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My Funny Valentine




PorLuis Suñén - Publicado el 13 Mayo 2013

My Funny Valentine

Hoy hace 25 años que murió Chet Baker. Se tiró por una ventana del hotel Prins Hendrik de Amsterdam, hasta arriba de cocaína, de heroína, con los dientes tan  machacados de una paliza que debió hacerse una embocadura especial para su trompeta. El, Chet Baker, la trompeta del cool, de Pacific Jazz, la trompeta de la balada en el límite de una belleza que abandona la transgresión posible para cruzar –y volver de allí- la frontera de una cierta facilidad para la que estaba estupendamente dotado. Y su voz. Sinatra, Frederica von Stade –que hace unos estándares a los que siempre acaba uno por volver- y Chet Baker fueron los mejores cantando My Funny Valentine –de Rodgers y Hart, claro, ya lo sabemos, pero hay que respetar los títulos de crédito-, una de las mejores canciones de la historia de la humanidad. Lo que pasa es que con Baker es como si nos quedara por el camino lo que a esa canción se le pudiera dar de más. Era la suya la perfecta My Funny Valentine pero uno hubiera querido que Baker hiciera con ella lo que Coltrane con My Favorite Things, es decir, la obsesión melódica de su vida como músico: nunca tan poco dio para tanto, nunca una melodía de tal simplicidad movió a un genio semejante. Pero era imposible porque el santo John estaba ya en la otra orilla cuando se va a su Africa primigenia y mete allí la cancioncilla y la deconstruye y la destroza y la vuelve a armar como un modelo imposible en el que el origen y el cauce se confunden para entenderse. Quedémonos hoy, mientras muere el día de su cuarto de siglo después de muerto, con este Chet Baker sufrido y vapuleado, artista exquisito y atolondrado ser humano al que nunca agradeceremos lo suficiente haber vivido como lo hizo.