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Los músicos opinan



Los músicos opinan

Siempre se le ha pedido al intelectual que exprese su opinión sobre la realidad que le rodea. Y el intelectual unas veces lo ha hecho y otras no. Y cuando no, se le ha reprochado olvidando —o no— que la principal razón de su actividad es la calidad de su obra y su afán de permanencia más allá de ese mismo tiempo del que se le pide ser testigo de cargo. En los últimos tiempos esa petición de toma de partido llega al mundo de la música desde el poder —con mayor o menor, casi siempre menor, sutileza— y desde la oposición al poder. Los acontecimientos de Venezuela, por ejemplo, han hecho que algunos de los músicos venezolanos que triunfan por el mundo —la pianista Gabriela Montero, por ejemplo— se manifestaran en contra del régimen chavista y pidieran más o menos claramente al gran emblema de la cultura de su país —el director de orquesta Gustavo Dudamel— que hiciera lo propio. Dudamel, que hizo guardia ante el cadáver de Chávez, ha sorteado más o menos la cuestión, ha puesto El Sistema por encima de cualquier coyuntura política y ha dicho que, en definitiva, él es un músico que hace su trabajo. Paralelamente, artistas rusos como Valeri Gergiev, Yuri Temirkanov, Yuri Bashmet o Denis Matsuev han manifestado su apoyo a las leyes de su gobierno sobre la homosexualidad o a la actitud de éste frente a la crisis de Ucrania. Naturalmente, la reacción inmediata ha sido la de relacionar, no sin razón, los lazos que el poder ha establecido con la cultura en Rusia con una adhesión tras la que sus firmantes esperan que no se rompan. Valeri Gergiev, sobre todo, ha padecido la recriminación de los públicos hasta el punto de hacer pensar a los medios culturales si debiera o no tomar las riendas de la Filarmónica de Múnich, de la que es director designado.

En cierto modo, la realidad ha superado a estos músicos, a unos artistas a los que, en el mundo de la cultura, no siempre se les equipara con el concepto de intelectual que se tiene en la literatura o el pensamiento. Y, sin embargo, se les empieza a pedir una definición como ciudadanos en cuanto representan una clase cuyas opiniones tienen necesariamente un mayor alcance —es, a fin de cuentas, lo que sucedió durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Los hay, no lo olvidemos, que sí se manifiestan y que no sin riesgo aprovechan su situación para criticar, incluso, aquello que les da de comer, casos como el Zubin Mehta o Daniel Barenboim en lo que se refiere a determinadas políticas de un Estado de Israel en el que creen. No se trata solamente ya de opinar sobre cuestiones que, con poco tino, parecen tomarse a broma —Vasili Petrenko o el citado Temirkanov a la hora de hablar de que las mujeres no pueden ser buenas directoras de orquesta— sino de que la sociedad pide a los que encumbra que expresen su opinión sobre cuestiones más graves. Es la misma sociedad que contempla, por ejemplo, cómo el nuevo director ejecutivo y CEO de Mozilla, Brendan Eich —un profesional acreditado— debe dimitir por la presión de los usuarios en cuanto se descubre que aportó mil dólares a una campaña contra el matrimonio homosexual en California… en 2008. Imaginemos la misma presión de las mujeres que acuden a los conciertos y que no están tan dispuestas a admitir sobre la marcha que en el fondo de lo que se trata es de dirigir bien aunque se piense mal.

De la historia de la Filarmónica de Viena bajo el nazismo se ha hablado también durante los últimos meses. Una historia tan amortizada a lo que se ve que la Fundación Birgit Nilsson le ha otorgado su premio de un millón de dólares. Con la cantidad de cosas que hay por el mundo que se merecerían ese dinero porque hacen un buen trabajo. No se trata de que haya que castigar la excelencia en lugar de premiarla. Tampoco de que una institución privada no pueda hacer con su dinero lo que le dé la gana. Pero también debe arrostrar las consecuencias que para su imagen supone semejante falta de imaginación y ese seguimiento un tanto escandaloso del sistema establecido desde hace tantos años. En el otro extremo del glamour: ¿quién dirá algo sobre lo que les espera a las orquestas o los teatros de ópera turcos a la vista de la próxima aprobación en el parlamento de aquel país de la creación de una agencia estatal para la cultura que se prevé tremendamente politizada y que sustituirá las instituciones estatales por apoyos a iniciativas privadas definidas ya desde el poder como “conservadoras”? Muy lejos pero muy cerca

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