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Jake Heggie



Jake Heggie

Como uno de los protagonistas de las películas de Frank Capra (cuya célebre It’s a Wonderful Life acaba de adaptar para la ópera) la figura de Jake Heggie (Palm Beach, Florida, 1961) parece el paradigma del sueño americano. Con apenas treinta años pasó de ser un discreto funcionario en un teatro americano a convertirse en el más exitoso compositor de ópera de las dos primeras décadas del siglo XXI. Su primera creación en el género, Dead Man Walking, basada en una historia verídica y base de una oscarizada película dirigida por Tim Robbins, llega este mes de enero al Teatro Real después de una impresionante trayectoria que la ha paseado por sesenta teatros de todo el mundo en apenas tres lustros, algo verdaderamente insólito en una ópera de nueva creación. Con motivo de su estreno español en el Teatro Real, SCHERZO ha conversado con Heggie acerca de esta ópera y de sus posteriores e igualmente celebradas incursiones en el género lírico.

Dead Man Walking fue el comienzo de una trayectoria como autor de ópera que en poco más de quince años se ha revelado prolífica y fructífera. ¿Cómo fue su descubrimiento de que había en usted un compositor eminentemente operístico?

Desde muy joven me sentí, en tanto que músico, muy inspirado por los grandes cantantes-actores, lo que muy pronto suscitó en mí el deseo de escribir canciones para ellos, para celebrar sus voces y su potencial expresivo, y explorar con ello diferentes estilos, textos, historias y poemas. Esa pasión por el canto me ha guiado en cada etapa de mi trayectoria. A mis treinta años tuve la suerte de encontrar trabajo en el departamento de relaciones públicas de la Opera de San Francisco, donde me encontré rodeado por algunos de los más grandes cantantes del mundo: Renée Fleming, Frederica von Stade, Dawn Upshaw, Jennifer Larmore, Thomas Hampson, Bryn Terfel y muchos otros. Ellos fueron quienes me inspiraron para escribir canciones que interpretaron por todo el mundo. Esto llamó la atención de Lofti Mansouri, director general de la Opera de San Francisco, quien un buen día me propuso escribir mi primera ópera, Dead Man Walking, y aquello me abrió las puertas a la carrera que he seguido hasta hoy. Pero no supe que había en mí un compositor de óperas hasta que escribí la primera, lo que surgió de manera absolutamente natural; me sentí como en casa. Desde entonces, he trabajado mucho y no tengo más que palabras de agradecimiento por la fortuna que he tenido de haber podido realizar esta carrera y haber tenido una y otra vez la oportunidad de componer grandes partituras para artistas extraordinarios y para grandes teatros de ópera.

¿De quién partió la idea de adaptar la historia de Sister Helen Prejean, de usted o de su libretista, Terrence McNally? ¿Tuvo que ver en ello el éxito de la adaptación cinematográfica realizada en 1995 por Tim Robbins? 

La idea fue de Terrence McNally, e inmediatamente me pareció que se trataba exactamente de la historia perfecta para nuestra ópera. Es contemporánea y al mismo tiempo intemporal; muy americana y a la vez universal; trata de algunos de los más importantes trayectos emocionales que podemos emprender los seres humanos: la vida, la muerte, la redención, la venganza, el perdón… Desde el momento en que Terrence la sugirió, pude imaginar arias, conjuntos, coros, etc. “Sentí” profundamente la música. Entonces yo todavía no había visto la película de Robbins, aunque obviamente estaba al tanto, porque todo el mundo hablaba de ella. Y el hecho de que ya estuviera en el imaginario colectivo nos resultaba extremadamente útil. Ya no se trataba de un “¿qué es eso?”, sino de “¿cómo van a resolverlo?”. Es un estupendo punto de partida.

La ópera fue estrenada en San Francisco con un enorme éxito. Desde entonces ha sido repuesta en multitud de ocasiones en diversos teatros europeos y americanos. ¿Le sorprendió este éxito?

Nadie pudo estar más sorprendido que yo. Y cuando pienso que en 2018 recibirá su sexagésima producción internacional… ¿Quién podía haber predicho tal cosa para una nueva ópera americana?

En el reparto del estreno se encontraba Frederica von Stade, artista con la que usted ha estado muy vinculado. ¿Hasta qué punto fue ella una catalizadora del proyecto Dead Man Walking?

Para mí resulta esencial saber exactamente para quién estoy escribiendo. Me da pie para explorar el carácter y el mundo emocional de la pieza de forma mucho más profunda. Adoro escribir para Flicka; ¡qué privilegio! Se trata de una artista integral: increíblemente generosa, la voz de una diosa, un gusto impecable, presencia dramática y vigorosa imaginación. Cuando recibí el encargo para escribir Dead Man Walking, la llamé inmediatamente y le dije que, fueran cuales fuesen sus compromisos para octubre de 2000, debía cancelarlos para estar en mi ópera. ¡Y ella me dio su OK! Le ofrecimos el papel de Sister Helen, pero pensó que el papel debería asignarse a una mezzo más joven (finalmente recayó en Susan Graham). Le pregunté entonces si le gustaría ser alguna de las monjas y ella respondió que le gustaría ser la madre del protagonista. Creo que esto dice lo suficiente acerca del tipo de artista y de persona que es. Y huelga decirlo, el papel tiene una extraordinaria resonancia en la ópera y produce un impacto enorme en el público. (...)

Juan Lucas
(Comienzo de la entrevista publicada en el nº 336 de SCHERZO, de enero de 2018)

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