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Los Premios Nacionales



Los Premios Nacionales

Aceptar o no un premio, sea cual sea de entre los que no requieren presentación previa, otorgado por quien lo otorgue, corresponde, no faltaba más, a la libertad del premiado. No vamos, pues, a decir si ha hecho bien o mal Jordi Savall no aceptando el Nacional de Música 2014, pues tampoco tendría demasiado sentido. Dicho lo cual, también habría que señalar que entre la esencia y la cáscara del galardón hay diferencias bien visibles, tanto como para que la tendencia inaugurada a que el ganador se sienta culpable si lo acepta —por haberlo recibido de unas manos que otro consideró indignas— resulte manifiestamente injusta, además, de como siempre entre nosotros, fuente de hipocresía por parte de aquellos aspirantes a no ganarlo nunca.

Habría que empezar considerando que el Premio Nacional de Música lo concede el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes desde su condición de mediador entre los ciudadanos y el Gobierno a través de un jurado que los representa a aquéllos vía instituciones independientes o a título de la propia capacidad individual. Así ha sido desde siempre —lo instituye la Monarquía, lo prosigue la República, hace lo propio el franquismo y encuentra en la restauración democrática su actual organización. Que deba o no existir —como el resto de los Premios Nacionales— tal y como funciona en la actualidad, cambiar de formato o desaparecer es otra cuestión a la que quizá conviniera ponerle el cascabel. El caso es que ha sido ganado por jóvenes creadores o intérpretes que encontraban así un espaldarazo a su obra, por otros a los que a las puertas de la madurez se les otorgaba un reconocimiento necesario para seguir creciendo y, finalmente, por unos cuantos en los que se premiaba una trayectoria de muchos años de trabajo excepcional recibiendo, por parte de la sociedad a la que han aportado su esfuerzo, un reconocimiento oficial. Aceptarlo no supone rendirse a una política educativa y cultural manifiestamente mejorable sino recibir el agradecimiento de quienes han disfrutado de su arte. Y, además, evita caracterizar a los demás ganadores de premios nacionales en distintas etapas del país como paniaguados de los poderes públicos.

La capacidad de los grandes artistas como voceros de la realidad, y más cuando saben lo que supone el apoyo institucional, puede perfectamente vehicularse a través de la recepción del premio con un discurso tan crítico como deseen y la entrega de su monto a la buena causa del desarrollo de las artes maltratadas: donarlo a instituciones educativas o destinarlo a la dotación de becas para jóvenes artistas, por ejemplo. La atención se llama igual y el dinero —que tras el rechazo habría de volver a la caja del mismo ministerio al que se critica— serviría así para algo.

Hay fundaciones, academias, empresas, colegios y universidades cuyas trayectorias a lo largo de la historia no son precisamente ejemplares y, sin embargo, pocas veces quienes ganan sus concursos u obtienen sus becas se paran a pensar de dónde viene ese dinero. Más prácticos, asumen que mientras los donantes afinan su imagen quienes lo reciben pueden trabajar en cosas necesarias como son la ciencia, la literatura o la música. El rechazo del Premio Nobel por parte de Jean-Paul Sartre corresponde a un caso muy especial, a la construcción de una biografía en la que no podía darse puntada sin hilo. El personaje perdía dinero pero su ego y su leyenda crecían. Su presunto antagonista, Albert Camus, había aceptado años antes el galardón y, sin embargo, su grandeza moral no sólo no había sufrido lo más mínimo sino que hoy parece definitivamente eclipsar a Sartre a la hora de las comparaciones, y no sólo literarias. Los dos ejercieron su libertad y de los dos, por encima del gesto, queda la obra.

(Editorial de la Revista Scherzo publicado en el número 302, diciembre de 2014)

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