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La música es para todos



La música es para todos

La decimotercera edición de Musika-Música, ese festival absolutamente distinto a todos que se celebra a primeros de marzo en Bilbao, ha significado, por si hiciera falta, su consagración definitiva como una cita imprescindible para el público de la capital vizcaína. Las más de treinta y cinco mil entradas vendidas suponen un récord absoluto y significan, en cifras, que uno de cada diez bilbaínos ha asistido a los conciertos. Sabemos que no es así porque hay espectadores que repiten o que llegan del resto de España, o de Francia, o que eso no es nada comparado con los 53.000 espectadores que caben en el nuevo San Mamés pero, en cualquier caso, no deja de ser una cifra que debe llenar de satisfacción a la organización de Musika-Música y a quienes apoyan su actividad. Muchas veces hemos hablado en estas páginas de la importancia de que los proyectos culturales nazcan pegados a las necesidades, los deseos y las posibilidades económicas —cachés ajustados y precios asumibles— de la comunidad que los acoge, que sean realistas y rigurosos al mismo tiempo, que cada programador sepa distinguir entre lo imposible y lo razonable.

Musika-Música, además, ha sabido este año —dedicado a Beethoven y Brahms— diferenciarse muy claramente de su nodriza, de quien partió la idea de un festival de estas características, es decir, de La Folle Journée de Nantes, ideada por ese visionario de la gestión cultural que es René Martin. Tal ejercicio de independencia sin renunciar a las raíces ha supuesto que en Bilbao pudieran escucharse seis orquestas españolas —Sinfónica del Principado de Asturias, Sinfónica de Euskadi, Ciudad de Granada, Sinfónica de Castilla y León, Real Filharmonía de Galicia y Sinfónica de Bilbao— en piezas de repertorio, y que el público comprobara de paso la buena calidad de las mismas y el porqué es necesario apoyar su trabajo, es decir, un discurso muy diferente del que pretende mostrar a la cultura como una suerte de gran coalición de vagos y maleantes. Y no sólo orquestas. La presencia de artistas españoles ha sido abrumadora y entre ellos ha habido algún que otro experimento, confirmaciones y sorpresas. En buena medida porque a Musika-Música nadie va simplemente a cubrir el expediente sino sabiendo que se trata de una muestra que interesa a su público y cada vez más también de un escaparate de primera importancia. Entre otras cosas porque, fruto de su propia evolución, el certamen bilbaíno es un excelente pretexto para que se den cita en él, al hilo de su actividad, muchos profesionales de la representación, la administración o la gestión. Y ello, no lo olvidemos tampoco, en el contexto de una ciudad que ha cambiado profundamente en los últimos años, entre otras cosas porque ha sabido apostar por la cultura.

Otra gran lección de Musika-Música es cómo el público que no suele asistir a los conciertos se encuentra más cómodo ahí que en el tantas veces encorsetado ambiente de aquéllos mientras comprueba que se puede escuchar con naturalidad, que la música es acontecimiento pero debe ser también cotidianeidad y que el intérprete es alguien que trabaja duro para entregar lo mejor de sí mismo. Quizá por esa evidencia, por esa comunicación bien tangible, el espectador de Musika-Música —familias enteras muchas veces, jóvenes, mayores…— es tan respetuoso, no reverencialmente respetuoso sino lógicamente respetuoso, como quiere que sean con él en su trabajo o en su actividad diaria. No hay resabios en ese público, ni clichés, sólo ganas de que la música le penetre lo más a fondo posible. Y basta con haber ido a un solo concierto o a un solo recital en aquellos tres días en el Palacio Euskalduna para comprobar hasta qué punto ello es así.

Y un último párrafo para la otra cara de la moneda. ABAO-OLBE y sus dificultades económicas —40,95 % de caída en mecenazgo y 71,50 % en la subvención del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte— que han hecho que haya que recortar dos títulos de la próxima temporada. Bilbao es una plaza de primera en lo operístico, como lo es en la música de cámara con su Sociedad Filarmónica, y no merece que se deje caer el esfuerzo de tantos años.

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