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La zarzuela en la encrucijada



La zarzuela en la encrucijada

En el anterior número de SCHERZO, el director artístico del Teatro de la Zarzuela, Daniel Bianco, hablaba de la necesidad de prestar una mayor atención al género que da nombre al coliseo de la calle Jovellanos de Madrid. A sus impresiones cabe añadir, enseguida, la escasa atención que se presta a la perpetuación del género a través de los discos o de las grabaciones audiovisuales. Son cosas que atañen tanto al patrimonio cultural del país como a sus instituciones. Es verdad que hay organismos, como el Centro de Documentación de Música y Danza que procuran guardar datos, referencias y hasta ilustraciones audiovisuales de lo que se hace en España pero es cierto también que falta la actitud a favor de la (escasa) industria fonográfica española —que sin ayuda no puede hacerse cargo de la tarea— y de un Ministerio de Cultura que no parece por la labor, y más desde el punto y hora en que, como todos, comprobó que andaba mal de fondos. Se habían acabado los tiempos en los que la Fundación Caja Madrid —no deben estos lodos desmerecer aquellos logros— apoyó la serie de grabaciones de zarzuela a cargo de Auvidis y algún intento más por parte de Universal. 

Apelar hoy al disco o al dvd como soporte para la preservación del patrimonio es toparse con un mercado decreciente y con unas posibilidades de financiación pública cada vez más mermadas en lo físico y difíciles de explicar en lo político. Quedan las instituciones privadas que hacen lo que pueden, y ahí está en lo que a la zarzuela respecta, la extraordinaria labor de la Fundación Jacinto e Inocencio Guerrero que recupera, discute, edita y graba cada año un título mientras analiza el estado de la cuestión en las jornadas que organiza a fines del mes de septiembre en Cuenca.
Como sucede en otros ámbitos, va a tener que ser el propio Teatro de la Zarzuela quien se mueva al respecto, quien llegue a acuerdos con alguna institución, quien demuestre, en definitiva, que nuestro género nacional —y aquí cabe decirlo sin complejo alguno pues hay temas y autores de todo nuestro territorio— vale la pena hoy como hace cien o ciento cincuenta años. No puede, es verdad, ese mismo género, hoy por hoy, apelar a una sociedad civil —que, no nos engañemos, es sólo una parte generalmente adinerada de la misma— de la misma forma que lo hace la ópera en el mismo barrio madrileño. La zarzuela no tiene ese presunto glamur y ha perdido seguramente la ocasión cuando pudo hacer algo más al respecto. Y, sin embargo, quienes a ella acuden son tan sociedad civil como quienes van al Teatro Real cuya gestión pareciera fagocitar, por su propia actividad y su innegable competencia en el asunto, cualquier otra posibilidad de apoyo. Como aquel famoso chiste, a quien se le pregunte bien puede contestar aquel: “Váyanse, que ya hemos dado”. Habrá que esperar a cómo se va desarrollando esa apuesta multigénero que propone Bianco para un teatro que poco a poco, y de manera muy destacada en la etapa regida artísticamente por Paolo Pinamonti, se ha abierto a muchas más propuestas que las meramente zarzueleras.
Produce, en todo caso, un cierto sonrojo que muchas de las joyas del repertorio sigan teniendo como grabaciones no ya de referencia sino prácticamente únicas aquellas legendarias dirigidas por Ataúlfo Argenta en los años cincuenta del pasado siglo. En Alemania, la firma CPO ha recuperado muchas operetas en excelentes versiones que pueden encontrarse en nuestro mercado y que suponen la necesaria puesta al día generacional de un patrimonio al que no es inferior, en modo alguno, la zarzuela. 
La operación es difícil, muy difícil porque la sociedad y el mercado son quienes mandan finalmente en una lucha desigual con una cultura cada vez más desprotegida.

En el anterior número de SCHERZO, el director artístico del Teatro de la Zarzuela, Daniel Bianco, hablaba de la necesidad de prestar una mayor atención al género que da nombre al coliseo de la calle Jovellanos de Madrid. A sus impresiones cabe añadir, enseguida, la escasa atención que se presta a la perpetuación del género a través de los discos o de las grabaciones audiovisuales. Son cosas que atañen tanto al patrimonio cultural del país como a sus instituciones. Es verdad que hay organismos, como el Centro de Documentación de Música y Danza que procuran guardar datos, referencias y hasta ilustraciones audiovisuales de lo que se hace en España pero es cierto también que falta la actitud a favor de la (escasa) industria fonográfica española —que sin ayuda no puede hacerse cargo de la tarea— y de un Ministerio de Cultura que no parece por la labor, y más desde el punto y hora en que, como todos, comprobó que andaba mal de fondos. Se habían acabado los tiempos en los que la Fundación Caja Madrid —no deben estos lodos desmerecer aquellos logros— apoyó la serie de grabaciones de zarzuela a cargo de Auvidis y algún intento más por parte de Universal. Apelar hoy al disco o al dvd como soporte para la preservación del patrimonio es toparse con un mercado decreciente y con unas posibilidades de financiación pública cada vez más mermadas en lo físico y difíciles de explicar en lo político. Quedan las instituciones privadas que hacen lo que pueden, y ahí está en lo que a la zarzuela respecta, la extraordinaria labor de la Fundación Jacinto e Inocencio Guerrero que recupera, discute, edita y graba cada año un título mientras analiza el estado de la cuestión en las jornadas que organiza a fines del mes de septiembre en Cuenca.

Como sucede en otros ámbitos, va a tener que ser el propio Teatro de la Zarzuela quien se mueva al respecto, quien llegue a acuerdos con alguna institución, quien demuestre, en definitiva, que nuestro género nacional —y aquí cabe decirlo sin complejo alguno pues hay temas y autores de todo nuestro territorio— vale la pena hoy como hace cien o ciento cincuenta años. No puede, es verdad, ese mismo género, hoy por hoy, apelar a una sociedad civil —que, no nos engañemos, es sólo una parte generalmente adinerada de la misma— de la misma forma que lo hace la ópera en el mismo barrio madrileño. La zarzuela no tiene ese presunto glamur y ha perdido seguramente la ocasión cuando pudo hacer algo más al respecto. Y, sin embargo, quienes a ella acuden son tan sociedad civil como quienes van al Teatro Real cuya gestión pareciera fagocitar, por su propia actividad y su innegable competencia en el asunto, cualquier otra posibilidad de apoyo. Como aquel famoso chiste, a quien se le pregunte bien puede contestar aquel: “Váyanse, que ya hemos dado”. Habrá que esperar a cómo se va desarrollando esa apuesta multigénero que propone Bianco para un teatro que poco a poco, y de manera muy destacada en la etapa regida artísticamente por Paolo Pinamonti, se ha abierto a muchas más propuestas que las meramente zarzueleras.

Produce, en todo caso, un cierto sonrojo que muchas de las joyas del repertorio sigan teniendo como grabaciones no ya de referencia sino prácticamente únicas aquellas legendarias dirigidas por Ataúlfo Argenta en los años cincuenta del pasado siglo. En Alemania, la firma CPO ha recuperado muchas operetas en excelentes versiones que pueden encontrarse en nuestro mercado y que suponen la necesaria puesta al día generacional de un patrimonio al que no es inferior, en modo alguno, la zarzuela. 

La operación es difícil, muy difícil porque la sociedad y el mercado son quienes mandan finalmente en una lucha desigual con una cultura cada vez más desprotegida.

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