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Mestizajes



Mestizajes

Unas relaciones musicales no tan peligrosas

El presente dosier habla de músicas de ida y vuelta, de músicas que van y vienen, que nacen en un territorio y se mueven a otro para quedarse unas sin renunciar a sus principios, para fundirse o para irse otras porque ya sirvieron para lo que querían. La historia de la música, de las músicas, pues, sabe mucho de estas distinciones que cuando parecen diluirse hacen pensar a los teóricos de cada materia que la decadencia está cerca —si tienden al pesimismo— o que al fin empezamos a considerarnos hijos de una misma historia, si lo que les caracteriza es el entusiasmo. Así, en la música popular ha bebido la clásica desde que se alejara de los palacios y las cortes en las que entró —hoy la consideramos en su doble vertiente, culta y popular, quizá por el mero hecho del paso del tiempo— tras servir de diversión  en castillos y plazas. Y con especial engolfamiento en la época romántica y en el sucesivo advenimiento de las corrientes nacionalistas, más o menos idealizadoras de lo anónimo y de lo arreglado, del puro folclore a las recopilaciones cultas y sus correspondientes armonizaciones. En nuestro tiempo, Falla, Bartók y Kodály son epítomes y cúlmenes a la vez de ese interés por lo popular que se hace culto sin perderse, que se esencializa porque aspira a perdurar también en las salas de concierto que no se hicieron para ello sino para su contrario sociológico.  Angelo Pantaleoni, experto en las relaciones no ya entre lo popular y lo culto sino entre las diversas manifestaciones de lo popular, en lo que podríamos llamar folclore comparado, parte de Gramsci, en un ejercicio especialmente interesante hoy, cuando parece que el movimiento que lleva de lo popular a lo culto cambia de paradigma, para resumir el estado de la cuestión y renovar nuestra visión del mismo.

Y es que hoy lo popular es otra cosa, como convienen muchos teóricos de la cuestión y prueba la experiencia. Lo que llamamos en expresión no totalmente abarcadora pero sí suficientemente definitoria, el rock, se ha establecido como la nueva forma de expresión de los pueblos civilizados y de sus correspondientes generaciones que han ingresado a través de aquella música en una modernidad compartida. Y, como no podía se de otra manera, se ha colado en la clásica poco a poco y mucho más allá de aquella moda efímera y poco memorable en general de la ópera rock o del llamado rock sinfónico, que no acababa de enriquecer ni un género ni el otro. Sin embargo, el mismo rock se ha hecho clásico en función de una calidad, de una inspiración diríamos también, que lo ha hecho digno no ya de respeto sino hasta de inspiración o de imitación en determinados compositores norteamericanos y británicos sobre todo. Jesús Gonzalo ejemplifica en su artículo esta relación con alguien a quien la separación de los géneros le traía más bien sin cuidado por la sencilla razón de que lo suyo era hacer música, y una música lo suficientemente fronteriza como para ser amada u odiada desde ambos lados de la barrera: Franz Zappa, sin duda el genio más influyente de la historia del rock en el conjunto de la música de nuestro tiempo.

Por su parte, el jazz ha sido probablemente el género que más ha luchado por un reconocimiento por parte del mundo de la clásica que, en el fondo, no necesitaba, pues su realidad se ha hecho lo suficientemente poderosa como industria, como comunicación y como arte sin necesitar una homologación que le llegue de quien no lo comprende —por ejemplo el mismo Boulez que sí comprendió a Zappa. La música clásica del primer tercio del siglo acudió a un jazz al que generalmente edulcoró porque era más adorno, hasta cierto punto exótico, que verdadera asimilación. Esa no ha llegado nunca aunque si lo haya hecho la paráfrasis por parte del jazz y la consideración por parte del oyente de clásica de que el jazz es también virtuosismo instrumental y, sobre todo, creación improvisadora imposible de llevar a cabo sin una técnica similar a sus grandes ídolos. De ese permanente desamor que no es tal sino más bien exceso de potencia por ambas partes, afirmación de un lenguaje propio y autosuficiente, nos habla Pablo Sanz mientras nos sugiere ejemplos de las diversas intentonas y su recepción en uno u otro bando.

 

Artículos que componen este dosier:

Reflexiones sobre el influjo de la música popular en la música clásica. Por Angelo Pantaleoni

Frank Zappa: Contracultura y contemporaneidad. Por Jesús Gonzalo

Jazz y música clásica: La diferencia que une. Por Pablo Sanz

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