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Música, armonía y naturaleza




PorBlas Matamoro - Publicado el 27 Marzo 2017

Música, armonía y naturaleza

Jorge Wagensberg, inteligente, documentado y certero como siempre, escribe acerca de las relaciones naturales entre resonancia y tonalidad (El País, “La música en aforismos”). En efecto, si se hace vibrar un cuerpo cualquiera, suenan los múltiplos de la frecuencia fundamental, lo que se llama acorde perfecto de modo mayor. De ahí extrae Wagensberg la conclusión de que hay una “armonía” y un “goce innato” por la música tonal. Como ejemplo cita el mal humor del bebé cuando oye música dodecafónica, similar a cuando se le ofrece una bebida o una comida de sabor amargo. Añado por mi cuenta que algunos especialistas neonatólogos han comprobado que si durante el embarazo la madre canta en modo mayor —el acorde natural de Wagensberg— el feto parece complacerse, en tanto semeja fastidiarse y angustiarse si canta en modo menor.

El asunto no es trivial porque se sitúa en el fundamento del placer que proporciona la música, las combinaciones de sonidos que los tratados clásicos consideran legítimas o ilegítimas, autorizadas o prohibidas. Más ampliamente, la pregunta del caso: ¿hay una música naturalmente placentera y el resto exige que se forme una cultura musical para ser gustada? ¿Hay una armonía natural y otra cultural, que iría contra la naturalidad buscando construir una suerte de segunda naturaleza?

Si la respuesta es histórica, lo que se advierte es que la deriva de la música desde que contamos con documentos escritos —la Europa bajomedieval— se encamina desde la sencillez armónica hacia su complejidad, desde cláusulas muy breves con contados intervalos y continuas cadencias resolutivas, hacia un fraseo más amplio y una más ancha utilización de las tesituras. Nada digamos del enriquecimiento en materia instrumental.

Con todo subsiste, en el fondo, la cuestión de una posible empatía natural con la música de la tonalidad, paralela al rechazo o la reticencia ante lo contrario. Aún más: la tonalidad exige la división de la escala en semitonos, de modo que saldrían del juego musical todos los experimentos microtonales, los sonidos indeterminados y hasta los ruidos. Si se juzga lo ocurrido desde el ángulo del público, cabe comprobar que las músicas que podríamos denominar, ampliamente, como postonales siguen ahuyentando a cierta parte de los aficionados y hasta a ciertos sectores de los especialistas. ¿Rebelión de nuestra íntima naturaleza o falta de acostumbramiento cultural? Si volvemos a la memoria histórica daremos con obras que hoy aceptamos por resultarnos deleitables y que, en su momento, chocaron escandalosamente con el gusto dominante. Como siempre, el tiempo lo dirá, si es que se digna decir algo.

Blas Matamoro