donde el público les recibió con un cariño muy merecido. Antes se le había escuchado en el Real cuando todavía no había recuperado el teatro su calidad de recinto operístico. 

Con referencia únicamente a las sopranos que fueron sus compañeras, la lista es deslumbrante y cubre más de dos generaciones: Callas, Victoria de los Ángeles (con cuyo arte cuadraba tan bien el suyo), Schwarzkopf, Sutherland, Freni, Janine Micheau, Tomowa-Sintow, la Gueden, Helen Donath, la Sills, Teresa Kubiak, Scotto, la Harper, Jurinac, Rothenberger, Eileen Farrell, Reri Grist, Enriqueta Tarrés (la gran olvidada y notable soprano española), la Devia y La Marton, Caballé, Te Kanawa, Deutekom, Cotrubas, Olivia Stapp,  Jessye Norman, Stich-Randall, la Vishnevskaya, Mesplé, Edda Moser, Gianna d’Angelo, Birgit Nilsson, Ruth Ziesack, Reri Grist, Erika Köth, Gundula Janowitz, Eleanor Steber, la Eda-Pierre, Anna Moffo, Edith Mathis…¡Sencillamente impresionante! A muchas de ellas las sobrevivió.

La carrera de Gedda no tuvo límites, pues, salvo los impuestos por el paso del tiempo y la edad. El timbre vocal de Gedda no era italiano y su voz sonaba a veces con colorido algo seco y mate, pero de inmediato reconocible. Esa especie de indefinida cualidad instrumental hacía que encajara menos evidentemente que la de las voces estrictamente mediterráneas en sus respectivas y a veces ambiguas o discutibles calificaciones. Era la inteligencia del cantante y la imaginación del artista, con un fraseo cuidadoso y atento, cristalina dicción, legato y articulación prácticamente perfectos, la que obraba el milagro de un canto que encontraba luego en el escenario su justa correspondencia ya que el actor realzaba con su presencia agradable y una forma de movimientos desenvuelta, comunicativa y nunca descabellada. Medía además 1’80 de estatura rompiendo bastante el estereotipo del tenor bajito, cabezón y cuellicorto.  

En años posteriores a su época de esplendor, a partir de los pasados años setenta, cayó en algunos feísmos o manierismos pero sólo intermitentemente afeaban un canto siempre pulido y acrisolado.  

La excelencia de su técnica está avalada por la cantidad de repertorio que pudo sacar adelante con provecho y satisfacción y por la duración de una carrera, insólita para la voz de tenor que no suele ser permitir tanta duración, por motivos morfológicos o estructurales, como la de un barítono o un bajo. 

Igor Markevitch dijo de él que era "el príncipe de los tenores". Gedda se consideraba un artista que mezclaba cualidades eslavas, con las nórdicas y añadía un toque meridional. 

El tenor en sus memorias habla con enorme respeto de Victoria de los Ángeles, y no muy bien de Herbert von Karajan. De Callas dijo que fue la última gran cantante-actriz. Gedda era muy aficionado a la pintura y a la escultura y, como dato curioso, le encantaba visitar zoológicos ya que adoraba los animales.