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La ópera en su encrucijada



La ópera en su encrucijada

La gala de entrega de los Premios Campoamor recién celebrada en Oviedo ha servido, además de como escenario en el que galardonar lo mejor de la temporada pasada, como reunión informal de todos los sectores que tienen que ver con la organización, la contratación, la financiación y la interpretación del arte lírico. Hasta con la constancia en esa mitomanía —la presencia de la gran Fiorenza Cossoto— sin la cual la ópera no sería lo que es, perdería parte de su pasión y tampoco compensaría seguramente lo que tal vez ganara de, por así decir, equilibrio intelectual. Junto a la legendaria mezzo italiana, nombres como los de Gregory Kunde, Bryn Terfell o Nicola Beller Carbone se encargaban de mostrar cómo la llama pasa de generación en generación y, dicho sea de paso, la importancia de la profesionalidad, del cumplimiento de la palabra dada a la hora de acudir a recoger un premio que les honraba por mucho que las fechas no fueran las ideales para ellos.

Inevitablemente en estos encuentros surgen las conversaciones que explican más allá de la noticia puntual la realidad de una zona tan sensible de la cultura como es la música clásica y, en particular, la ópera. Y ahí el acuerdo era prácticamente total respecto a que a la necesidad de mantener audiencias y crear nuevos públicos se une ahora el esfuerzo suplementario y a veces muy duro de convencer a los políticos de que la ópera es un arte necesario. Ninguno de los programadores pasa por encima de la evidencia de que también es caro, pero sabe también lo que cuesta convencer a un gestor recién llegado a la política cuando este o esta le anuncia que su intención para la continuidad de un teatro es que sea autosuficiente a la hora de financiarse. La fuerza de tal conclusión se diluye cuando la respuesta no puede ser sino que eso es imposible, que estamos en un sistema de ayudas públicas a la cultura que, en el terreno de la ópera, no es el más generoso de Europa. La siguiente pregunta no puede ser sino si verdaderamente la ópera es necesaria. Y la respuesta, lo mismo: ¿qué es lo verdaderamente necesario? A partir de ahí la labor de convicción del gestor al político entra en un terreno en el que el acuerdo se hace cada vez más difícil.

Pero también es verdad que a la hora de replantear una realidad ingrata son los propios teatros los que deben seguir peleando por su futuro: luchando con la dureza administrativa —el meritorio y admirable caso del Villamarta de Jerez—, buscando patrocinios privados aun con el riesgo de que cada vez el proyecto parezca menos público —el Teatro Real— o abriendo la puerta a quienes verdaderamente quieran apoyar una idea que no puede restar ni recursos ni eficacia a otra que roza la excelencia —el Festival de Opera de la Coruña en relación a la Orquesta Sinfónica de Galicia. La recuperación del Palau de les Arts de lo que la presencia pública ha tenido de derroche y su éxito o no en una proyección real en la sociedad podrá ser una piedra de toque en poco tiempo. Como la tan deseable recuperación de ABAO tras la crisis que tan duramente le ha tocado. Se ha aprendido la lección de las coproducciones, se ha tomado el toro por los cuernos a la hora de poner en valor lo que lo había perdido —el trabajo de Josep Pons con la Orquesta del Gran Teatre del Liceu—, se sigue esperando en definitiva que cada paso al fin conduzca a un trabajo concertado y que la suma de todos sea esperanzadora.

En cualquier caso, la conclusión es que teatros y orquestas sinfónicas pueden enfrentarse a una situación insólita: la de convencer a los políticos de la necesidad de su propuesta. Y eso será difícil, salvo en los casos muy especiales de Real y Liceu, si no se ponen sobre la mesa argumentos no sólo de política cultural europea sino de realidad de mercado. Bajar los precios —y hasta diversificarlos en función de cada título como se hace en tantos sitios—, demostrar al aficionado que los repartos rutilantes quedan para las grandes ocasiones, equilibrar programaciones y apostar fuerte si fuera necesario —véase en este mismo número la crítica al ciclo organizado por la Ópera de Lyon. Y eso, además, con el problema añadido de que muchos de estos jóvenes gestores políticos —alcaldes y alcaldesas incluidas— ni han pisado nunca un teatro de ópera ni se les espera.

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