Ud. está aquíInicio / Bitácoras / Blas Matamoro / Madame Butterfly, una canción de protesta

Madame Butterfly, una canción de protesta




PorBlas Matamoro - Publicado el 08 Abril 2016

Madame Butterfly, una canción de protesta

Tras la verdiana Traviata, la pucciniana Madame Butterfly puede ser leída rápidamente como el enésimo ejemplo que cierto teatro tradicional nos ofrece de la también tradicional y tópica imagen de la mujer. En efecto, tanto la Dama de las Camelias, triunfadora en los salones de París, como la frágil Cio-Cio-San, cantante callejera en los suburbios de Nagasaki, son el paradigma de la mujer que llega a ser sublime si se sacrifica a favor de un hombre y, más ampliamente, sometiéndose a la moral de una sociedad de dominante masculino.

La adolescente japonesa se enamora de un varón que no conoce, una criatura de su imaginación que le permita superar, enmascarándola, a su familia, que la ha alquilado junto con un agente matrimonial más bien rufianesco, todo para salir de una situación económica difícil. La niña es repudiada por convertirse en cristiana, abandonada por su marido americano, finalmente despojada de su hijo y empujada al suicidio. Todos se arrepienten tardíamente y Puccini arropa a su criatura con la mejor música de que es capaz.

Así las cosas, la obra aparece como un apotegma machista. La mujer no es nada si no la domina un varón, para el caso un yanqui prepotente y mujeriego, secundado por un cónsul bonachón pero que nada hace por salvar a la muchacha de su miseria moral y material. El dominio la lleva al sacrificio y el sacrificio le da entidad y la torna ejemplar. Es la doncella elegida de algún antiguo rito. En su destrucción está su ser. De otra forma, no sería nada. He allí su tremenda paradoja.

Pero toda obra de arte es suficientemente ambigua como para soportar lecturas encontradas. Y así vemos, tanto en Verdi como en Puccini, la honda indecencia de una sociedad que se considera a sí misma defensora de instituciones tan decentes como la familia, la religión, la marina de guerra norteamericana y la raza blanca. Es una sociedad sórdida, mezquina, capaz de tratar a unos seres humanos como mercancías canjeables y vendibles.

Los Estados Unidos tampoco salen bien parados de esta fábula. Puccini lo sugiere irónicamente cuando hace sonar unos compases de su himno nacional mientras Pinkerton se proclama yanqui vagabundo y conquistador. Se burla de las leyes matrimoniales japonesas y deja embarazada y menesterosa a una chiquilla que sólo habita su delirante leyenda de amor. Ya sabemos que el amor es, a menudo, una delirante leyenda y la ópera no se cansa de mostrarlo en todos los idiomas y sistemas tonales y atonales de la música. Pero ese es otro tema y el de estas líneas es revelar bajo el melodrama sentimental y verista, una canción de protesta a favor del maltrato a la mujer que, cabe decirlo, es siempre la figura central del mundo pucciniano: Tosca, Butterfly, Liu, Suor Angelica, suicidas egregias que suman sus patéticos finales a las agonías de Mimí y de Manon. Menos mal que chica del Oeste y la altiva Turandot acaban bien sus historias, como para compensar y diseñar para la mujer un futuro distinto.

Blas Matamoro