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Lo que se pierde



Lo que se pierde

Este mes hemos despedido a dos figuras fundamentales en la vida musical española del último medio siglo y algo más. Miguel Roa y Carlos Gómez Amat vivieron, desde distintos lugares, lo que fue el estado de nuestra cuestión musical en varias de sus vertientes. El primero sabiendo lo que era ganarse la vida en un oficio tan poco nuestro hasta hoy como el de director de orquesta, cumpliendo aquel dicho de Federico Sopeña de que el músico español tenía tres salidas principales: por tierra, por mar y por aire. Roa cumplió ese aserto para luego de su formación volver y trabajar en lo que le apasionaba junto a la ópera, que era la zarzuela y su teatro madrileño en el que tantas lecciones de sabiduría —y de eso tan imprescindible en este arte, que es el oficio— diera a lo largo de los años. Roa era, además, un conversador dotado de una chispa especial, un hombre con un sentido del humor que podía ir de lo tierno a lo cáustico y alguien que, como tan a menudo ocurre desgraciadamente entre nosotros, se nos fue sin habernos escrito unas memorias que hubieran sido tan deliciosas como certeramente agudas. Quizá pensara que no valía la pena el esfuerzo en un país en el que hay que andar con pies de plomo. Hoy la zarzuela vive por fortuna tiempos cada vez mejores pero no hubiera sido posible llegar a ellos sin el trabajo de Miguel Roa, a quien echaremos mucho de menos todos cuantos lo conocimos.

Carlos Gómez Amat era el último de los críticos que podríamos llamar históricos, los que comenzaron su labor después de la Guerra Civil escribiendo en los periódicos, trabajando en la radio o en compañías discográficas, influyendo desde sus posiciones en el devenir de la creación contemporánea o hasta en la política cultural de aquellos años. Gómez Amat fue en eso más discreto que otros de sus contemporáneos, más recogido en su idea de la música y los músicos que especialmente dado a manifestarla más allá de sus críticas o sus libros. Porque, además de un crítico de diario, escribió libros, eso que en la música española parece tan difícil y que ha llevado a un divorcio entre el ámbito académico y el menos doctoral, que nos lleva sin puntos intermedios —y sin referirnos para nada a los resultados de unos y de otros— de la investigación a la divulgación. Con Carlos Gómez Amat desaparece también uno de los últimos críticos que, hasta su retirada, escribía de manera regular en las páginas de los periódicos, cuando todavía a los directores de los mismos les parecía que la música clásica era tan de recibo como cualquier otra manifestación de la cultura —incluidas la moda o la cocina— y que valía la pena reseñar un concierto de las orquestas ciudadanas, de las de casa. Algo se ha escrito acerca de que no hay sucesión para ellos. Claro que la hay, claro que hay gentes de las generaciones más jóvenes que pueden o podrían hacer ese trabajo con competencia y formación, con buen oído y buen estilo. Lo que no hay es voluntad de los medios para entender que lo que ellos suelen llamar con desprecio alta cultura es lo que nos ha hecho poder elegir cómo queremos ser y en qué queremos pensar, nos ayuda a ser libres. La apuesta por las ediciones digitales de los periódicos no incluye tampoco esa atención a la música clásica, que es, además, aunque ellos no lo sepan, moderna y por ello actuante en la sociedad. Un fin de semana de la Orquesta Nacional de España reúne en el Auditorio a más de seis mil personas, bastante más que cualquiera de los conciertos de rock que, al parecer, sí merecen la pena.

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