Ud. está aquíInicio / Marzo 2018 / Con nombre propio / Jonas Kaufmann, tenor.

Jonas Kaufmann, tenor.



Jonas Kaufmann, tenor.

“Hola, soy Jonas”. Cuando el tenor me llama desde Viena, le pregunto si hay algún tema que preferiría evitar (tal es el celo de sus agentes). “Pregunte lo que quiera —ríe— no soy tímido”. Kaufmann se dirige desde el aeropuerto a la consulta de un fisioterapeuta —“ya sabe, uno tiene que estar todo el tiempo de pie durante esos conciertos”— antes de iniciar una gira por seis ciudades —Viena, París, Londres, Essen, Luxemburgo, Budapest— para interpretar el Libro de canciones italianas de Hugo Wolf. Le pregunto si es consciente de que Wolf sigue siendo un autor difícil de vender en Inglaterra. “No solo en Inglaterra”, responde. “Incluso los promotores alemanes me suplican que no ofrezca un recital únicamente de Wolf; no se venderá, me dicen. La gente no conoce a Wolf, y por lo tanto les produce miedo”, añade.

Había estado buscando un proyecto con la soprano Diana Damrau: “Habíamos compartido tan solo una velada operística, creo que en Wurzburg en 1997”, y el pianista Helmut Deutsch sugirió un recital Wolf, que ninguno de los dos había cantado antes. “Wolf es un compositor fantástico, nunca demasiado pesado; debería ser tan popular como Schumann o Brahms”.

Su inglés es idiomático, fluido, sin apenas acento. “Los idiomas no estaban entre mis asignaturas favoritas en el colegio”, me dice, “Quizá porque los profesores tenían un fuerte acento bávaro. Aprendí el inglés, el francés y el italiano viajando”. El hecho de haberse criado en el luteranismo en la católica Baviera lo situó en cierto modo al margen en términos de autoconciencia y sentido de la responsabilidad. “Uno se ve siempre a sí mismo como culpable, y la necesidad de enmienda es un imperativo. En la Iglesia Católica resulta más fácil lidiar con el pecado”.

Algunos cantantes me han sugerido que Kaufmann tiene una tendencia a tomarse los contratiempos de manera muy personal. Sus cancelaciones, que no son infrecuentes, vienen acompañadas de justificaciones más detalladas que la habitual “indisposición”. A Kaufmann le mortifica causar inconvenientes. “Cuando cancelo me estoy perjudicando a mí mismo”, afirma. “Conozco cantantes que odian cantar. Lo hacen porque la gente les paga por ello. Para mí es lo contrario. Aunque no viniese nadie, seguiría queriendo cantar. No es fácil cancelar. Soy consciente de cuánta gente se ha tomado la molestia de acudir a oírme cantar”, explica.

El año pasado renunció dos veces a cantar los Vier letzte Lieder de Richard Strauss y empezó a extenderse el rumor de un cierto mal de ojo. Strauss, que desconfiaba de los tenores, quiso que su ciclo final fuese estrenado por Kirsten Flagstad en 1950, y desde entonces la colección ha pertenecido a las grandes sopranos. ¿No estaba siendo Kaufmann demasiado avaricioso al ambicionarlo, e incluso tentando al destino? “En las dos ocasiones que tuve que cancelar estaba resfriado”, me dice prosaicamente. “Quizá si me hubiese dopado con fármacos…pero me sentía completamente bloqueado. No quería arriesgar nada”, justifica. (...)

Norman Lebrecht

(Comienzo de la entrevista publicada en el nº 338 de Scherzo, de marzo de 2018)

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