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La salsa de la vida



La salsa de la vida

Tras el bicentenario de Wagner, celebramos en SCHERZO el de Verdi. No deja de ser un capricho de la historia que los dos, tan diferentes, nacieran el mismo año y con puntos de vista bien distintos revolucionaran la ópera y su mundo, a los cantantes y a los directores, a los libretistas y a los escenógrafos. Desde la ruptura radical wagneriana, para a partir de ella crear un arte nuevo, a la más tranquila evolución verdiana, siempre ligado el autor a un público que no apetecía ser tan especial como su colega sino numeroso y feliz, se ha puesto frente a frente a los dos genios como si se tratara de dos enemigos, que no lo fueron en vida pero debieran serlo necesariamente más allá de ella. Es verdad que Wagner ha sido utilizado en siniestros papeles acompañantes y pide, por ello, eso a veces tan difícil que es separar la obra de arte de su origen y su contexto, de su consecuencia también, en este caso. Verdi, por su parte, ha sido vulgarizado hasta la saciedad y desde alguna alta tribuna incluso despreciado frente a la estética de su presunto rival. Hoy, si vemos las programaciones de los teatros de ópera del mundo, los vemos reinando con la suficiencia que da la costumbre pero igualmente con las posibilidades que otorgan las nuevas lecturas. Wagner sigue planteando su concepción del mundo a través de la considerable cantidad de nuevas producciones de la Tetralogía como se proponen por todas partes mientras muestran la vitalidad de la ópera como género. No podría faltar a la cita el templo que creara para sí mismo, ese Bayreuth que, en plena crisis económica, pide más ayuda dineraria a un gobierno —y a Baviera, a la ciudad de Bayreuth y a las asociaciones wagnerianas de todo el mundo que, aunque nacieran también para eso, probablemente se habrán echado a temblar— que, como el alemán, tanto amenaza a quien no recorte. Entre nosotros, por de pronto, la escasez nos lleva a que la Tetralogía valenciana de La Fura dels Baus —con la de Robert Lepage referentes de las propuestas hechas en lo que llevamos de siglo XXI— no pueda ser repuesta en el teatro —el Palau de les Arts— que apostó por ella. Así, pues, no habrá este año Anillo completo en ningún teatro de ópera español. No puede Les Arts, el Real no ha querido nunca esa misma producción —y la suya propia, la de Willy Decker, no alcanza esas calidades— y el Liceu, que también tenía una, opta por la de Robert Carsen que dará a episodio por temporada.

Verdi es otra cosa, más fácil y más difícil, según se mire, más directo y por lo mismo más sensible también a la mistificación. Con él sigue ABAO empeñada en cumplir su Tutto Verdi que lleva desde su inicio un camino implacable, incluso con esa salsa de la vida operística que son los pequeños escándalos, como sucedió en sus Vísperas sicilianas. Por cierto, que el director artístico de la asociación bilbaína, Jon Paul Laka, declaraba sobre el particular a Codalario, la excelente publicación online sobre música clásica, que “nadie puede lamentarse sosteniendo que el público se equivoca”. O, lo que es lo mismo, que hay propuestas que se plantean con riesgo pero con la mínima sensatez que pide que se respete al público que las paga y que no ha de ser necesariamente ni más tonto ni más listo que quien o quienes las proponen. Riccardo Muti llegaba a decir que “aquel que diga que Don Pasquale es una ópera menor es un cretino”. Tampoco creemos que sea para tanto y del mismo modo que no se puede definir un montaje —como hacía Gerard Mortier del Macbeth de Dimitri Cherniakov— como “para un público inteligente”, tampoco se le puede negar la inteligencia a quien no guste del título donizettiano.

Parece mentira, en definitiva, que la ópera, tan alejada muchas veces de la realidad social, tan espectáculo para confesos del género, sea capaz de suscitar todavía tales controversias. El reciente —y suspendido— Tannhäuser de Düsseldorf plantea, sin querer, tanto la fidelidad a la idea de un creador a quien ya no ampara derecho legal alguno como la libertad de expresión de su director de escena. Y eso en un teatro —de excelente reputación artística, por cierto— cuyo error quizá fuera no calibrar lo que se le venía encima y, además, no informar a su público de ello. La salsa de la vida artística, diríamos en circunstancias distintas. Aquí y ahora lo que nos preocupa son otras cosas y, frente a ellas y sus víctimas, la ópera no deja de ser una exquisita forma de evasión, incluso la que presume de transgresora, esa que aspira, a precios estratosféricos, nada menos que a cambiar el mundo. Sin tantas ínfulas, estos días nos han deparado la ocasión de comprobar cómo se puede programar —y acertar— con inteligencia y sentido común dos teatros españoles: el Arriaga de Bilbao con Il mondo della luna de Haydn y los Teatros del Canal de Madrid con Pepita Jiménez de Albéniz. Enhorabuena.

(Editorial publicado en la revista Scherzo nº 286, junio de 2013)

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