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Lucha canaria



Lucha canaria

Tras el verano, los festivales españoles más importantes hacen su balance de actividad y ocupación, preocupados ya en la continuidad que solo garantizarán patrocinadores y autoridades, estas cada vez menos fáciles de convencer de los valores de la cultura como gestión de lo público. Afortunadamente, este año los festivales han hecho un balance positivo o muy positivo de su actividad, recalcando la buena asistencia de público, argumento fundamental sin el cual parece difícil su defensa. De ellos hay que resaltar, sin duda, la recuperación del hace bien poco moribundo Festival Internacional de Santander, revivido con esfuerzo ímprobo en la gestión económica y artística por el nuevo equipo responsable que se hizo cargo de él en 2013. De otra parte, es verdad, que a veces estos festivales se parecen demasiado entre ellos o repiten esa oferta que funciona —lo que hacen, es verdad, con más medios en otros festivales euro-peos, Verbier a la cabeza en eso— perdiendo tal vez la oportunidad de diferenciarse un poco más. Pero ya se sabe que en tiempos de tribulación mejor no hacer mudanza.

Quien sí la ha hecho, y de qué manera, es el Festival de Música de Canarias, que antes del verano anunciaba, sin demasiado ruido fuera de las islas, el cese de Candelaria Rodríguez y el nombramiento de Nino Díaz como director interino hasta que se convoque un concurso al que, con lo que se ha ido conociendo del asunto, no parece que vaya a llegar una avalancha de solicitudes por parte de gestores con ganas de trabajar sin imposiciones. Y sin dinero —en todo el sentido de la palabra si se tiene en cuenta lo que ganaba Rodríguez—. La trayectoria del Festival ha ido lamentablemente a menos de la mano de una crisis que obligó a su última directora a bajar su presupuesto de 7 a 1,3 millones de euros. Si consideramos que contratar a la Orquesta Sinfónica de Chicago para el trigésimo aniversario de su fundación costo novecientos mil, nos haremos una idea de lo que las cifras significan y de cómo ir a por los americanos era jugársela. 

De los grandes fastos de la época de Rafael Nebot, en la que el Festival alcanzó una extraordinaria categoría artística mantenida luego a buen nivel por Juan Mendoza y perdida por mor de la crisis en los últimos años —Muti fue un maravilloso fuego artificial, pero solo eso— se ha pasado a una programación en la que el protagonismo corre a cargo de las orquestas canarias —a las que los aficionados pueden ver en temporada—, la Orquesta de Cámara de Europa y la Mozarteum de Salzburgo, es decir, nada que no pueda verse por ahí, y se recalca la presencia de intérpretes y creadores canarios como si el Festival y no la programación habitual fuera su lugar más adecuado. Es fácil colegir que esa programación no desatará precisamente el entusiasmo de los habituales a un festival —muchos de ellos residentes extranjeros en las islas con un aceptable poder adquisitivo— que necesita vender entradas ni tampoco el de los que no irían en ningún caso —ya ha aparecido la coartada perfecta de que eso es para los señoritos y que lo que hace falta son otras cosas—. Y es que el amor a la música no se enseña en un festival sino en la escuela. Una vez más, la ideología del porqué de una actividad rompedora de lo hecho aparece cogida con alfileres, tal vez cuando, dado el estado de postración en que se encontraba, paradójicamente hubiera sido más fácil hacerse cargo de la cuestión sin llamar la atención y preparar una transición decente a quien venga. Pero para plantear eso hay que tener un aplomo especial que no debe ser fácil a la vista de la mucha bronca que hay siempre en la música isleña.  Así que, probablemente sin querer, el Festival de Canarias se ha convertido, tras tocar fondo, en el banco de pruebas de lo que los cambios políticos pueden significar en la cultura. Quién lo iba a decir en aquellos buenos, viejos tiempos cuando Carlos Kleiber iba por allí.

Editorial publicado en la revista Scherzo nº 322, de octubre de 2016.

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