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La huella de Carlo Maria Giulini.



La huella de Carlo Maria Giulini.

La personalidad de Carlo Maria Giulini fue una de las más poderosas e influyentes en el mundo de la música clásica de la segunda mitad del siglo XX. Hoy, cuando celebramos el centenario de su nacimiento, su recuerdo se nos aviva y nos mueve a la nostalgia. Un sentimiento triste pero al tiempo envuelto en una cierta dulzura, reflejo de las buenas ondas que despedía su figura; de la armonía de su pensamiento, del equilibrio y elegancia de sus movimientos; de la sapiencia de sus conocimientos; de la musicalidad que manaba a raudales de sus concepciones interpretativas. En el siguiente texto hemos tratado de evocar su recuerdo, de establecer sus características como director y como persona, de resaltar su humanismo. Sus atributos morales llevaron a más de uno a definirlo como un uomo per bene; un hombre de bien, que hizo por la música cosas extraordinarias. Hemos hilado actuaciones en vivo con grabaciones y hemos querido describir a partir de todo ello su estilo.

El director había nacido en Barletta el 9 de mayo de 1914. Sus primeros pasos musicales serios los dio con la viola en la Academia Santa Cecilia de Roma, donde estudió también composición. Al comienzo de los años cuarenta, cuando andaba ya rondando la treintena, tocaba como último atril de violas de la Orquesta del Augusteo de Roma, en la que pudo aprender de los más grandes directores. Klemperer, Walter, De Sabata, el mismo Richard Strauss actuaron al frente de la agrupación. Ya desde entonces Giulini se consideró fundamentalmente un músico y, eventualmente, por las circunstancias que la vida le deparó, un director de orquesta; un director que, aunque pueda parecer una perogrullada, hacía música. Su estilo fue forjándose lentamente. Le ayudaba la gran estatura, la suavidad de movimientos, la planta, la elegancia de la figura; y la capacidad para comunicar, mediante leves indicaciones, las verdades de la gran tradición, que trabajó afanosamente con Bernardino Molinari, maestro de tantos directores. Luego trabajó en la RAI de Milán de 1946 a 1951, donde recuperó óperas olvidadas, entre ellas alguna de Alessandro Scarlatti o Il mondo della luna de Haydn. Fue a raíz de una representación de esta última que Toscanini lo recomendó para La Scala. Allí estuvo de 1953 a 1956.

Sus interpretaciones tenían ya en esa época un sello inconfundible: amplias, bien fraseadas, de un romanticismo templado pero vigoroso, en su punto justo de arrebato. Conseguía sonoridades densas, compactas, en las que, sin embargo, era posible distinguir las distintas voces. En ellas prevalecían por encima de todo las líneas maestras antes que las secundarias o los detalles. En todo caso, siempre sobresalía lo afable, lo efusivo, lo cálido, lo humanista, que él sabía apreciar y subrayar en cualquier música. “Debemos averiguar y entender lo que hay detrás de las notas”. Esta frase, pronunciada por el artista en julio de 1977, es, prácticamente, una declaración de principios. En realidad es una verdad tan clara que no debería ni siquiera ser formulada y que revela una de las grandes cualidades del maestro: la modestia. Para él el instrumentista era un colaborador; el mensaje musical había de ser obtenido sumando las voluntades de los componentes de una orquesta y la del director que las aúna, racionaliza, organiza e integra. En todo caso, la voluntad que ha de prevalecer es la del compositor. No es suficiente el examen de la partitura: hay que ir más lejos, profundizar en la época, en el estilo y en la personalidad de los creadores y dar con la clave de las modificaciones y acotaciones contenidas en los pentagramas. (...)

Arturo Reverter
(Comienzo del artículo publicado en el nº 292 de Scherzo, de enero de 2014, dentro del dosier 'El oficio de dirigir: Dos centenarios y una teoría'.)

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