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La dieta Garland




PorLuis Suñén - Publicado el 22 Abril 2013

La dieta Garland

Alguna vez en alguna parte he contado que de vez en cuando me someto a unas sesiones que estimo terapéuticas –me sacan de un cierto modo de indolencia- que consisten en más o menos largos monográficos –días repartidos en tardes o en noches, fines de semana, el ipod peatonal- de músicas distintas. Bueno, hay una fija, la música completa de Bach, que espero oírme entera y en su orden antes de morirme y que voy siguiendo con cierta disciplina. Y hay otras variables que se entreveran con ella. El caso es que mi última inmersión ha consistido en escuchar los discos del pianista Red Garland, uno de esos músicos que se le iban quedando a uno en la orilla. No es Garland un pianista tan largo como otros, ni tan explosivo como uno de sus referentes, Art Tatum, ni seguramente posea la finura del mejor Ahmad Jamal, con el que también se le realciona siempre. Tampoco es un pianista de la cultura clásica de ese Bill Evans que hubiera hecho un Debussy imperecedero si se hubiera dedicado a ese menester. No tuvo, tampoco, ese lado más intelectual de un Mal Waldron. No fue el mejor, está claro. Y, afortunadamente, en su caso, ese no ser el mejor no puede paliarse con el argumento, tan manido pero tan romo, de la solidez. Cuando decimos de un músico que es muy sólido es que le falta genio. Y Garland tenía genio, como lo tiene todavía McCoy –con quien compartió a Coltrane- o como lo tenía Wynton Kelly, que pasó por el mismo trance de tocar en el quinteto de Miles Davis –y en It Never Entered My Mind, nada menos. Genio, técnica y estilo. Decía Antonio Muñoz Molina que a un músico se le mide también por sus silencios –otra vez Bill Evans- y hay un disco de Garland –Red Alone, con un inconmensurable When I Fall in Love- que lo demuestra mientras explica igualmente que se puede ser a la vez un bluesman incomparable y un estupendo baladista, y hacerlo con una técnica enormemente personal, pues Garland tenía una forma de tocar difícil de confundir. Parece mentira que, para ofenderle, alguien lo tachara en su momento de cocktail player, de pianista de esos que tocan en los bares de los hoteles de lujo, a quienes se oye pero no se escucha. Sus compañeros deshicieron el malentendido, reivindicaron su manera de hacer. Estos días escucho esos discos suyos de los sesenta –había nacido en Dallas en 1923 y murió allí en 1984- y pienso qué poco del piano de después me gusta tanto como el de aquella época: Jason Moran, Brad Mehldau… Pero seguramente la culpa es mía.