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Miguel Roa



Miguel Roa

El 7 de abril, Miguel Roa cumplirá 70 años y los Teatros del Canal han querido adelantarle el regalo a este director de orquesta madrileño, con tres funciones de uno de los espectáculos creados por él junto a la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid (ORCAM), donde ha encontrado perfecta sintonía en aplaudidas producciones. Todas, a mayor gloria de esa zarzuela a la que Roa —Premio Federico Romero a la Mejor Trayectoria como Director Musical en el Género Lírico— ha permanecido fiel, desoyendo tentadores cantos de sirena desde orquestas y teatros. Afable, divertido, Miguel Roa, en quien algunos han querido ver al sucesor de Argenta en el territorio lírico español, está lleno de anécdotas y recuerdos acumulados en el medio siglo transcurrido desde que bajó por vez primera al foso de un teatro. Poseedor del Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid en la modalidad de música, al recordar su infancia felliniana en el Colegio de San Ildefonso, se le alegran esos ojos, que se empañan evocando a los que se le fueron: amigos como Rafael Azcona —con quien compartía tertulia y sentido del humor— o su hermano Teodoro, que se fue en un vuelo sin regreso junto a Rodríguez de la Fuente.

Aunque siempre le hemos visto rodeado de cantantes, lo cierto es que posee una formación sinfónica poco convencional, complementando sus estudios de Madrid en Roma, Bélgica e Illinois. ¿Contaba con tradición familiar?

No precisamente. Me vino todo por pura casualidad. Mi familia adoptó la decisión de enviarme a estudiar fuera al ver que aquí no se estaba haciendo nada.

¿Se formó en algún instrumento o se lanzó como primera idea sobre la dirección?

Me formé en violín, que empecé estudiando en el Conservatorio de Madrid con Yvonne Canale y luego con don Antonio Piedra, violinista andaluz espléndido que, tal vez por lo duro de su carácter, tuvo muy mala suerte. Porque había sido el alumno predilecto del maestro Arbós, fundador de la Sinfónica
de Madrid.

¿De quien aprendió más?

He trabajado con bastantes músicos, pero de quien más jugo saqué fue de Igor Markevich cuando dirigía la Orquesta de la RTVE y le dio por grabar zarzuelas. Yo era su monaguillo, junto con Narcis Bonet, un compositor catalán de mucha categoría que en Francia fue alumno predilecto de Nadia Boulanger. Estudió dirección con ella y con Markevich, y su formación era formidable. Aunque no creo que tuviese un buen momento para venir al mundo. Más concretamente en España, porque era un separatista catalán total, y si bien hoy esas cosas parecen haberse normalizado, entonces no lo estaban. Fue durante algún tiempo director general técnico de la orquesta, siempre con tremenda pluriactividad.

En lo multidisciplinar sería un buen modelo a seguir por usted, tan inquieto.

No sé qué decir. Mi familia toda era inquieta. Mi padre centrado en sus negocios —unos salían bien y otros mal— y mi hermano Teodoro, cuya pasión era la fotografía, que murió en un accidente de avión en Alaska junto a Félix Rodríguez de la Fuente.

Enseguida le fascinó el canto. ¿Qué hay en una voz?

Pensando en su singularidad, recuerdo una definición que no se me había ocurrido nunca, pero que adopté nada más leerla. Dice “la voz es el único instrumento musical que, curiosamente, aun teniéndolo todo el mundo, nunca hay dos iguales”. Desconozco quien lo afirmó, pero es totalmente cierto. Somos capaces de fabricar distintos instrumentos de cuerda con el mismo número exacto de vibraciones, pero la voz humana es otra cosa.

¿Le hubiera gustado cantar?

Claro que me habría gustado. Pero me fui dando cuenta de que no tenía cualidades, porque no sólo tienes que contar con voz, impostación o conocimiento del repertorio. Comprendí que la imagen también tenía mucho valor en la profesión de cantante. Y un chico bajito como yo, no podía competir con alguien como Kraus, con ese aspecto que deslumbraba nada más salir al escenario… Como siempre me había gustado, me entusiasmó la idea de cantar en coros, donde lo pasaba muy bien interpretando música de Tomás Luis de Victoria. Pero también en cuartetos, u ochotes, como hacíamos en el País Vasco.

Para entonces ya había pasado el bautismo entre unos pueri cantori muy especiales.

Los del Colegio de San Ildefonso, donde estuve entre 1953 y 1959. Era la mano derecha del Maestro Rafael Benedito, fundador de la Masa Coral de Madrid. Nuestros ídolos allí eran Carlos Pascual de Lara, el hijo del director, que había ganado el concurso para pintar los frescos del Real pero, sobre todo, el profesor de esgrima, don Afrodisio Aparicio, que nos fascinaba porque corrió la voz entre los alumnos de que había sido excomulgado por matar en duelo real a un príncipe italiano. Parecíamos marinos, vestidos de gala con el escudo del Ayuntamiento y gorra militar, además de camisa de frac y lazo negro…

Incluso cantó un Gordo navideño.

En 1956. El 15640: el único gordo de la historia que se volvió a repetir en un sorteo de Navidad, cuando salió en 1978. Cantábamos todos los sorteos del año: cuatro al mes, por cada uno de los cuales la Dirección General de Loterías nos ingresaba 15 pesetas en una cartilla de la Caja de Ahorros, aparte de lo que aportaban como regalo los ganadores. Así que en 1959 había allí 175.000 pesetas, que administró mi madre, capaz de sacar cinco rodajas de un salchichón siguiendo la referencia de un grano de pimienta. Aquello me vino estupendamente para mis estudios. (...)

Juan Antonio Llorente
(Comienzo de la entrevista publicada en el nº 294 de Scherzo, marzo 2014)

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