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Just in Biber




PorBenjamín G. Rosado - Publicado el 24 Noviembre 2014

Just in Biber

Heinrich Ignaz Biber (1644-1704) no tuvo club de fans, pero se le recuerda como el primer gran virtuoso del violín y también por ser el autor de las conmovedores Sonatas del Rosario, dedicadas al entonces arzobispo de Salzburgo, Maximilian Gandolph, y descubiertas mucho más tarde, en 1899. Concibió el compositor austro-bohemio quince misterios, aunque ninguno como el que ha mantenido estas partituras alejadas de las salas de concierto y ajenas al interés de las casas discográficas. Al punto de que se pueda hablar hoy de una primera grabación española.

Hasta la cartuja austriaca de Mauerbach se trasladará en unas semanas Lina Tur para adjudicarse el mérito. No atiende la violinistas balear a los rumores sobre cierta actividad paranormal registrada en este antiguo monasterio, que sirvió de hospital de campaña y manicomio, pero ha recurrido al sexto sentido para acometer las quince scordaturas. “La partitura está indicada con las notas que habría que tocar si el violín estuviera afinado de manera normal”, cuenta la artista. “Sin embargo, el intérprete piensa unas notas mientras que escucha otras distintas. Esto supone un gran reto de ejecución que explica la variedad de matices y la capacidad expresiva de estas piezas”.

Que han suscitado infinidad de lecturas: religiosas (“como el re-sol/rey sol de la Resurrección”), pero también matemáticas y astronómicas (“producto de la relación platónica de los cuerpos celestes de Kepler con la lira”) y hasta numerológicas (“si tenemos en cuenta que el número total de muchos de los movimientos es divisible por 22, que corresponde a la letra equis en explícita referencia a la cruz”). El proyecto se completará en enero con el estreno en la madrileña Quinta de Mahler de tres obras para violín de José María Sánchez-Verdú relacionadas con la figura del ángel e inspiradas en el Passacaglia final del Rosario.

No es la primera vez que Lina Tur se lanza al rescate de partituras olvidadas. Tres siglos llevaba sin escucharse la música de su último trabajo. Que lleva por título Vivaldi premieres (Pan Classics) porque contiene tres conciertos nunca antes expuestos a los micrófonos y dos nuevas ediciones de las Sonatas ‘Graz’ nº 3 y 4 del compositor veneciano. Todo un reto interpretativo, pero también musicológico, que le obligó a rebuscar en los cajones del barroco. “Existen muy diferentes técnicas de aproximación a este repertorio, pero no hay ninguna verdad absoluta. Porque de nada sirve el rigor historicista sin ciertas dosis de libertad, creación y fantasía”.

Grabó el repertorio en Madrid, pensando en la Venecia laberíntica de las Sonatas y acordándose de cuando estudiaba en Viena y visitaba la tumba incierta de Vivaldi sin saber dónde colocar las flores. “Por aquella época asistía con cierta frecuencia al Musikverein, que queda al lado del cementerio de la Karlsplatz. Entonces fantaseaba con la posibilidad de encontrar su nombre en alguna lápida, y es curioso cómo los pensamientos pueden acabar tomando forma”.

La de un disco que vuelve a poner en valor a las mujeres del barroco. “Hay que tener en cuenta que buena parte de la música de Vivaldi fue estrenada por las huérfanas del Ospedale della Pietà de Venecia”. Ya antes había recuperado seis Sonatas de Elisabeth Jacquet de la Guerre, compositora igualmente olvidada de la corte de Luis XIV que se abrió paso entre Couperin, Rameau y Charpentier. “La gran responsabilidad que supone abordar piezas inéditas es al mismo tiempo el principal estímulo que me anima a seguir investigando”.