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Lina Tur Bonet



Lina Tur Bonet

La violinista Lina Tur Bonet se ha afianzado en los últimos tiempos como una de las mejores y más originales intérpretes del violín barroco. Al mando de su grupo, Musica Alchemica, publicó en 2014 para el sello Pan Classics un disco de inéditos vivaldianos que despertó el interés de crítica y público, pero fue sin duda su posterior grabación de las Sonatas del Rosario de Biber el acontecimiento que supuso su consagración internacional. Pese a medirse con piezas entre las más exigentes y más grabadas del repertorio barroco para violín, Tur Bonet ofreció una lectura desbordante en colores e intensidad, y así lo reconocieron crítica y público. Sus logros en el ámbito historicista tampoco le han impedido mantener en paralelo su dedicación al violín moderno, si bien en su nuevo registro vuelve a coger el instrumento barroco para enfrentarse a otra colección fetiche del repertorio para violín a caballo entre los siglos XVII y XVIII: las doce Sonatas op. 5 de Arcangelo Corelli. Sublimación de un ideal estético asentado en la unión de equilibrio, profundidad y armonía sin por ello desatender las razones de la imaginación y el virtuosismo, las sonatas de Corelli han supuesto para Tur Bonet la inmersión en un universo musical subyugante y revelador. 

¿Cómo surge la idea de grabar el Opus 5 de Corelli?

Cuando Michael Sawall, director de Note 1, me ofreció hacer estas sonatas, estaba de gira con Dani Espasa por Sudamérica y lo primero que pensé fue que no: se trata de un repertorio muy exigente, había que hacerlo a medio año vista y había que realizar todas las ornamentaciones. Le pregunté mucho a Dani, que es un experto en improvisación, porque yo, de aceptar, quería hacer algo con bastante improvisación. En este viaje tocamos varias veces juntos La Folía. Empezamos a soltarnos y eso me animó. Al final de la gira dije: “Lo hacemos, y lo hago contigo. Contigo y algunos más”. También tenía reticencias porque hay muchas grabaciones buenas de esta obra, pero cuando lo comenté a los del sello, me respondieron: “Lina, dijiste lo mismo con Biber”. (...)

Corelli es un grandísimo músico y al mismo tiempo es como si estuviera impartiendo una clase de composición, tiene algo didáctico. Por eso sus sonatas, siendo obras maestras, se utilizaban también mucho para aprender.

Las sonatas de Corelli son música maravillosa, pero también hay en ellas algo de modelo, de arquetipo. Dicen que estuvo trabajando en ellas hasta quince años antes de editarlas. Cuando te mides a ellas, tienes la sensación de estar presenciando algo que cambió la historia de la música. Incluso la fecha de la colección es muy simbólica: 1 de enero de 1700. Es una obra que inaugura un siglo, una época.

Hay una autoconciencia clara por parte de Corelli de estar creando algo para la posteridad. 

Cuanto más he profundizado en él, tanto más mi simpatía hacia la figura de Corelli ha ido creciendo. Creo que su música me ha hecho evolucionar personalmente. Corelli nos ennoblece. Hay algo en él, tanto en su música como en lo poco que sabemos de su persona, que es de una calidad humana extraordinaria. Para mí, es una lección de humanidad de principio a fin, y la sonrisa no se me ha quitado nunca mientras tocaba sus sonatas. Esta diría que es mi relación con Corelli: el respeto mezclado con la sonrisa y la humanidad.

Tal como indica el título de su grabación, Corelli es para usted sinónimo de “gioia”. 

He querido jugar con el doble sentido que tiene la palabra italiana “gioia”: por un lado el de alegría, y por otro, el de joya. La obra de Corelli es ambas cosas.

La palabra “gioia” describe en italiano una alegría más interior y más contenida con respecto a “allegria”, que tiene un matiz más exterior y más gestual.

Para mí, es la sensación de estar ante algo muy grande, muy valioso, pero dotado de una alegría interior. Corelli era un hombre excelso y su obra es excelsa: engrandece al ser humano. A mí tocar Corelli me hace crecer, y también estudiarlo y tocarlo para los demás. Tengo la sensación de estar ante un ser humano que ha conseguido subir nuestro nivel. Una pieza de virtuosismo como La Folía pasa por un abanico muy grande de matices, pero nunca se va a los extremos como ocurre en Biber u otros músicos. Siempre está dentro de la misma forma aurea, la “sectio aurea”. Vivaldi es más efectista, más emocional. (...)

Stefano Russomanno

(Extracto de la entrevista publicada en el nº 326 de Scherzo, febrero 2017)

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