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La guerra de las divas




PorBlas Matamoro - Publicado el 26 Noviembre 2015

La guerra de las divas

Durante siglos, las mujeres estuvieron alejadas de los poderes públicos, salvo algún accidente como que cualquiera resultase reina o emperatriz. Una de las escasas compensaciones de las que gozaron fue reinar y hasta imperar en los escenarios, donde el poderío de las divas se teñía con la ambigua aureola que ciñeron las mujeres del teatro. Incontables son las historias al respecto porque las monarquías guerreaban entre sí y este belicismo tuvo su similitud en los proscenios de la ópera, primero en la privacidad de las cortes y luego ante los públicos burgueses y aún populares.

Una escena ejemplar y más que pintoresca sucedió en 1783 en el Teatro del Fondo, de Nápoles. La refieren Giacomo Gotifredo Ferrari en Annedoti piacevoli e interessanti (1830) y Benedetto Croce en I teatri di Napoli (1891) y las protagonistas son dos cantantes de apellidos Galli y Moreschi. Cierta noche se reponía Le astuzie teatrali o femminili de Domenico Cimarosa, en la cual las tales, que rivalizaban en la admiración de las gentes, debían cantar un dúo. Según las exigencias del libreto, habían de burlarse mutuamente y darse unas bofetadas. La ficción cobró una doble realidad: los personajes y las personas. 

La Galli cantó su parte con elegancia y fue aplaudida. La Moreschi lo hizo con destreza y también mereció una apoteosis. El asunto del dúo iba creciendo cuando llegó la parte propiamente compartida, es decir la repetición con variaciones y fiorituras. Mientras la una cantaba, la otra, en voz baja, le soltaba injurias. Del canto y el susurro se fueron a las manos. La Galli arrancó a la otra su pañuelo y su vestido, los desgarró y, sabiendo que era calva, el sombrerito y la peluca.

El público celebró la ocurrencia, creyendo que formaba parte del espectáculo pero el cómico Casacciello, que estaba entre cajas, se dio cuenta de la verdad y salió de golpe a escena improvisando una intervención y empuñando una escoba, que le sirvió de báculo para mediar entre ambas. Resultó inútil. La Moreschi, ofendida como diva más que su personaje, desapareció del proscenio, semidesnuda y pelada.

La multitud rió y siguió aplaudiendo, sobre todo a la Moreschi, por su improvisado y desventurado mutis. Pero la empresa y la policía decidieron proceder y la Galli acabó en la cárcel de San Giacomo por una temporada, durante la cual sólo le permitían salir para cantar en el Fondo.

Cada vez que se cantan dúos de estrellas en alguna sala del mundo, más de un aficionado, aunque ignorante de la anécdota, espera que tras de un exceso de volumen o una nota prolongada más de lo debido, la cosa derive en improvisado combate de boxeo. Ciertamente, hay momentos en que ellas, las agraciadas con la divinidad de sus nombres, terminan creyéndose diosas de verdad y, según sabemos, toda diosa, si no única, al menos se considera suprema. Y estos aparentes abusos forman parte de la melofilia, del amor a ese arte desmesurado que es la música y a ese evento teatral igualmente desmesurado que es la ópera. Son divinas, lo sabemos, y nos sentimos paseantes del Olimpo cuando estamos cerca de ellas.

Blas Matamoro