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Música e ideas



Música e ideas

La cancelación por parte de la Orquesta Sinfónica de Toronto, en su temporada de abono, de la actuación de la pianista rusa Valentina Lisitsa por haberse situado en las redes sociales —sus vídeos en YouTube han alcanzado los 43 millones de visitas— a favor de la postura rusa en Ucrania vuelve a poner de manifiesto el problema del alineamiento político del artista considerado como algo que afecta más o menos profundamente a su desempeño profesional. El más o el menos dependerá, de seguir el razonamiento de quienes decidieron que no actuara, con lo que su opinión abarque, desde cuestiones menores hasta otras de gravedad contrastada. ¿Son iguales las relaciones del arte con la ideología que la de los artistas con la política? ¿Hay que pedirles a los músicos que para hacer un buen Beethoven sean al mismo tiempo virtuosos de la conducta social y seguidores aquilatados de lo políticamente correcto? ¿Qué papel juega aquí la libertad de expresión antes, durante y después del concierto? Lisitsa es partidaria, como tantos de sus compatriotas, de la intervención rusa por lo que, a su vez, y al contrario que la mayor parte de la opinión pública, se opone al gobierno de Ucrania. Al parecer, un importante patrón de la orquesta de Toronto, de origen ucraniano, se opuso a que Lisitsa tocara, la orquesta aceptó la imposición y sin explicarle el por qué, llamó como sustituto a Steven Goodyear quien, de la noche a la mañana, apareció como un enemigo de la libertad de expresión. Finalmente, la administración de la orquesta dejó claro que la pianista —que cobró lo que se le ofrecía en el contrato— había sido sustituida a causa de la gravedad de sus opiniones. La verdad es que Lisitsa fue muy lejos, aunque más lo hicieron algunos de sus comentaristas, apelando a razones como que los medios de comunicación “occidentales” están en manos de los judíos.

Se trata, pues, de libertad de expresión pero también de límites que no se deben traspasar porque ya sabemos lo que sucede cuando se traspasan, de acusaciones que han llevado a Europa al desastre más de una vez, de una guerra fría que trata de mantener regímenes corruptos, de demasiadas cosas que, sin embargo, son asumidas, analizadas y expresadas desde la libertad sin la que no seríamos lo que somos. Que alguien asuma sobre sus hombros la responsabilidad de opinar de un modo y no de otro, ¿lo inhabilita para expresar su arte? ¿La Sinfónica de Toronto ejerce el derecho de uno de sus patronos a no sentirse insultado o ataca el de su contratada para tocar Rachmaninov según un contrato en el que no se habla de sus opiniones? ¿Es mejor el silencio de Dudamel o la torrencialidad de Lisitsa? La relación entre el artista y sus convicciones, entre lo que hace con la música y lo que piensa de la realidad puede ser vista, al mismo tiempo, desde lo sutil y lo grosero. No olvidemos tampoco que la música no es la literatura. Que una cosa es expresar —aunque sea genialmente— un pensamiento abyecto que como tal queda aunque sea hermosamente escrito y otra traducir el lenguaje musical desde una ideología o una opinión, sin más, que consideramos errónea. La literatura habla en ese aspecto con claridad diáfana. La música es otra cosa. ¿Pensamos en las opiniones del artista mientras nos seduce con su música? ¿Se lo perdonamos? Y si apoyamos la libertad de expresión, ¿haríamos lo mismo si esas ideas se refirieran a quienes son nuestros enemigos declarados? Es verdad que nada es lo mismo después de Auschwitz y que la línea roja está muy claramente establecida ahí. Pero, ¿dónde está aquella por la cual cada uno de nosotros daría la vida porque el otro, los otros, los enemigos, pudiera hablar libremente?

No se trata de dar respuestas pero sí de reflexionar un poco ante las relaciones del arte y, más que las ideas, la política real, los actos consuetudinarios que acontecen en la rúa, que diría Juan de Mairena, por mucho que esa rúa sea ya bien global. Y hay métodos. Cuando la pasada temporada Rozhdestvenski estrenaba en Rusia Muerte en Venecia de Britten en medio de la persecución a los homosexuales estaba dando testimonio no ya de la libertad de expresión sino de la libertad misma en un país en el que se suprime una representación de Tannhäuser porque puede dañar la sensibilidad de la Iglesia Ortodoxa Rusa —ah, las sensibilidades que se respetan y las que dan igual. La política estuvo siempre en el arte. Pero una cosa es la política y otra la dignidad, la libertad, el respeto al otro. Y ahí es donde están los límites.

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