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La hora de los pequeños



La hora de los pequeños

Hace unos días el gran director de escena británico Graham Vick declaraba a la BBC que los pequeños teatros de ópera estaban enpeligro. Hablaba de su país pero la reflexión es perfectamente aplicable a cualquier parte de Europa o América y, desde luego, a España. Vick centraba ese peligro en dos puntos fundamentales: los recortes por parte de los organismos estatales encargados de apoyar económicamente a la cultura —en su caso, el Arts Council— y el hecho palpable de que las contribuciones privadas iban en su inmensa mayoría a la Royal Opera House londinense en detrimento de esos pequeños teatros de provincia que seguían tratando de mantener la llama lírica entre los públicos no capitalinos.

El temor de Graham Vick es perfectamente aplicable a nuestro país, donde suceden cosas muy parecidas tanto en lo que se refiere a la dotación institucional —estatal, autonómica o local— de los teatros de ópera periféricos como a la concesión mayoritaria del posible apoyo privado a un solo teatro —en este caso el Teatro Real de Madrid, que se lo ha sabido buscar en lo que, más que centralismo abstracto, supone un muy concreto aprovechamiento del éxito y su capitalización, primero en prestigio y luego en dinero para el benefactor.

A lo que nos lleva la cuestión no es, desde luego, a censurar a quien lo hace bien, sino a poner en el disparadero a quienes deben ver ya el presente y el futuro inmediato como pasto de vacas flacas que no acaban de engordar. Si vemos los presupuestos de las temporadas de ópera españoles que no sean el Real y, en otra medida, el Liceu, comprobaremos cómo la crisis sigue cebada en ellos sin que se vislumbre una recuperación, ni porque la taquilla tire ni porque haya alguien detrás dispuesto a patrocinar por cualquiera de las vías posibles. Y es en ese punto donde las administraciones citadas más arriba debieran trabajar a fondo para que la ópera no se quede en mero arte centralista y cinematográfico.

Y es que esa es otra de las claves. La presencia de la ópera en los cines de medio mundo es un arma de doble filo. Naturalmente, a dónde lleguen los tiros y a quién atraviesen en su trayectoria es cuestión que depende del puro mercado pero si los teatros pequeños no acaban de reciclarse la competencia de los cines, o de las empresas que ofrecen óperas vía internet cuya visibilidad en una buena pantalla de televisión sólo deja que desear el ambiente de una representación en vivo, acabará comiéndoselos por los pies. La ópera en cine es barata y cómoda y, además, exime al espectador de las formalidades con que debe pactar al ir al teatro. Un abono o una entrada de ópera en España no es barata y hay temporadas que no son ni las del Real o el Liceu especialmente caras porque, si no, no salen las cuentas —y no salen. Si la calidad que se le ofrece no llega a los estándares de los buenos teatros que en el mundo son, y una vez curada la enfermedad infantil del marco social, el aficionado comprueba que le compensa el cine porque tras él puede prolongar la velada y aún ahorrar dinero respecto a lo que le costaba el abono de la ópera de su ciudad. Es triste pero es.

Los teatros deben, por ello, hacerse más atractivos y para eso necesitan dinero y convencer a los poderes económicos de su comunidad de que no hay mejor forma de invertir parte de los beneficios empresariales que en cultura, pues ligar una marca a un teatro de ópera es una publicidad de >prestigio y una presencia local convincente. Y en las óperas que no sean Madrid o Barcelona —con todas las ventajas que tiene ser pequeño— hay unas posibilidades claras de lo que podríamos llamar patrocinios de cercanía, a veces ligados a empresas que ya saben lo que es apoyar más allá de sus límites regionales o autonómicos. Lo cercano es especialmente atractivo y hay que hacer que el público, sea abonado a esa temporada, protector de la misma o espectador espontáneo, quiera participar de ella, estar orgulloso y acudir a sus representaciones sin rebajar ni sus expectativas ni su sentido crítico. Sólo así se conseguirá que no se vaya con otra, con otro, con la tele, con el cine.

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