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Josu de Solaun



Josu de Solaun

Josu de Solaun (Valencia, 1981) es uno de los representantes más cualificados de esa extraordinaria generación de pianistas españoles que surgió en nuestro país en el último decenio. Pianista sobre todo, pero no sólo eso, Solaun demuestra que la claridad de sus ideas surge de una cultura que va mucho más allá de la literatura propia de su instrumento aunque centre en ella su actividad. Así, su análisis de la figura de Georges Enescu, cuya obra pianística ha grabado para la firma Piano y ha obtenido la calificación de Excepcional de SCHERZO, o sus reflexiones sobre técnica y virtuosismo o interpretación y docencia. 

(...) ¿Cuándo y cómo descubrió a Enescu?

De joven, en mis años en España, había oído hablar de Enescu como una figura legendaria, pues era un gran violinista, pianista, organista, violonchelista, flautista, clarinetista, director de orquesta, compositor y profesor. Casi nada. Sin embargo, desconocía su música. Sabía que Pau Casals había dicho que Enescu era el mayor fenómeno musical desde Mozart, pero para mí era un personaje casi mitológico. Fue ya en Nueva York, a los dieciocho años, tocando con un flautista una pieza menor del compositor, el Cantabile et Presto, cuando tuve mi primer encuentro. Aquella pieza no auguraba al compositor que luego descubrí. Y el verdadero descubrimiento ocurrió, todavía me acuerdo perfectamente, el 23 de enero del 2002, en mi tercer año de estudios en Nueva York, cuando yo tenía veinte años. Fue un recital del gran Radu Lupu en el Carnegie Hall, donde ofreció una interpretación conmovedora, escalofriante y magistral de la Sonata op. 24/1. Quedé intensamente fascinado por aquella música y comencé a indagar. El siguiente descubrimiento ocurrió poco después, con un disco del año 2003, del sello ECM, en el que Leonidas Kavakos y Peter Nágy interpretaban la Tercera sonata para violín y piano, además de las mágicas Impressions d’Enfance. Fue entonces cuando quedé rendido ante el genio de Enescu y me adentré en su música: el Octeto, la ópera Oedipe, la Sinfonía de cámara, el Segundo cuarteto, Vox Maris, las sinfonías… Una obra maestra detrás de otra. Luego ya vino el estudio de los manuscritos, la lectura de sus cartas, biografías, visitas a Rumanía y el desarrollo de una fascinación que todavía hoy perdura en mi vida. Considero a Enescu un genio a la altura de las más grandes mentes de la cultura musical de Occidente. Sin duda, en el siglo XX, debe ocupar el mismo puesto que Bartók y Stravinsky. 

¿Es consciente de que con su grabación de la integral ha hecho un trabajo histórico?

Sí, supongo, aunque no me detengo mucho a pensar en ello. Sobre todo, de lo que me siento orgulloso es de haber podido contribuir a que un genio de tal calibre sea un poco más conocido. Con eso me contento. El mayor cumplido y la mejor satisfacción ocurrirá cuando vea que otros pianistas tocan su música y que Enescu entra por fin y de lleno dentro del canon, que es donde se merece estar, junto a todos los grandes que ya veneramos. 

Discos así parece que dan sentido a un soporte que, en plena crisis, ha de ser más que nunca vehículo y depósito de cultura.

Los discos no tienen ya valor comercial. Pero lo tienen documental, histórico, archivístico, doxográfico... Los discos que he grabado de Enescu han hecho que su música para piano se conozca un poco mejor, y esto no es poco. Es de lo que estoy más orgulloso. 

Con usted queda muy clara la personalidad de Enescu. Es Debussy y es Szymanowski y es Scriabin pero no es ninguno de los tres y al final es simplemente él mismo.

Él mismo, sí, claro, pero siempre siendo el resultado de sus influencias, de su aprendizaje, de una síntesis muy personal y original de la cultura musical austro-germana y su obsesión por la elaboración motívica, la francesa y su obsesión por el timbre, la popular rumana y una vena más ancestral de heterofonía griega y bizantina. También encuentro afinidades con Messiaen y Bartók, con Janácek y Szymanowski. Una bomba de relojería estilística bajo el mandato de una sensibilidad de extremado refinamiento. (...)

Luis Suñén
(Extracto de la entrevista publicada en el nº 336 de SCHERZO, de enero de 2018)

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