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La tetralogía más pesimista



La tetralogía más pesimista

Bayreuth. Richard Wagner Festspiele. 22, 23, 25, 27-VIII-2013. Wagner, Der Ring des Nibelungen. Director musical: Kiril Petrenko. Director de escena: Hans Castorf.

Los dioses han muerto. La Naturaleza ha sido prostituida. El petróleo desplazó la aristocracia aurífera. Wotan puede ser el dueño de una gasolinera con motel prostibulario en Texas en los años setenta (en Das Rheingold), el de una granja con un pozo petrolífero en Bakú en la época de Stalin (en Die Walküre) o un turista sexual en Berlín tras la caída del muro (en Siegfried): lo sobrenatural se ha desvanecido en un mundo sin redención posible. El Nibelheim es una roulotte arcaica y astrosa que más tarde será la vivienda de Siegfried y Brünnhilde, el monte Rushmore, recreado a menor escala con las cabezas de Marx, Lenin, Stalin y Mao, una atracción de feria digna de Las Vegas (reducida a su propia caricatura en forma de cómic en el despertar de la walkyria). El triunfo del capitalismo trivializó cualquier forma del saber, los símbolos han perdido su fuerza evocadora, su ambigüedad: Nothung es una tizona decorativa —Fafner, un proxeneta, muere por disparos de un kalashnikov— el Anillo es una bisutería y el Pájaro del Bosque una hetaira disfrazada de vedette de El Molino. Sólo el amor (es decir: la música) triunfa y permanece sobre el absoluto naufragio del Signo. Será por poco tiempo: Siegfried carece de aptitud y de lucidez para conjurar la catástrofe a la que su propia jactancia le encamina.

Escena de El ocaso de los dioses en el Festival de Bayreuth, producción de Hans Castorf. Foto: Enrico Nawrath/ Bayreuther Festspiele.

La idea central de la puesta en escena de Hans Castorf pareciera una ilustración del célebre lema mural del mayo del 68: “El único placer de la burguesía es destruirlos todos”. El elaboradísimo trabajo actoral, la sintética y, a la vez, compleja construcción de los personajes (donde el vestuario juega una función medular), los excepcionales decorados (en los que el trabajo videográfico tiene una gravitación sustancial, que remite tanto a Eisenstein y al cine revolucionario soviético como a Gran Hermano), articulan una realización escénica de notable densidad en la que nada es gratuito.  Ciertamente, la ocasional  tendencia a la provocación malogra alguna escena (cual sucede en el final de Siegfried), pero se trata de anécdotas aisladas. Problema más grave, la tendencia a desdramatizar episodios cruciales, como el desvaído final (con referencia a Excalibur, el film de John Boorman: por otra parte, el propio Castorf declaró que su trabajo se inspiraba en otra cinta más reciente, There will be blood, de Paul Thomas Anderson). Así las cosas, cabe entender la producción como un modo de expresar que la Tragedia clásica —es bien sabido que Wagner aspiraba a prolongarla en su obra— es imposible en un mundo en que la estupidez y la futilidad se han institucionalizado, pero la  contrapartida es que determinadas modificaciones argumentales provocan un resultado inestable: temas de tanta importancia como el castigo de Brünnhilde quedan poco justificados, mientras otros (el priapismo compulsivo de los diversos Wotan, heredado por Siegfried) cobran un protagonismo desmedido. (...)

José Luis Téllez.

(Comienzo de la crítica publicada en Scherzo nº 289, octubre de 2013)

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