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Joan Matabosch



Joan Matabosch

Joan Matabosch (Barcelona, 1961) es, desde enero de 2014 y por un periodo de seis años, director artístico del Teatro Real y, por tanto, sucesor en el cargo de Gerard Mortier. La temporada que empieza es ya, en gran medida, suya y en su programación ha comenzado a mostrar sus cartas. Tratando de sumar experiencia y audacia en las dosis justas, Matabosch —que ha ocupado durante quince años el mismo cargo en el Gran Teatre del Liceu— ama profundamente su oficio y expresa ese amor con una mezcla de pasión y equilibrio.

¿Por qué decidió aceptar la oferta del Teatro Real?

Me ilusionó la posibilidad de construir su discurso artístico de los próximos años rodeado de un equipo humano de primera categoría y que, además, ya conocía en gran parte porque ha habido desde siempre una estrecha relación con el Liceu. Me ha motivado, desde luego, que el Teatro Real sea uno de los grandes teatros internacionales. Y también que el Teatro Real estuviera reestructurando su propio modelo de gestión durante la coyuntura adversa de estos últimos años, adaptándose a la nueva situación. Algunas decisiones han sido difíciles, como no podía ser de otro modo: ha tenido que reducir su estructura, externalizar algunos servicios, mejorar sus márgenes y hacer un esfuerzo enorme para compensar la disminución de recursos públicos con el incremento del patrocinio. Pero una vez realizado este esfuerzo por parte de la institución, es evidente que el teatro va a salir reforzado y muy bien equipado para enfrentarse al futuro. Mérito del Presidente del Teatro Real, Gregorio Marañón, y del Director General, Ignacio García-Belenguer. Y seguramente a quienes hay que felicitar más que a nadie es a los propios trabajadores del teatro, que han comprendido lo imprescindible de algunas medidas dolorosas con las que han tenido que convivir. También ha contado, en mi decisión, que llevaba casi diecisiete años en el Gran Teatre del Liceu, que han sido muy intensos y muy gratificantes, pero seguramente suficientes. Y lo más decisivo ha sido el privilegiado legado artístico de los directores que me han precedido en el Real, desde García Navarro hasta Emilio Sagi, Antonio Moral o Gerard Mortier, cada uno con su estilo. Es importante encontrar la forma de preservar ese legado al mismo tiempo que se introducen, lógicamente, cambios en la línea artística de la institución. No pretendo que estos cambios sean agresivos respecto a lo que ha sido el discurso del Teatro Real a lo largo de estos últimos años.

¿Hasta qué punto tuvo en cuenta el peso de la personalidad de un antecesor tan potente como Mortier?

Lo que tuve muy claro es que hay que respetar, del legado de Gerard Mortier, su concepción genuinamente artística de la ópera como género: se trata de un arte y no de un simple espectáculo o de un producto de entretenimiento. Y es como obra de arte como tiene que ser divulgada por el teatro, tratando de favorecer que el público comprenda y proyecte sus sentimientos en la forma artística, más allá de limitarse a recibir el impacto placentero de los sentidos y la curiosidad de lo que entretiene.

Pero a la vista de su programación usted sabía lo que faltaba en el proyecto de Mortier.

El hecho de mantener el concepto nuclear de lo que, para Mortier, es la ópera, no es incompatible con ampliar el repertorio del teatro con nuevos títulos; ni tampoco con ampliar el abanico de directores de escena con nuevos nombres y nuevas estéticas; ni con ampliar la nómina de cantantes con algunos grandes nombres del circuito internacional y nacional. Le agradezco el halago, de todas formas. Es cierto que cuando se conoce mejor el terreno se puede llegar a objetivos semejantes por caminos mucho más transitables.

Mortier pensaba que Madrid había sido casi un erial y pareció que quisiera convertirlo en una especie de campo de pruebas para el público. ¿No le parece que el salto era excesivo?

No hay que renunciar a la responsabilidad de contribuir a la evolución del gusto colectivo porque es uno de los motivos por los que vale la pena, para una ciudad, tener un teatro de ópera. Es cierto que eso de llegar a los sitios proclamando que antes nadie ha hecho nada es, además de falso, poco hábil. Acaba resultando que los propios aliados naturales del proceso, que son quienes hicieron aportaciones antes que él, se pueden convertir en sus peores enemigos. La verdad es que Mortier no partía de cero ni convirtió al Real en un campo de pruebas. De hecho, la mayoría de sus directores de escena favoritos ya habían debutado en el Real de la mano de los directores artísticos anteriores. Otra cosa es que volviendo a la respuesta anterior, el conocimiento del terreno puede facilitar que la alquimia entre diversas propuestas en las temporadas se digiera mejor. Pero, en lo fundamental, mi sintonía con el legado de Mortier es grande y mi admiración todavía mayor. Estaba convencido de que la tradición sólo tiene sentido si se la recrea desde la modernidad y, al mismo tiempo, que la originalidad de una idea sólo es perceptible si se la confronta con la tradición. Luego, todos sabemos que Mortier estaba encantado con las grandes polémicas. Nunca fue partidario de la mano izquierda ni de la diplomacia con nadie: ni con los políticos, ni con los artistas, ni con los agentes intermediarios, los patronos, ni siquiera con los espectadores. Era así. Lo tomabas o lo dejabas. Yo lo tomo, al menos en lo que tiene de bueno, que es mucho. (...)

Luis Suñén

(Comienzo de la entrevista publicada en el nº 299 de Scherzo, septiembre de 2014)

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