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Janine Jansen



Janine Jansen

La violinista-estrella holandesa Janine Jansen es familiar en SCHERZO, donde apareció por primera vez como personaje a principios de 2007 (nº 215), a punto de poner a prueba el poder de convocatoria del festival de música de cámara hoy consolidado que, dos años antes, creara en Utrecht, su ciudad natal. La segunda conversación, en 2009 (nº 245), tenía como eco los sonidos de Bach, a quien se aproximaba desde el disco. A Bach ha regresado con la nueva propuesta para Decca, coincidente con su décimo álbum. “A grabación por año”, comenta con su sempiterna y contagiosa sonrisa, recordando que ese es el tiempo que lleva vinculada como artista exclusiva a la discográfica. Un dato nada desdeñable, teniendo en cuenta la fragilidad del mercado en los últimos años, que no parece afectar a esta violinista cuyas Cuatro estaciones vivaldianas, que en el despegue de la carrera le valieron el calificativo de Reina de las descargas, siguen batiendo récords de ventas on line del mercado del clásico. En su nueva apuesta bachiana, Janine Jansen, además del oboísta español Ramón Ortega Quero —ganador del premio ECHO en dos ocasiones—, ha querido contar en el clave con su padre y consejero Jan Jansen, además de con su hermano Maarten como chelista. Un homenaje familiar a su dios de Eisenach, como pudo comprobarse hace unos días en el único concierto español incluido en la gran gira europea para presentar el trabajo, que tuvo lugar en Barcelona, ciudad a la que Janine Jansen regresa este mes. Si en la reciente visita se mostraba en su faceta camerística, en la que tendrá lugar a final de mes podremos verla como solista invitada, interpretando a Prokofiev junto a la OBC. El remate lo pondrá en Alicante y Bilbao, revalidando la talla en recital con dos inseparables en este cometido: el pianista Itamar Golan y su Barrere, un Stradivarius de 1727 cedido sine die por la Fundación Elise Mathilde.

A pesar de que el público de las ciudades con tradición musical en España, en contra de lo que ocurre con la ópera, no es mitómano sinfónicamente hablando, usted consigue siempre algo tan extraordinario como poner el cartel de no hay entradas, como vimos recientemente en Madrid ¿Le ocurre siempre?

Me resulta difícil contestar a esta pregunta. Es verdad es que siempre he visto salas llenas, como el Auditorio de Madrid, donde estuve por última vez en octubre. Pero nunca me he planteado que pudiera ser por mí. Me imaginaba que era por el programa, por la calidad de la temporada, por la tradición o por la combinación de todos estos factores. Jamás habría pensado que yo era una de las razones. Sea por lo que sea, es bonito que la gente vaya a escuchar música.

¿Tiene público afín? ¿Lo reconoce?

Reconozco por supuesto las caras de personas que vienen a saludarme al camerino después de los conciertos. Son rostros específicos que me resultan familiares, ya que me los encuentro en muchos sitios. En algunos casos, porque viajan para verme incluso a países distintos de los suyos. En términos generales, me gusta que la gente disfrute viéndome. Y ese carácter abierto que se me atribuye —y en esa apreciación quiero estar de acuerdo— espero que se perciba desde la audiencia. A cambio, espero que, a su vez, se muestre abierta, receptiva a todo tipo de emociones. Porque no podemos olvidar que son también protagonistas del concierto. Es una parte de la comunicación, y cuando percibes que eso está funcionando, cuando sientes la energía que te transmiten desde sus localidades, surge la magia. De ahí que el público signifique tanto para un intérprete. Porque cuando tiene la sensación de que la audiencia está centrada en lo que haces, te ayuda a su vez a entregarte más y más, y a ofrecerle lo que te está inspirando.

Su actualidad vuelve a pasar por Bach. ¿Cuándo lo descubrió?

Con toda seguridad, antes de nacer. Cuando aún estaba en el vientre de mi madre [risas], puesto que vine al mundo en una familia de músicos. Mi padre es organista y toca también el clave, y mi madre, que es cantante, tomaba parte en conciertos cuando yo estaba dentro de ella. ¡Había tanto Bach y tanta música barroca en aquella casa! Lógicamente no tengo otros datos de aquellos momentos que lo que me contaron. Pero entre mis primeros recuerdos, me viene a la cabeza mi padre interpretando música en algún lugar. Cuando le veía en la iglesia sentado frente al órgano o trabajando los coros. Si no, ensayando en casa o haciendo música de cámara con amigos. Y siempre mucha música de Bach. Bach ha sido sin duda el compositor que más peso ha ejercido en mi vida.

¿Cuándo decidió adoptarlo y acometer su propio Bach?

¿Que cuándo tuve la posibilidad de elegir?… y digo como broma lo de poder elegir. La verdad es que he estado siempre muy imbuida en su música, especialmente en los años que pasé viviendo en la casa de mi familia. Crecí con su música, y mi conexión con ella la veo como algo totalmente natural. Pero al mismo tiempo tengo que decir que la música de Bach puedo verla a veces como una de mis mayores frustraciones. Especialmente si pienso en sus Sonatas y Partitas a solo, por el simple hecho de pretender nada más que acercarte a su perfección. Su música significa para mí más que nada, y Bach, más que cualquier otro compositor. Porque en su obra hay algo imperceptible, que no puedo explicar, pero me consta que es perfecto en todos los sentidos. No sólo en lo que tiene que ver con la estructura. También en lo que respecta a la emoción. Casi piensas que si ha de ser así, no querrías ir más allá. Es como si hubieses encontrado en él el estado de ánimo perfecto.

Si ha vuelto a enfrentarse con él, discográficamente hablando, ¿se puede interpretar como que su anterior experiencia fue altamente satisfactoria?

¿Hablamos de resultados o del proceso mismo de la elaboración del disco? Yo nunca estoy totalmente satisfecha con los resultados de mis grabaciones, que no tienen nada que ver con un concierto en directo, donde la música está viva, al tratarse de un momento preciso. Hasta cierto punto, la música debería ser así. Cuando comienzas a gestar una grabación estás pensando siempre en que debes superarte y ser mejor y mejor hasta lograr ser perfecto. Te fijas un objetivo hasta que, llegado un punto, tienes que dar aquello por concluido, quieras o no. Porque sabes que es así. No quiero decir con esto que no me guste grabar discos. Al contrario, me parece muy bien hacerlos, porque implican acercarte al compositor con un respeto especial.

Esta vez no lo grabó en directo.

No, este Bach no lo ha sido. Y tampoco soy tan estricta con el directo y con la grabación en estudio, puesto que una posibilidad y otra tienen sus ventajas y sus desventajas. En este caso, la experiencia fue muy bonita, porque grabamos en una pequeña iglesia en Berlín, y el ambiente que se creó fue perfecto. La idea de estar mano a mano con Bach y con su música durante cinco días —sin contar con los ensayos— fue una experiencia maravillosa. (...)

Juan Antonio Llorente
(Comienzo de la entrevista publicada en el nº 295 de Scherzo, abril de 2014)

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